David Canter: la ciencia tras la sombra del criminal

David Canter, fundador de la psicología investigativa

De la psicología del lugar a la persecución de asesinos en serie: retrato del hombre que dio método a la elaboración de perfiles.

Un perfilador que desconfía de los perfiladores

Conviene empezar por una paradoja. El nombre de David Canter aparece una y otra vez asociado a la elaboración de perfiles criminales, esa práctica que el cine y la televisión han envuelto en un aura casi adivinatoria; y, sin embargo, pocos han hecho tanto como él por desmontar esa imagen. «No creo en la idea del perfilador, la de alguien que entra y da consejos a la policía en una investigación concreta», ha declarado en una entrevista para Research Live. Lo que propone en su lugar tiene menos brillo y más recorrido: convertir el estudio del comportamiento delictivo en una ciencia con datos, hipótesis y contraste empírico.

Canter (Liverpool, 5 de enero de 1944) es profesor emérito de Psicología de la Universidad de Liverpool y el investigador que acuñó, a comienzos de los años noventa, el término psicología investigativa (investigative psychology). Su trayectoria tiene algo de novela inglesa: un científico formado en la psicología del entorno construido que, casi por azar, termina ayudando a Scotland Yard a atrapar a un violador y asesino en serie, y que a partir de aquel encuentro levanta toda una disciplina.

Del arte a la psicología del lugar

La carrera de Canter no empezó mirando a los criminales, sino a los edificios y a las personas que los habitan. Se licenció en Psicología por la Universidad de Liverpool en 1964 y se doctoró en la misma institución en 1969. Hay una confesión suya que ilumina bien su carácter: «En realidad quería estudiar la psicología del arte, pero no conseguí financiación para hacer un doctorado sobre eso». De aquel desvío forzado nació un pionero de la psicología ambiental británica.

Durante más de una década trabajó sobre cómo las personas perciben y usan el espacio. Publicó The Psychology of Place (1977), fundó en 1980 el Journal of Environmental Psychology —que dirigió hasta 2002— y estudió el comportamiento humano en situaciones de emergencia: incendios y catástrofes como el fuego de la estación de King’s Cross o el desastre del estadio de Bradford. Aquel interés por cómo actúa la gente real en entornos reales, lejos del laboratorio, sería más tarde la clave de su mirada sobre el delito.

El violador del ferrocarril

En 1986, la policía metropolitana de Londres investigaba una serie de violaciones y asesinatos cometidos junto a las vías del tren del norte de la ciudad. Sin sospechoso claro y con decenas de agresiones acumuladas, un oficial recurrió a Canter, hasta entonces ajeno por completo al mundo criminal. La pregunta era sencilla y desconcertante: ¿podía la psicología decir algo útil sobre quién cometía aquellos ataques?

Andén de la estación de Harrow & Wealdstone (1938). Los ataques del «violador del ferrocarril» se concentraron junto a las líneas del norte de Londres.
Andén de la estación de Harrow & Wealdstone (1938). Los ataques del «violador del ferrocarril» se concentraron junto a las líneas del norte de Londres. · Imagen: Spsmiler

Canter abordó el problema con la lógica que traía de la psicología ambiental. «Pensé en este criminal como alguien que se sirve de su entorno igual que haría cualquiera en su situación», recordaría después. En lugar de imaginar un monstruo, trató al agresor como una persona que se mueve, trabaja y se relaciona dentro de un territorio conocido. A partir de la distribución geográfica y temporal de los ataques elaboró una descripción: un hombre que vivía en una zona concreta del norte de Londres, casado pero sin hijos, con antecedentes de violencia doméstica, empleo semicualificado y conocimiento del ferrocarril.

El perfil coincidió en trece de los diecisiete rasgos que Canter había anticipado. John Duffy, detenido y condenado en 1988, encajaba con notable precisión en aquella descripción. El propio Canter ha sido honesto sobre los límites del ejercicio: no previó que Duffy había actuado con un cómplice, David Mulcahy, cuya participación no se probó hasta 2001. Aun así, el caso mostró que el análisis sistemático del comportamiento podía orientar una investigación real, y marcó un antes y un después en la relación entre la psicología académica y el trabajo policial británico.

El nacimiento de la psicología investigativa

El éxito del caso Duffy podría haber convertido a Canter en un consultor ocasional. Eligió el camino contrario: preguntarse qué tenía de generalizable aquella experiencia y cómo podía sostenerse sobre pruebas en lugar de sobre la intuición de un experto. De esa reflexión surgió la psicología investigativa, que él define como el conjunto de aportaciones que la psicología puede hacer a la investigación criminal, desde el análisis del lugar del delito hasta la toma de decisiones de los equipos que la dirigen.

New Scotland Yard, sede de la Policía Metropolitana de Londres, que recurrió a Canter en 1986.
New Scotland Yard, sede de la Policía Metropolitana de Londres, que recurrió a Canter en 1986. · Fotografía: Stephen Richards

En 1994 regresó a Liverpool como catedrático y creó allí un centro dedicado a esta nueva área; años después fundaría el International Research Centre for Investigative Psychology, que dirigió desde la Universidad de Huddersfield. En 2004 puso en marcha una revista científica especializada, el Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling. Su libro con Donna Youngs, Investigative Psychology: Offender Profiling and the Analysis of Criminal Action (2009), se ha convertido en el manual de referencia de la disciplina.

Dos principios vertebran su método. El primero es la consistencia: «La mejor predicción de la conducta futura es la conducta pasada». El segundo, más sutil, es la convicción de que «los criminales son, en cierto modo, personas corrientes que hacen cosas que podemos entender desde una perspectiva ordinaria». Frente a la psicología clínica, que tendía a ver al delincuente como un enfermo, Canter lo observa como alguien que toma decisiones con una lógica propia y descifrable.

La teoría del círculo: el merodeador y el viajero

Una de sus contribuciones más citadas pertenece a la perfilación geográfica. Junto a Paul Larkin, Canter formuló en 1993 la llamada teoría del círculo del rango ambiental, según la cual la huella espacial de los delitos en serie guarda relación con el lugar donde vive su autor. De ahí salieron dos figuras que han hecho fortuna en la criminología: el marauder (merodeador), que parte de su domicilio y comete los delitos en el entorno que conoce, de modo que su casa suele quedar dentro del círculo que dibujan sus crímenes; y el commuter (viajero o desplazado), que se traslada a una zona alejada de su residencia para actuar.

Mapa del área de Londres (Stanford, 1901). La teoría del círculo relaciona la huella espacial del delito con el lugar donde reside su autor.
Mapa del área de Londres (Stanford, 1901). La teoría del círculo relaciona la huella espacial del delito con el lugar donde reside su autor. · Imagen: Edward Stanford.

La distinción no es un juego académico. Cuando el modelo del merodeador se cumple, la geografía de los ataques permite acotar una zona de búsqueda razonable para el domicilio del sospechoso, una ayuda tangible en una investigación con recursos limitados. Canter y su equipo refinaron esta idea con herramientas estadísticas, como el sistema de apoyo a la decisión para localizar la base de operaciones de asesinos en serie que describieron en el Journal of Quantitative Criminology en 2000.

Método frente a intuición

Para situar a Canter conviene contrastarlo con el modelo que popularizó la Unidad de Ciencias del Comportamiento del FBI en Quantico. Aquel enfoque, nacido de entrevistas con asesinos convictos, clasificaba a los agresores en categorías como «organizado» y «desorganizado» a partir, en buena medida, de la experiencia de los investigadores. Canter sometió esa tipología a examen empírico y, en un trabajo de 2004 con Laurence Alison y otros autores, concluyó que la división entre asesino organizado y desorganizado no se sostenía como modelo: los rasgos no se agrupaban con la nitidez que la teoría suponía.

Ahí reside su aportación más profunda. Lejos de fiar el perfil al olfato de un experto carismático, Canter insiste en que cada afirmación debe poder comprobarse con datos y revisarse cuando los datos la contradicen. Por eso prefiere hablar de behavioural investigative advisers (asesores conductuales de la investigación) antes que de perfiladores, y por eso ha dedicado tanta energía a advertir contra las versiones novelescas de su oficio.

La obra escrita: la sombra del criminal

Canter ha sabido llevar su trabajo más allá del círculo académico. Criminal Shadows: Inside the Mind of the Serial Killer (1994) cuenta desde dentro su entrada en el mundo de la investigación criminal y expone sus ideas con una prosa cuidada que le valió dos galardones literarios: el Gold Dagger de no ficción de la Crime Writers’ Association en 1994 y el premio Anthony a la mejor obra de true crime en 1995.

El título encierra su tesis. Las pistas que deja un delincuente, escribe Canter, «se parecen más a sombras: están sin duda ligadas al criminal que las proyecta, pero parpadean y cambian, y su origen no siempre es evidente». Leer esas sombras exige rigor, no clarividencia. El investigador estadounidense Robert D. Keppel, conocido por su papel en los casos de Ted Bundy, resumió así el valor del libro: «Canter nos lleva por un viaje fascinante a través de sus teorías pioneras y nos recuerda que los criminales viven como personas “normales” ocultas entre nosotros, no necesariamente como los monstruos que creeríamos reconocer a simple vista».

A esa obra siguieron títulos como Mapping Murder: The Secrets of Geographical Profiling (2003) y una amplia producción que supera los veinte libros y los trescientos artículos científicos. Su autoridad ha sido reconocida con una de las escasas Honorary Fellowships de la British Psychological Society y con su pertenencia a la Academy of Social Sciences.

Un legado con método

El recorrido de David Canter dibuja una coherencia poco habitual. El hombre que quería estudiar la psicología del arte, que midió cómo se comporta la gente al huir de un incendio y que terminó ayudando a detener a un asesino en serie, ha dejado a la criminología algo más duradero que una serie de casos resueltos: una forma de trabajar.

Sus métodos se enseñan hoy en universidades de todo el mundo y han alimentado tanto la práctica policial como un sano escepticismo ante las promesas exageradas de la perfilación. Lo que Canter reclama para su disciplina no es el prestigio del adivino, sino la humildad del científico: hipótesis que se ponen a prueba, errores que se reconocen —él fue el primero en señalar lo que su perfil de 1986 no acertó— y un compromiso con la evidencia que, en un terreno tan propenso al mito, constituye su contribución más valiosa.

Autora: Manuela González

English Version

David Canter: The Science Behind the Criminal’s Shadow

From the psychology of place to the pursuit of serial killers: a portrait of the man who gave method to offender profiling.

A profiler who distrusts profilers

It is worth beginning with a paradox. David Canter’s name is bound, again and again, to offender profiling, the practice that film and television have wrapped in an almost clairvoyant aura. Yet few people have done more to dismantle that image. “I don’t believe in the idea of ‘the profiler’ – of a person going in and giving advice to the police in a particular investigation,” he has said in an interview for Research Live. What he proposes instead is less glamorous and far more durable: turning the study of criminal behaviour into a science built on data, hypotheses and empirical testing.

Canter (Liverpool, 5 January 1944) is Emeritus Professor of Psychology at the University of Liverpool and the scholar who, in the early 1990s, coined the term investigative psychology. His career reads almost like an English novel: a scientist trained in the psychology of the built environment who, almost by accident, ends up helping Scotland Yard catch a serial rapist and murderer, and who builds an entire discipline out of that encounter.

From art to the psychology of place

Canter’s career did not begin by looking at criminals but at buildings and the people who inhabit them. He took his BA in Psychology at Liverpool in 1964 and his PhD there in 1969. One of his own admissions captures his temperament well: “I actually wanted to study the psychology of art, but I couldn’t get any funding to do a PhD in it.” Out of that forced detour came a pioneer of British environmental psychology.

For more than a decade he studied how people perceive and use space. He published The Psychology of Place (1977), founded the Journal of Environmental Psychology in 1980 —editing it until 2002— and examined human behaviour in emergencies such as the King’s Cross fire and the Bradford City stadium disaster. That concern with how real people act in real settings, far from the laboratory, would later shape the way he looked at crime.

The Railway Rapist

In 1986 London’s Metropolitan Police was investigating a series of rapes and murders committed beside railway lines in the north of the city. With no clear suspect and dozens of assaults on file, an officer turned to Canter, who until then had no connection to the criminal world. The question was simple and unsettling: could psychology say anything useful about who was carrying out these attacks?

The platform at Harrow & Wealdstone station (1938). The “Railway Rapist” attacks clustered beside the rail lines of north London.
The platform at Harrow & Wealdstone station (1938). The “Railway Rapist” attacks clustered beside the rail lines of north London. · Image: Spsmiler

Canter approached the problem with the logic he had brought from environmental psychology. “I thought of this criminal as making use of his surroundings like anyone else in his situation might,” he later recalled. Rather than picture a monster, he treated the offender as a person who moves, works and relates within familiar territory. From the geographical and temporal spread of the attacks he built a description: a man living in a particular part of north London, married but childless, with a history of domestic violence, in semi-skilled work and with knowledge of the railways.

The profile matched thirteen of the seventeen features Canter had anticipated. John Duffy, arrested and convicted in 1988, fitted it with remarkable precision. Canter has been candid about the exercise’s limits: he did not foresee that Duffy had acted with an accomplice, David Mulcahy, whose involvement was not proven until 2001. Even so, the case showed that the systematic analysis of behaviour could steer a real investigation, and it marked a turning point in the relationship between academic psychology and British policing.

The birth of investigative psychology

The Duffy case might have made Canter an occasional consultant. He chose the opposite path: to ask what was generalisable in that experience and how it could rest on evidence rather than on an expert’s intuition. Investigative psychology grew from that question, as the body of contributions psychology can make to criminal investigation, from analysing the scene of a crime to supporting the decisions of the teams that run it.

New Scotland Yard, headquarters of London's Metropolitan Police, which turned to Canter in 1986.
New Scotland Yard, headquarters of London’s Metropolitan Police, which turned to Canter in 1986. · Photograph: Stephen Richards

In 1994 he returned to Liverpool as a full professor and set up a centre devoted to the new field; later he founded the International Research Centre for Investigative Psychology, which he directed from the University of Huddersfield. In 2004 he launched a specialist journal, the Journal of Investigative Psychology and Offender Profiling. His book with Donna Youngs, Investigative Psychology: Offender Profiling and the Analysis of Criminal Action (2009), has become the field’s standard text.

Two principles run through his method. The first is consistency: “The best prediction of future behaviour is past behaviour.” The second, subtler, is his conviction that “criminals were, in some ways, ordinary people who were doing things we could understand from an ordinary perspective.” Against a clinical tradition that tended to see the offender as a sick man, Canter views him as someone making decisions with a logic of his own, one that can be read.

The circle theory: marauder and commuter

One of his most cited contributions belongs to geographical profiling. With Paul Larkin, Canter set out in 1993 the circle theory of environmental range, the idea that the spatial signature of serial crime is related to where its author lives. From it came two figures that have prospered in criminology: the marauder, who sets out from home and offends within familiar surroundings, so that the home usually falls inside the circle his crimes describe; and the commuter, who travels to an area away from home to act.

A map of the London area (Stanford, 1901). Circle theory links the spatial signature of crime to where its author lives.
A map of the London area (Stanford, 1901). Circle theory links the spatial signature of crime to where its author lives.

The distinction is no academic game. When the marauder model holds, the geography of the attacks allows investigators to narrow a reasonable search area for the suspect’s home, a tangible aid for an inquiry with limited resources. Canter and his team refined the idea with statistical tools, such as the decision-support system for locating serial killers’ home base described in the Journal of Quantitative Criminology in 2000.

Method against intuition

To place Canter it helps to contrast him with the model popularised by the FBI’s Behavioral Science Unit at Quantico. That approach, born of interviews with convicted murderers, sorted offenders into categories such as “organised” and “disorganised,” drawing heavily on investigators’ experience. Canter put the typology to empirical test and, in a 2004 study with Laurence Alison and other authors, concluded that the organised/disorganised split did not hold as a model: the traits did not cluster as cleanly as the theory assumed.

This is where his deepest contribution lies. Far from entrusting the profile to a charismatic expert’s instinct, Canter insists that every claim must be testable against data and revised when the data contradict it. That is why he prefers to speak of behavioural investigative advisers rather than profilers, and why he has spent so much energy warning against the fictionalised versions of his trade.

The written work: the criminal’s shadow

Canter has carried his work well beyond the academy. Criminal Shadows: Inside the Mind of the Serial Killer (1994) tells, from the inside, of his entry into criminal investigation and sets out his ideas in careful prose that earned two literary honours: the Crime Writers’ Association Gold Dagger for Non-Fiction in 1994 and the Anthony Award for Best True Crime in 1995.

The title holds his thesis. The traces an offender leaves, Canter writes, “are more like shadows, undoubtedly connected to the criminal who cast them, but they flicker and change, and their origins may not always be obvious.” Reading those shadows demands rigour, not second sight. The American investigator Robert D. Keppel, known for his role in the Ted Bundy cases, summed up the book’s value: “Canter takes us on a fascinating journey through his groundbreaking theories, reminding us that criminals live as ‘normal’ people hidden in our midst, not necessarily as monsters we can readily see.”

That book was followed by titles such as Mapping Murder: The Secrets of Geographical Profiling (2003) and an output exceeding twenty books and three hundred scientific papers. His standing has been recognised with one of the few Honorary Fellowships of the British Psychological Society and with membership of the Academy of Social Sciences.

A legacy with method

David Canter’s path shows an unusual coherence. The man who wanted to study the psychology of art, who measured how people behave when fleeing a fire and who ended up helping to catch a serial killer, has left criminology something more lasting than a set of solved cases: a way of working.

His methods are taught today in universities around the world and have nourished both police practice and a healthy scepticism about profiling’s inflated promises. What Canter claims for his discipline is not the prestige of the seer but the humility of the scientist: hypotheses that are tested, errors that are owned —he was the first to point out what his 1986 profile got wrong— and a commitment to evidence that, in a field so prone to myth, is his most valuable contribution.

Bibliografía / References

Canter, D. (1977). The psychology of place. The Architectural Press.

Canter, D. (1994). Criminal shadows: Inside the mind of the serial killer. HarperCollins.

Canter, D. (2003). Mapping murder: The secrets of geographical profiling. Virgin Books.

Canter, D., & Heritage, R. (1990). A multivariate model of sexual offence behaviour: Developments in ‘offender profiling’. I. The Journal of Forensic Psychiatry, 1(2), 185–212. https://doi.org/10.1080/09585189008408469

Canter, D., & Larkin, P. (1993). The environmental range of serial rapists. Journal of Environmental Psychology, 13(1), 63–69. https://doi.org/10.1016/S0272-4944(05)80215-4

Canter, D. V., Coffey, T., Huntley, M., & Missen, C. (2000). Predicting serial killers’ home base using a decision support system. Journal of Quantitative Criminology, 16(4), 457–478. https://doi.org/10.1023/A:1007551316253

Canter, D. V., Alison, L. J., Alison, E., & Wentink, N. (2004). The organized/disorganized typology of serial murder: Myth or model? Psychology, Public Policy, and Law, 10(3), 293–320. https://doi.org/10.1037/1076-8971.10.3.293

Canter, D., & Youngs, D. (2009). Investigative psychology: Offender profiling and the analysis of criminal action. John Wiley & Sons.

Research Live. (s. f.). Crime story: David Canter on investigative psychology [Artículo divulgativo]. Recuperado de https://www.research-live.com/article/features/crime-story/id/4011757

Créditos de las imágenes / Image credits

Retrato de David Canter: David Canter, CC BY 4.0 (https://creativecommons.org/licenses/by/4.0), vía Wikimedia Commons; la portada en 16:9 es una composición propia que añade simbología de perfilación en los laterales. — New Scotland Yard: Stephen Richards, CC BY-SA 2.0 (https://creativecommons.org/licenses/by-sa/2.0), vía Wikimedia Commons / Geograph. — Estación de Harrow & Wealdstone (1938): Spsmiler, dominio público, vía Wikimedia Commons. — Mapa de Londres (Stanford, 1901): Edward Stanford, dominio público, vía Wikimedia Commons.

Comentarios

Una respuesta a «David Canter: la ciencia tras la sombra del criminal»

  1. Avatar de Rosanna Bianchi
    Rosanna Bianchi

    Excelente artículo. Coincido con David Canter, el cine ha dado a la perfilación criminal un aura que tiene mucho de fantástico. Estamos muy lejos de saber realmente como definir con precisión las características de un criminal por la inmensidad de factores asociados. En algunos casos nos servirá pero en otros no porque estamos muy lejos de descifrar la mente humana con todas las interacciones internas que pueden llevarnos a tomar una decisión. Este artículo ofrece una perspectiva mucho más realista de lo que acostumbro a leer. Bendiciones

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