Tema 22 – Perfilación criminal, historia y fundamentos

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1. Introducción

La perfilación criminal ocupa hoy un lugar paradójico en el seno de las propias ciencias forenses: es, a un tiempo, una de las técnicas criminológicas más conocidas por el gran público y una de las más sistemáticamente malentendidas. Décadas de producción audiovisual -desde las novelas de Thomas Harris hasta las series Mindhunter o Criminal Mind- han instalado en la memoria cultural la figura del perfilador como un oráculo capaz de reconstruir en minutos la identidad de un asesino a partir de unos pocos indicios materiales. Esta representación no solo es inexacta: es, en muchos aspectos, diametralmente opuesta al modo en que la disciplina opera en la realidad.

El objetivo de este tema no es desacreditar la perfilación criminal, sino situarla con precisión en el mapa de las ciencias forenses. Para ello, es imprescindible recorrer su historia desde sus orígenes premodernos hasta la revolución empírica del siglo XXI, examinar sus fundamentos conceptuales, delimitar con rigor sus posibilidades reales y sus límites, y entender qué lugar ocupa dentro del ecosistema más amplio de la investigación criminal. Solo desde esa comprensión solida puede el criminólogo formado utilizarla como lo que realmente es: una herramienta auxiliar valiosa, pero no infalible, de la investigación judicial.

La pertinencia de este tema en el ámbito docente es doble. Por un lado, el alumno necesita conocer los fundamentos históricos y epistemológicos de la disciplina para no reproducir los errores que durante décadas comprometieron su credibilidad científica. Por otro, la aceleración tecnológica de los últimos años -la irrupción de la inteligencia artificial, el análisis de Big Data y la psicología investigativa computacional- está redefiniendo la perfilación de manera sustancial, y el criminólogo del siglo XXI debe estar preparado para leer e interpretar esos cambios con ojo crítico.

2. Orígenes históricos

2.1. Antecedentes premodernos y el papel de la psiquiatría forense

La idea de inferir características del autor de un crimen a partir de sus actos no es moderna. Los sistemas jurídicos de la Antigua Roma ya contemplaban la figura del testis peritus, el experto cuya opinión sobre el estado mental del acusado podía influir en la determinación de la pena. Sin embargo, estas aproximaciones carecían de cualquier sistematización metodológica y respondían más a la intuición del magistrado o del médico que a un procedimiento replicable.

El verdadero punto de inflexión se produce en el siglo XIX, cuando la psiquiatría forense comienza a consolidarse como disciplina autónoma. Figuras como el alienista francés Jean-Etienne Dominique Esquirol o el medico alemán Johann Christoph Hoffbauer sientan las bases de una evaluación sistemática del estado mental de los delincuentes. Su aportación es fundamental porque traslada el eje explicativo de la conducta criminal desde la maldad moral hacia la patología psíquica, abriendo la puerta a una comprensión diferencial de los distintos tipos de infractores.

En paralelo, el positivismo criminológico, cuyo máximo exponente es Cesare Lombroso con su obra L’Uomo Delinquente (1876), propone por primera vez una taxonomía del delincuente, basada en características observables. Aunque la teoría lombrosiana del criminal nato ha sido definitivamente refutada, su importancia histórica radica en que introduce la idea de que el delincuente puede ser categorizado y reconocido a partir de atributos sistemáticamente estudiados. Es, en ese sentido estricto, un precursor remoto de la perfilación tipológica.

El caso de Jack el Destripador representa el primer ejemplo documentado de un intento sistemático de construcción de un perfil criminal. Ante la serie de asesinatos de mujeres en el barrio londinense de Whitechapel, el médico forense Thomas Bond elaboro en 1888 un informe en el que, a partir del análisis de las heridas de las víctimas, infería características del autor: un hombre de mediana edad, de apariencia respetable, sin conocimientos quirúrgicos formales, pero con cierta destreza manual. Bond no disponía de marco teórico alguno; operó desde la intuición clínica. Sin embargo, su método -inferir al autor desde la huella que deja en la victima- es estructuralmente idéntico al que desarrollaría el FBI un siglo después. El caso evidencia que la perfilación nace antes como necesidad practica de la investigación policial que como construcción académica.

2.2. El siglo XX: la construcción del método en Estados Unidos

El salto cualitativo decisivo se produce en la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos, impulsado por dos factores convergentes: el aumento estadísticamente visible de los crímenes en serie durante las décadas de 1960 y 1970, y la existencia dentro del FBI de un grupo de agentes con formación en ciencias del comportamiento dispuestos a sistematizar su experiencia acumulada en un protocolo transferible.

El agente Howard Teten es considerado el primer perfilador moderno del FBI. A partir de 1969 comenzó a impartir cursos en la Academia de Quantico en los que presentaba un método para inferir características del delincuente a partir del examen de la escena del crimen. Teten no procedía de la psicología académica, sino de la práctica policial, lo que explica tanto la eficacia pragmática de su enfoque como sus limitaciones epistemológicas.

La institucionalización definitiva llega en 1972 con la creación de la Behavioral Science Unit (BSU) del FBI. Bajo la dirección de agentes como Robert Ressler, John Douglas y Roy Hazelwood, la BSU desarrolla a lo largo de la década de 1970 el programa de investigación que culminara, entre 1979 y 1983, en las entrevistas sistemáticas a 36 asesinos en serie condenados. Este corpus de datos -limitado, pero entonces sin precedentes- constituye la base empírica sobre la que se erige la tipología organizado/desorganizado, eje vertebral del modelo FBI clásico.

Ressler, quien acuña el termino serial killer en su sentido contemporáneo, define la perfilación criminal en 1985 como el proceso de identificación de las características psicológicas de una persona basándose en los crímenes que ha cometido y proporcionando una descripción general de esa persona. Esta definición, funcional y orientada a la investigación, sigue siendo válida en sus términos generales, aunque la investigación posterior ha matizado profundamente sus alcances.

En Europa, el desarrollo es paralelo, pero con un acento más académico. En el Reino Unido, el psicólogo David Canter aplica por primera vez en 1985 técnicas estadísticas multivariantes al análisis del comportamiento delictivo en el caso del Violador de la vía férrea (John Duffy), logrando trazar un perfil que contribuye de manera decisiva a la identificación del autor. Canter acuna el termino psicología investigativa para designar su enfoque, que se diferencia del modelo FBI en dos aspectos fundamentales: su base empírica sistemática y su desconfianza hacia la inferencia intuitiva no contrastada.

3. Definición naturaleza y alcance

3.1. El problema de la denominación

Antes de definir la perfilación criminal, conviene resolver el problema terminológico que arrastra desde su nacimiento. La literatura especializada recoge al menos seis denominaciones distintas para referirse al mismo objeto de estudio, lo que por sí solo revela la falta de consenso epistemológico que ha caracterizado al campo durante décadas.

Tabla.1

Las diferentes denominaciones existentes hoy en día en la literatura

DenominaciónAutor/OrigenÉnfasis principal
Criminal ProfilingFBI / Douglas (1985)Practica policial orientada a la investigación
Perfil PsicológicoHolmes (1989)Componente psicológico del infractor
Perfil de Personalidad del CriminalMcCann (1992)Rasgos de personalidad estables
Perfil del AgresorCanter (2000)Consistencia conductual entre delitos
Investigación Analítica CriminalWarren (1999)Marco institucional del FBI actualizado
Profilage CriminelleAgrapart-Delmas (2001)Tradición francesa, énfasis psiquiátrico
Psicología InvestigativaCanter (1994)Base estadística y académica europea

Nota. Elaboración propia.

3.2. Definición integradora

Teniendo en cuenta la diversidad denominativa y la evolución del campo, la definición más precisa y amplia disponible en la literatura es la propuesta por Angela Tapias Saldana, psicóloga forense de la Universidad Nacional de Colombia, para quien la perfilación criminal es una técnica de investigación judicial que consiste en inferir aspectos psicosociales del agresor con base en un análisis psicológico, criminalístico y forense de sus crímenes, con el fin de identificar un tipo de persona para orientar la investigación y captura. Esta definición supera a las anteriores en varios aspectos: incorpora la dimensión psicosocial -no solo psicológica-, enfatiza el carácter multimodal del análisis, y especifica con claridad la función instrumental de la técnica dentro del proceso de investigación judicial.

La definición de Tapias es, además, coherente con la distinción que establece la Real Academia Española entre ciencia -conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados- y técnica -perteneciente o relativo a las aplicaciones de las ciencias y las artes-. La perfilación criminal no es una ciencia autónoma; es una técnica criminológica que se apoya en ciencias como la medicina forense, psicología, la sociología, la criminología y la criminalística para generar inferencias de utilidad investigadora. Esta aclaración no la demerita: la convierte en una herramienta forense especializada con su propio dominio de aplicación.

3.3. Mitos sobre la perfilación

El mayor obstáculo para la comprensión rigurosa de la perfilación criminal no es la ignorancia, sino el conocimiento equivocado. Las representaciones mediáticas han instalado tres mitos principales que el criminólogo formado debe ser capaz de identificar y rebatir.

El primer mito es que la perfilación señala al culpable. Esta confusión tiene consecuencias prácticas graves: si el investigador trata el perfil como una identificación, puede sesgarse hacia sospechosos que encajan superficialmente en la descripción e ignorar pistas contradictorias. La función real de la perfilación es exactamente la inversa: eliminar sospechosos que no se ajustan a las características inferidas del autor, reduciendo el universo de investigación para concentrar los recursos disponibles. Un perfil no apunta hacia una persona concreta; acota un espacio psicosocial dentro del cual probablemente se encuentra el autor.

El segundo mito es que la perfilación es aplicable a cualquier delito. En realidad, la técnica solo opera con garantías cuando concurren condiciones específicas: la existencia de un patrón conductual reconocible en la escena del crimen, la disponibilidad de datos victimológicos suficientes, y la reiteración que permita comparar episodios. Delitos impulsivos o de oportunidad sin firma conductual reconocible ofrecen escasa materia para una perfilación útil.

El tercer mito, quizás el más peligroso, es que el perfilador opera de forma intuitiva y en solitario. La perfilación criminal es, por definición, una técnica complementaria y transversal. El perfilador necesita informes de medicina forense, de la policía científica, de la unidad de investigación, de expertos en criminalística. Su valor añadido consiste en integrar esa información desde una perspectiva psicosocial y conductual, no en sustituirla.

Nota: La jurisprudencia española ha sido hasta la fecha cautelosa en la admisión de perfiles criminales como prueba pericial autónoma. El perfilador puede comparecer como perito, pero su informe debe quedar siempre integrado en el conjunto probatorio y nunca utilizarse como prueba incriminatoria independiente.

4. Objetivos de la perfilación

4.1. El objetivo general: eliminar sospechosos

El objetivo general de la perfilación criminal, como se ha anticipado, es la reducción razonada del universo de sospechosos mediante la descripción de las características psicosociales, conductuales y demográficas del autor probable. Esta reducción no se produce por exclusión arbitraria, sino por incompatibilidad entre las características inferidas del autor y las del sospechoso examinado. Es, metodológicamente, un proceso de falsación aplicada: se define el espacio de lo plausible y se excluye lo que queda fuera de el.

4.2. Objetivos específicos

  • Primer objetivo específico: conexión de casos. Cuando se producen dos o más hechos delictivos aparentemente inconexos, pero con rasgos similares, la perfilación permite determinar si pueden ser atribuidos al mismo autor. Este objetivo es especialmente relevante en investigaciones de crímenes seriales distribuidos geográficamente, donde la conexión entre episodios no es evidente para los equipos de investigación locales. La consistencia del modus operandi y de la firma criminal son los indicadores clave en este tipo de análisis.
  • Segundo objetivo específico: análisis del estado psicológico del autor. La perfilación puede contribuir a determinar el estado mental del infractor en el momento de la comisión del delito, lo que tiene directas implicaciones de imputabilidad en el proceso penal. Este objetivo es especialmente relevante cuando el acusado aduce una alteración psíquica en su defensa. El perfilador, analizando la organización de la escena, la selección de la víctima y el control exhibido durante el delito puede ofrecer al tribunal una opinión técnica fundada sobre la coherencia o incoherencia de esa alegación.
  • Tercer objetivo específico: estudio victimológico. Conocer a la víctima es conocer al autor. El análisis sistemático del perfil victimológico -sus rutinas, sus vulnerabilidades, su relación con el agresor, el modo en que fue seleccionada- aporta información crítica sobre las características del infractor. En su vertiente más especializada, este objetivo incluye la autopsia psicológica, técnica que permite reconstruir el estado mental de la víctima en el periodo previo al delito a partir de testimonios de su entorno, documentos personales y registros clínicos.
  • Cuarto objetivo específico: investigación académica en frio. El metaanálisis de casos resueltos permite extraer patrones estadísticos que enriquecen la base de conocimiento de la disciplina y mejoran la precisión de los perfiles futuros. Es el motor del progreso científico de la perfilación: sin el estudio sistemático de lo que ya se conoce, la técnica permanece anclada en la experiencia individual del perfilador y pierde su dimensión colectiva y acumulativa.

Tabla 2.

Estructura de objetivos de la perfilación criminal

ObjetivoFunción principalHerramienta claveAplicación típica
GeneralReducción del universo de sospechososPerfil psicosocialCualquier delito serial con patrón
Conexión de casosVincular episodios delictivosAnálisis de MO y firmaCrímenes seriales multijurisdiccionales
Estado psicológicoEvaluar imputabilidadAnálisis de escena + victimologíaDefensa por enajenación mental
VictimológicoInferir al autor desde la victimaAutopsia psicológicaHomicidios sin testigos
Investigación académicaMejorar la base empíricaMetaanálisis de casos resueltosInvestigación universitaria y policial

Nota. Elaboración propia a partir de Tapias Saldana (2004) y Ressler (1985).

5. Formación competencias y límites profesionales del perfilador criminal

5.1. El debate sobre la regulación profesional

Uno de los problemas más serios que enfrenta la perfilación criminal en España y en buena parte del mundo hispanohablante es la ausencia de regulación específica de la actividad. A diferencia de otras especialidades forenses -la medicina legal, la psicología clínica forense, la criminalística- que cuentan con titulaciones regladas, colegios profesionales y marcos deontológicos reconocidos, la perfilación criminal carece de cualquier de esas salvaguardas en la mayor parte de los ordenamientos jurídicos.

Esta situación genera un mercado desregulado en el que personas sin formación criminológica o psicológica se presentan como perfiladores ante medios de comunicación, programas de televisión e incluso en procedimientos judiciales. Las consecuencias son dobles: por un lado, se deteriora la credibilidad de la disciplina ante los operadores jurídicos; por otro, se introduce en las investigaciones información no contrastada que puede comprometer la presunción de inocencia de sospechosos o desviar los recursos investigadores hacia pistas falsas.

La investigación de Peoples (2024), publicada por Walden University, documenta que existe una brecha significativa entre los métodos de construcción de perfiles que los profesionales activos utilizan en la práctica y los que aparecen descritos en la literatura académica revisada por pares. Esta brecha se explica, al menos en parte, por la falta de estandarización y por la persistencia de modelos de formación basados en la transmisión oral de experiencia acumulada mas que en protocolos validados empíricamente.

5.2. Competencias del perfilador

La formación idónea para ejercer como perfilador criminal debe articularse sobre tres pilares que se complementan y refuerzan mutuamente. El primero es una sólida base jurídico-procesal: el perfilador opera dentro de un sistema de garantías constitucionales y su trabajo tiene consecuencias en procesos penales. Sin conocimiento del derecho procesal penal, del estatuto de la prueba pericial y de los límites de la confidencialidad forense, el perfilador está en condiciones de causar daño jurídico involuntario.

El segundo pilar es la competencia psicológica y criminológica. El perfilador no necesita ser psicólogo clínico ni criminólogo en el sentido académico pleno, pero si debe dominar la psicopatología forense básica, las teorías criminológicas vigentes, la victimología y la dinámica de los crímenes violentos. Sin esta base, la interpretación de la escena del crimen y de los datos victimológicos carece de fundamento teórico.

El tercer pilar es la capacidad de leer e interpretar informes periciales de otras especialidades: autopsias forenses, informes balísticos, pericias grafológicas, análisis de ADN. El perfilador no produce estos informes, pero debe ser capaz de integrar su contenido en una narrativa conductual coherente. Su valor añadido no es técnico en sentido estricto, sino interpretativo y sintético.

Rachel Nickell fue asesinada en Wimbledon Common el 15 de julio de 1992. La policía metropolitana encargo al psicólogo Paul Britton la elaboración de un perfil del autor. Britton describió a un individuo con fantasías sexuales desviadas y dificultades para relacionarse con mujeres. Sobre esa base, la policía centró la investigación en Colin Stagg, un solitario que vivía cerca del lugar. Se diseñó una operación encubierta en la que una agente infiltrada estableció una relación epistolar con Stagg para obtener su confesión. El juicio fue suspendido en 1994: el juez calificó la operación como un abuso de proceso y excluyó las pruebas. Stagg era inocente. El verdadero autor, Robert Napper, fue identificado años después mediante ADN. El caso es hoy un referente clásico sobre los peligros de utilizar el perfil como herramienta de confirmación en lugar de como herramienta de eliminación, y sobre la necesidad de mantener la objetividad metodológica del perfilador frente a la presión investigadora.

6. Modelos teóricos de perfilación

6.1. El modelo inductivo del FBI: la tipología organizada/desorganizada

El modelo clásico del FBI, formalizado por Ressler, Douglas y Burgess a lo largo de la década de 1980, parte de una premisa nuclear: las facetas de la personalidad del criminal son evidentes en su conducta delictiva, del mismo modo que una huella dactilar puede identificar a su portador. A partir del análisis de la escena del crimen, el modelo propone clasificar al autor en uno de dos tipos ideales: organizado o desorganizado.

El delincuente organizado presenta un patrón de conducta en la escena que refleja planificación previa, control sobre la situación, selección deliberada de la víctima y esfuerzo por eliminar evidencias incriminatorias. Demográficamente, el modelo FBI asocia este tipo a una inteligencia media o alta, competencia social, empleo cualificado y vida ordenada. El delincuente desorganizado, por el contrario, deja una escena caótica que refleja impulsividad, escaso control situacional y ausencia de medidas contra forenses. El modelo lo asocia a una inteligencia baja, inadaptación social y entorno residencial próximo a la escena.

Tabla 3.

Características diferenciales del modelo organizado/desorganizado del FBI

DimensiónDelincuente ORGANIZADODelincuente DESORGANIZADO
Planificación del delitoPremeditada, con preparación previaEspontanea o impulsiva
Selección de victimaEspecifica, deliberadaAleatoria u oportunista
Control de la escenaElevado; evidencias eliminadasEscaso; escena caótica
Medidas contra-forensesFrecuentes (transporte del cuerpo, limpieza)Raras o ausentes
Inteligencia estimadaMedia-altaBaja-media
Competencia socialGeneralmente adecuadaDeteriorada o muy limitada
Situación laboral típicaEmpleo cualificado o semicualificadoDesempleo o empleo inestable
Domicilio respecto a la escenaGeneralmente alejadoGeneralmente próximo
Estado animo pre-delitoControlado, planificadoAgitado, estresado

Nota. Fuente: Ressler, Burgess y Douglas (1988); Petherick y Brooks (2022).

6.2. Critica empírica del modelo FBI

La tipología organizada/desorganizada ha sido objeto de una crítica empírica sistemática que comienza en la década de 2000 y se intensifica en el periodo 2021-2026. Canter et al. (2004) analizaron mediante escalamiento multidimensional cien asesinatos en serie cometidos por cien asesinos estadounidenses y no encontraron evidencia estadística de dos subgrupos discretos: en su lugar, hallaron un continuo en el que las características supuestamente organizadas son comunes a la mayoría de los crímenes seriales, mientras que las desorganizadas son raras y no forman un patrón coherente.

Petherick y Brooks (2022) sistematizaron estas críticas en su propuesta de modelo integrado de práctica, señalando que la dicotomía fue construida sobre una muestra de conveniencia de 36 sujetos, predominantemente varones, blancos, estadounidenses y autores de crímenes sexuales, lo que limita gravemente su validez externa. El propio FBI, en actualizaciones posteriores (Morton et al., 2014), reconoció que las tipologías dicotómicas presentan limitaciones estructurales y que la categoría mixta -que combina elementos de ambos tipos- es, en la práctica investigadora, la más frecuente.

A pesar de estas limitaciones, la tipología organizada/desorganizada sigue siendo una herramienta heurística útil como punto de entrada en el análisis de la escena del crimen, siempre que se utilice como orientación provisional y no como clasificación definitiva. Su persistencia en la práctica forense y en los tribunales -documentada por Canter et al. (2004)- es un recordatorio de que la brecha entre el conocimiento científico y la práctica profesional puede ser significativa.

6.3. La psicología investigativa de David Canter

El modelo de Canter representa la respuesta académica y empírica a las limitaciones del enfoque inductivo del FBI. Su punto de partida es opuesto: en lugar de construir tipologías a partir de la experiencia acumulada de investigadores, propone derivar perfiles mediante métodos estadísticos aplicados a bases de datos de comportamientos delictivos documentados.

El concepto nuclear del modelo de Canter es la consistencia conductual: la hipótesis de que cada delincuente muestra, en sus distintos episodios delictivos, un patrón de comportamiento que le es característico y que refleja sus características psicológicas y sociales estables. Este patrón permite, en primer lugar, vincular delitos cometidos por el mismo autor; y en segundo lugar, inferir características del infractor a partir del análisis estadístico de la distribución de sus conductas en la escena.

Canter introduce además el perfil geográfico como herramienta complementaria: a partir de la distribución espacial de los lugares de los delitos, es posible estimar la zona de anclaje del delincuente -su domicilio habitual o lugar de trabajo- mediante modelos matemáticos de decaimiento de distancia. Este enfoque, aplicado con éxito en el caso Duffy y posteriormente desarrollado por Kim Rossmo con el sistema Rigel, es hoy uno de los instrumentos más robustos de la perfilación moderna.

7. La perfilación criminal en el siglo XXI

7.1. La transformación tecnológica de la disciplina

El periodo comprendido entre 2021 y 2026 ha sido testigo de la mayor transformación metodológica en la historia de la perfilación criminal desde la creación de la Behavioral Science Unit del FBI. La confluencia de tres factores ha impulsado este cambio: la disponibilidad masiva de datos digitales sobre comportamiento criminal, el desarrollo de algoritmos de aprendizaje automático capaces de detectar patrones en esos datos, y la creciente integración de estas herramientas en los sistemas de inteligencia policial de países de todo el mundo.

Abrams y Grassi (2024), en su influyente artículo publicado en el Journal of Forensic Medicine, documentan como los algoritmos de inteligencia artificial son capaces de identificar patrones de modus operandi y vincular delitos cometidos por el mismo autor con una precisión que supera sistemáticamente las capacidades del análisis humano aislado. Los algoritmos de aprendizaje automático supervisado pueden, además, ser entrenados con bases de datos de crímenes resueltos para generar predicciones demográficas sobre el autor probable de un delito no resuelto, realizando en segundos un proceso que al perfilador humano le llevaría horas o días.

Esta capacidad de procesamiento masivo no elimina al perfilador humano: lo reposiciona. El criminólogo del siglo XXI debe ser capaz de diseñar las preguntas que los sistemas de IA intentan responder, interpretar sus outputs con mirada crítica, identificar los sesgos que los algoritmos pueden incorporar desde los datos de entrenamiento, y asumir la responsabilidad ética de las decisiones que se adopten sobre la base de esos análisis.

7.2. Policía predictiva y perfilación: posibilidades y riesgos

Una de las aplicaciones más controvertidas de la IA en la perfilación es la policía predictiva: el uso de algoritmos para estimar donde, cuando y posiblemente quien cometerá un delito en el futuro. El informe de la Red Europea de Prevención del Crimen (EUCPN, 2021) documenta su implantación real en países como Francia -donde el sistema analiza denuncias históricas y estadísticas de crímenes para generar mapas de probabilidad de incidencia- y Estonia, que integra datos de cruce de fronteras, fallecimientos no naturales y antecedentes penales en un sistema de predicción multicriterio.

Sin embargo, la policía predictiva basada en IA plantea riesgos que la comunidad científica ha señalado con insistencia creciente. El principal es el sesgo algorítmico: si los datos de entrenamiento reflejan practicas policiales discriminatorias históricas -mayor vigilancia sobre determinadas comunidades, mayor tasa de detención de determinados grupos demográficos- el algoritmo aprenderá y replicara esas discriminaciones, generando un círculo vicioso de sobre-criminalización de los mismos grupos. Ferrara (2024), en su estudio sobre el efecto mariposa en los sistemas de IA, demuestra que errores iniciales en los datos de entrenamiento pueden amplificarse de forma no lineal en las predicciones finales.

El reto regulatorio es igualmente urgente. La investigación de Mandalapu et al. (2023), que revisa sistemáticamente el uso de machine learning y deep learning en predicción de crímenes, concluye que los marcos éticos y jurídicos para el uso de estas herramientas en investigación criminal están significativamente rezagados respecto al desarrollo tecnológico. La Union Europea, con la Ley de Inteligencia Artificial aprobada en 2024, ha dado un primer paso hacia la regulación de los sistemas de IA de alto riesgo en el ámbito de la seguridad pública, clasificando algunos sistemas de policía predictiva como inaceptables en términos de derechos fundamentales.

El programa Smart Sampa, implantado por el ayuntamiento de Sao Paulo, integra una red de cámaras inteligentes con reconocimiento facial en tiempo real, algoritmos de detección de anomalías conductuales y bases de datos criminales para generar alertas automatizadas. Según los datos del propio sistema a abril de 2025, había contribuido a la captura de más de 1.000 fugitivos y a la localización de 57 personas desaparecidas. El programa es citado como ejemplo de eficacia policial tecnológica, pero ha sido criticado por organizaciones de derechos humanos por la ausencia de marcos de supervisión independiente, los riesgos de identificación errónea en poblaciones con menor representación en los datos de entrenamiento, y la escasa transparencia sobre los criterios de activación de alertas. Es un caso que ilustra con claridad la tensión irresuelta entre eficacia investigadora y garantías constitucionales en la perfilación asistida por IA.

7.3. Nuevas fronteras: perfil digital y análisis de redes

La digitalización de la vida cotidiana ha generado un nuevo tipo de escena del crimen: el espacio digital. Los criminales dejan rastros en redes sociales, plataformas de mensajería, registros de navegación y transacciones electrónicos que pueden ser analizados para construir perfiles conductuales con una granularidad antes impensable. La psicología investigativa computacional, que aplica técnicas de procesamiento de lenguaje natural y análisis de redes sociales al estudio del comportamiento criminal online, es una de las líneas de investigación más activas del campo en el momento actual.

Sengonul et al. (2023) han revisado sistemáticamente las técnicas de IA aplicadas a la detección de anomalías en videovigilancia, concluyendo que los modelos de visión artificial son capaces de identificar comportamientos precursores de delitos violentos con una anticipación que permite una intervención preventiva. Esta capacidad predictiva -todavía en fase de validación- representa una posible revolución en el paradigma de la perfilación: el desplazamiento del énfasis desde el análisis post-delito hacia la prevención pre-delito.

8. Marco jurídico y deontológico de la perfilación criminal

8.1. El perfil criminal como prueba pericial

En el ordenamiento jurídico español, el informe de perfilación criminal puede ser introducido en el proceso penal como prueba pericial al amparo del artículo 456 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Sin embargo, su admisión y el peso que el tribunal le otorga son cuestiones que la jurisprudencia ha resuelto de forma casuística y no siempre consistente. En general, los tribunales españoles han sido cautelosos: admiten el testimonio del perfilador como perito cuando este cuenta con formación acreditada, pero recuerdan sistemáticamente que el perfil es un elemento de apoyo a la investigación y no una prueba incriminatoria autónoma.

Esta posición es coherente con las limitaciones epistemológicas del perfil: las inferencias que este contiene son probabilísticas, no deterministas. Un perfil que describe al autor probable como varón de entre 25 y 40 años, con empleo precario y sin relaciones estables con mujeres no identifica a ningún individuo concreto; simplemente estrecha el campo de búsqueda. Utilizarlo como prueba incriminatoria directa implicaría tratar una probabilidad estadística como una certeza jurídica, lo que viola los principios básicos del derecho probatorio.

8.2. Obligaciones deontológicas del perfilador

La ausencia de regulación específica no exime al perfilador de obligaciones deontológicas que derivan de los principios generales de la ética forense. La más importante es la independencia técnica: el perfilador debe elaborar su informe con independencia de las hipótesis previas de la investigación y de las presiones que los equipos investigadores o las autoridades judiciales puedan ejercer sobre él. El caso Nickell, examinado anteriormente, es el ejemplo más citado de lo que ocurre cuando esta independencia no se preserva.

La segunda obligación es la transparencia metodológica: el informe debe explicitar con claridad el método utilizado, las fuentes de información sobre las que se basa, y las limitaciones de las inferencias realizadas. Un informe que presenta sus conclusiones como certezas sin evidenciar el proceso de razonamiento que las sustenta no satisface los estándares mínimos de la pericia forense.

La tercera obligación es la actualización permanente. La perfilación criminal es un campo en rápida evolución, como evidencia la transformación tecnológica descrita en el epígrafe anterior. Un perfilador que opera con modelos y conocimientos de hace veinte anos sin haberlos actualizado a la luz de la investigación reciente no está en condiciones de ofrecer una opinión técnica de calidad.

9. Conclusiones y perspectivas de futuro

La perfilación criminal ha recorrido en menos de dos siglos un camino que va desde la intuición clínica de Thomas Bond ante los crímenes de Whitechapel hasta los algoritmos de aprendizaje profundo capaces de procesar miles de casos en segundos. Este recorrido no ha sido lineal ni exento de desvíos: el modelo inductivo del FBI, dominante durante décadas, ha mostrado limitaciones empíricas serias que la investigación reciente ha documentado con rigor. La respuesta académica de la psicología investigativa ha propuesto alternativas más sólidas metodológicamente, pero cuya aplicación práctica en investigaciones reales sigue siendo un reto.

El momento presente es de transformación acelerada. La inteligencia artificial y el Big Data están redefiniendo lo que es posible en perfilación criminal, amplificando capacidades que hace una década eran inimaginables, pero introduciendo al mismo tiempo nuevos riesgos -de sesgo, de discriminación, de opacidad algoritmia- que la comunidad científica y los legisladores aún no han resuelto de forma satisfactoria. El criminólogo del siglo XXI debe navegar ese terreno con competencia técnica y con conciencia crítica: utilizar las nuevas herramientas sin ingenuidad y exigir que su uso se enmarque en garantías constitucionales solidas.

La perfilación criminal no es -y no debe aspirar a ser- la técnica mágica que resuelve crímenes imposibles. Es, bien aplicada, una herramienta valiosa de orientación investigadora que, integrada con las demás técnicas forenses, puede contribuir de manera significativa a la administración de justicia. Su futuro depende de la capacidad de la disciplina para consolidar su base empírica, estandarizar sus métodos, regular su ejercicio y adaptarse con rigor critico a las transformaciones tecnológicas que ya están redibujando el paisaje de la investigación criminal.

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