Cine con rigor: «Copycat», Helen Hudson y el oficio de criminólogo

Portada de «Copycat» (1995): Sigourney Weaver y Holly Hunter reflejadas en las gafas del asesino.

Idioma / Language: Español · English

«Copycat»: Helen Hudson y el oficio de criminólogo

La película de Jon Amiel (1995) como recurso para el aula: qué profesión tiene de verdad su protagonista, quién elabora los perfiles de los asesinos en serie en Estados Unidos, España y Latinoamérica, y cuánto vale un perfil a la luz de la investigación científica.

¿Podría existir Helen Hudson fuera de Hollywood?

Autor: Manuel Castelló González

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Una experta que no puede salir de casa

Helen Hudson acaba de dar una conferencia en una universidad sobre los asesinos en serie que lleva veinte años estudiando. Minutos después, en los aseos del edificio, la espera uno de ellos, Daryll Lee Cullum (Harry Connick Jr.), que mata a un policía e intenta acabar con ella antes de que otro agente lo reduzca. Más de un año más tarde, Helen sigue sin salir de su apartamento de San Francisco. Sufre agorafobia, vive pegada a sus ordenadores, con su asistente Andy y una copa casi siempre a mano, y la sola idea de cruzar el umbral le provoca crisis de pánico.

Cuando empiezan a aparecer mujeres asesinadas con métodos que no se parecen entre sí, la inspectora M.J. Monahan (Holly Hunter) y su compañero Ruben Goetz (Dermot Mulroney), de la brigada de Homicidios, llaman a su puerta. Helen descubre que el asesino copia, uno tras otro, los crímenes de homicidas célebres: el Estrangulador de Boston, los Estranguladores de Hillside, el Hijo de Sam, Jeffrey Dahmer. Los copia, además, en el mismo orden en que ella los enumeraba en su conferencia. Así arranca Copycat (Jon Amiel, 1995), con guion de Ann Biderman y David Madsen, producida por Regency Enterprises y distribuida por Warner Bros. Llegó a los cines estadounidenses en octubre de 1995, pocas semanas después de Seven y cuatro años después de El silencio de los corderos, en plena fascinación del cine por el asesino en serie. En España se estrenó con su título original y en buena parte de Hispanoamérica se conoce como El imitador.

Para una revista de criminología, lo más interesante de la película es su protagonista. Muchos espectadores asocian a Helen Hudson con la figura del criminólogo, y esa asociación es el eje de este artículo de la serie Cine con rigor, que presenta cada título como un recurso didáctico para profesores, formadores y especialistas: qué es exactamente Helen Hudson, si su trabajo se parece al de los profesionales reales y cómo sería ese mismo personaje en España o en Latinoamérica. Los otros dos grandes temas de la película, el crimen por imitación y la víctima convertida en investigadora, completan el análisis y la propuesta de debate.

Ficha para el aula

  • Título original: Copycat (Estados Unidos, 1995), en color, 123 minutos. En Hispanoamérica, El imitador.
  • Dirección y guion: Jon Amiel; guion de Ann Biderman y David Madsen.
  • Reparto principal: Sigourney Weaver (Helen Hudson), Holly Hunter (M.J. Monahan), Dermot Mulroney (Ruben Goetz), William McNamara (Peter Foley) y Harry Connick Jr. (Daryll Lee Cullum).
  • Materias: Criminología, Psicología criminal y forense, Investigación criminal y perfilación, Victimología, Derecho Procesal Penal y Criminología de los medios de comunicación.
  • Nivel recomendado: grado y posgrado; con fragmentos escogidos, también formación policial y de seguridad.
  • Pregunta de debate: ¿Qué papel debe tener un experto ajeno a la policía, criminólogo o psicólogo, en una investigación de homicidio abierta?
  • Advertencia: contiene escenas de violencia contra mujeres, estrangulamientos y una tensión sostenida; conviene avisar al grupo, en especial si alguien ha sufrido violencia.

¿Psicóloga o criminóloga?

La película es clara sobre la profesión de su protagonista, aunque el público la recuerde de otro modo. En la versión original, un presentador la anuncia como una reconocida criminal psychologist, todos la llaman doctora Hudson y ella misma presume de veinte años de experiencia clínica con asesinos en serie. Ha escrito libros de éxito sobre ellos, repite su conferencia por todo el país y cobra por asesorar, hasta el punto de que Goetz se disculpa porque la policía no puede pagarle sus honorarios habituales. Las sinopsis en español la describen como psicóloga, psicóloga criminal o psicóloga criminalista; ninguna de las que hemos consultado la llama criminóloga. Para preparar el papel, Sigourney Weaver se asesoró con Park Dietz, uno de los psiquiatras forenses más conocidos de Estados Unidos.

En Estados Unidos la diferencia importa, porque criminología y psicología son disciplinas separadas, con tradiciones y salidas distintas. La criminología académica estadounidense nació ligada a la policía y a la sociología. En Berkeley, el jefe de policía August Vollmer impulsó en 1916 los primeros cursos universitarios para agentes; la universidad tuvo programa de criminología desde 1931 y una School of Criminology desde 1950, que se fue orientando hacia la sociología hasta su cierre en 1976 (Online Archive of California, s. f.). Quien estudia hoy criminology o criminal justice en ese país se forma en el análisis del delito, las políticas de seguridad y el funcionamiento del sistema penal, y muy rara vez en la evaluación clínica de personas.

Helen pertenece al otro mundo. Es una psicóloga clínica que ha hecho de los delincuentes violentos su especialidad, y para ejercer necesita una licencia del estado: en las 66 jurisdicciones que agrupa la Association of State and Provincial Psychology Boards se exige superar el examen EPPP y, en la mayoría, un doctorado para la práctica independiente (ASPPB, s. f.). Si quisiera acreditar su condición de forense, podría certificarse ante el American Board of Forensic Psychology, con un proceso posdoctoral que incluye la revisión de casos reales y un examen oral ante tres especialistas (ABPP, s. f.). En sentido estricto, Helen Hudson es una psicóloga forense. En España y en buena parte de Latinoamérica la etiqueta de criminóloga le encaja mejor, porque allí la criminología se entiende como una ciencia interdisciplinar en la que la psicología criminal es una de sus ramas, y muchos psicólogos forenses tienen también formación criminológica. Esa diferencia de concepto es la primera lección que deja el personaje.

Quién elabora los perfiles en Estados Unidos

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
Helen Hudson, el inspector Ruben Goetz y la inspectora Monahan ante la pantalla del ordenador: la investigación de un homicidio se traslada al salón de una experta civil. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

Lo que Helen hace en la película es lo que el gran público llama un perfil criminal: deduce, a partir de cómo se cometen los crímenes, rasgos de su autor y anticipa su próximo paso. En Estados Unidos esa tarea se asocia desde los años setenta al FBI. La Unidad de Ciencias del Comportamiento de su academia se creó en 1972, y sus agentes entrevistaron a homicidas encarcelados para sistematizar lo que acabó llamándose análisis de la escena del crimen. Douglas, Ressler, Burgess y Hartman (1986) publicaron el método en Behavioral Sciences & the Law, y el Crime Classification Manual, cuya primera edición es de 1992, ordenó las tipologías de asesinato, incendio y agresión sexual (Douglas et al., 2013). Quienes elaboran esos perfiles son agentes especiales con años de experiencia policial, muchos con estudios de posgrado. La película entrega ese papel a una civil.

El guion es consciente de ello y lo convierte en motor del drama. Helen trabaja sin nombramiento, desde su casa, con fotografías y expedientes que le llevan los inspectores, a veces con más información de la que tienen sus superiores, y por momentos es ella quien decide la línea de investigación. Ese es el rasgo menos realista del personaje. Un consultor externo puede aportar mucho, pero la investigación de un homicidio exige controlar quién accede a las pruebas y dejar constancia de cada paso, y una experta que recibe el material por teléfono, a través del ordenador o en la mesa de su salón compromete la cadena de custodia y la reserva del caso. Hay además un conflicto evidente: Helen es víctima de un agresor vinculado a la serie, lo que en cualquier sistema la convertiría, antes que en asesora, en testigo.

Si Helen Hudson trabajara en España

Trasladar el personaje a España obliga a responder varias preguntas a la vez: qué título tendría, si podría ejercer como criminóloga, quién la llamaría y qué valor tendría su trabajo ante un juez. Las respuestas dibujan una profesión joven, todavía en busca de su sitio.

Una carrera joven

España tiene una tradición criminológica larga en las aulas y muy corta como título oficial. Entre los primeros centros universitarios estuvieron la Escuela de Criminología de Barcelona (1955), convertida en instituto en 1963; el Instituto de Criminología de la Facultad de Derecho de Madrid (1964); el de Valencia (1968), y el Instituto Vasco de Criminología (1978). Durante décadas se estudió en títulos propios de las universidades. El Real Decreto 858/2003 creó la Licenciatura en Criminología, de segundo ciclo, y el grado oficial no llegó hasta el curso 2009-2010, con siete títulos y 473 alumnos; cinco cursos después ya había 46 títulos y 10.762 matriculados (Lacruz López et al., 2018). Una Helen Hudson española de su generación difícilmente habría estudiado un grado en Criminología, porque no existía cuando se formó. Lo más probable es que fuera licenciada en Psicología y que hubiera completado su formación en uno de aquellos institutos.

Una profesión sin regular

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
El despacho doméstico de Helen Hudson, con sus archivadores, sus ordenadores y el teléfono como única salida al exterior: así asesora a la policía una mujer que no puede cruzar la puerta. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

El título de criminólogo no da acceso en España a ninguna profesión reservada. La propia ley vasca que crea el colegio profesional reconoce en su exposición de motivos que el legislador estatal no ha regulado la profesión, de modo que el título no es requisito para ejercerla. Se han creado colegios autonómicos, entre otros en la Comunitat Valenciana (Ley 2/2013), la Región de Murcia (Ley 5/2018), Andalucía (Ley 1/2025) y Euskadi (Ley 2/2025), pero la colegiación es voluntaria. La Administración tampoco ha reservado al criminólogo un hueco propio: el artículo 274 del Reglamento Penitenciario enumera los profesionales que pueden formar los equipos técnicos de las prisiones (juristas, psicólogos, pedagogos, sociólogos, médicos, educadores y trabajadores sociales, entre otros) sin mencionarlo, y la creación de plazas específicas sigue siendo una reivindicación del colectivo.

Si Helen ejerciera como psicóloga, su situación sería más nítida. Para la práctica sanitaria necesitaría la habilitación de Psicólogo General Sanitario, creada por la disposición adicional séptima de la Ley 33/2011, General de Salud Pública, o la especialidad de Psicología Clínica por la vía PIR. La psicología forense, en cambio, no es una especialidad oficial. Desde junio de 2020 el Consejo General de la Psicología concede la acreditación de Psicólogo Experto en Psicología Jurídica y/o Forense, que exige estar colegiado, una formación de posgrado de al menos 500 horas y cuatro años de experiencia con un mínimo de doce informes en procesos judiciales reales (Muñoz et al., 2024). Los psicólogos forenses de la Administración trabajan sobre todo en los Institutos de Medicina Legal y Ciencias Forenses y en los equipos psicosociales de los juzgados, y sus funciones son evaluar a víctimas, acusados y menores, mucho más que perseguir asesinos.

Los perfiladores españoles llevan placa

El análisis de conducta criminal existe en España, pero se hace desde dentro de la policía. La Guardia Civil incorporó en 1995 un grupo de psicólogos a su Jefatura de Policía Judicial, origen de la actual Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo de la Unidad Técnica de Policía Judicial. La Policía Nacional creó en 2011 la Sección de Análisis de Conducta, adscrita a la Comisaría General de Policía Judicial e integrada y dirigida por psicólogos. José Luis González (2015), que repasó el estado de la especialidad, describe un trabajo de policías con formación en psicología y señala que las colaboraciones de académicos externos han sido escasas, desinteresadas y no remuneradas. Es exactamente lo contrario de lo que muestra la película, con una consultora privada que cobra honorarios.

Ese trabajo se apoya cada vez más en datos y menos en intuiciones. Un estudio sobre 687 autores de homicidio en España entre 2010 y 2012 encontró que la mediana de la distancia entre el domicilio del agresor y el lugar del crimen era de medio kilómetro, y que en el 37,1 % de los casos no hubo desplazamiento alguno (Santos-Hermoso et al., 2021). Esa clase de regularidades estadísticas, más que la lectura casi adivinatoria de una escena, es lo que hoy orienta una investigación.

El juez, la reserva y el perito

El procedimiento añade otras diferencias. En España la investigación de un homicidio la dirige un juez de instrucción, y la policía actúa como Policía Judicial bajo su dependencia, según el artículo 126 de la Constitución. Las diligencias del sumario son reservadas hasta la apertura del juicio oral (artículo 301 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal), y el funcionario que revela informaciones que no deben divulgarse puede incurrir en el delito del artículo 417 del Código Penal. Unos inspectores que llevan a casa de una civil las fotografías de las víctimas, sin encargo del juzgado, se expondrían a un serio problema disciplinario y penal. La vía ordinaria sería que el juez o el fiscal le encargaran formalmente una pericia.

Como perita, Helen tropezaría con la Ley de Enjuiciamiento Criminal de 1882. El artículo 456 admite la prueba pericial cuando hacen falta conocimientos científicos o artísticos, el 457 distingue entre peritos titulares, con título oficial de una ciencia o arte cuyo ejercicio esté reglamentado, y no titulares, y el 458 da preferencia a los primeros. Una psicóloga sería perita titular sin discusión. El criminólogo queda en una zona gris, porque tiene un título oficial, pero de una profesión cuyo ejercicio la Administración no ha reglamentado, y la definición de perito no titular se pensó para quien carece de título; es nuestra lectura de la norma, porque no hemos encontrado jurisprudencia del Tribunal Supremo que resuelva el caso ni que valore específicamente un perfil criminal como prueba. La doctrina científica, en cualquier caso, invita a la prudencia: Alison et al. (2002) concluyeron que los perfiles basados en rasgos de personalidad deben usarse con cautela en la investigación y en ningún caso como prueba ante un tribunal.

Y en Latinoamérica

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
La inspectora Monahan en la brigada de Homicidios de San Francisco, donde se decide, sin ningún nombramiento formal, cuánto se cuenta a la experta. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

El panorama latinoamericano es diverso y los datos están más dispersos, de modo que conviene tomar lo que sigue como ejemplos y no como un mapa completo. México tiene una tradición propia, el binomio criminología y criminalística. La Universidad Autónoma de Nuevo León ofrece la licenciatura en Criminología desde 1974; nació como un título de técnico en criminalística de tres años al que se añadió un cuarto curso, y esa mezcla de ciencia del delito y técnica de laboratorio sigue marcando la formación en el país. La investigación la dirige el Ministerio Público, y el Código Nacional de Procedimientos Penales de 2014 exige al perito título oficial cuando la materia está reglamentada y, si no lo está, que sea una persona de «idoneidad manifiesta» (artículo 369). Una Helen mexicana trabajaría probablemente como perita en una fiscalía, con un perfil más cercano a la criminalística que al diván.

Costa Rica ofrece el contraste más claro con España, porque allí la criminología es una profesión colegiada, con su propio Colegio de Profesionales en Criminología creado por la Ley 8831 de 2010. Su Organismo de Investigación Judicial cuenta con una Unidad de Análisis Criminal desde 2005, dedicada al estudio de patrones delictivos más que a la perfilación de autores individuales. En Argentina hay licenciaturas en Criminología y Seguridad, pero no una unidad nacional de perfilación; un proyecto de ley ha propuesto crear una Unidad de Ciencias del Comportamiento en el Ministerio de Seguridad. En Chile, la Policía de Investigaciones dispone de unidades de análisis criminal, y la formación en perfilación se ofrece sobre todo en diplomados universitarios. En toda la región, el criminólogo es una figura más visible que en España, colegiado en unos países y perito oficial en otros, mientras que el perfilador solitario de Hollywood apenas tiene equivalente.

Cuánto vale un perfil

En la película, Helen acierta casi siempre. La investigación científica es bastante más sobria. El metaanálisis de Snook et al. (2007) encontró que los perfiladores profesionales no superaban a los grupos de comparación en la mayoría de las categorías de predicción, y que la literatura sobre perfiles se apoyaba sobre todo en argumentos de sentido común. Un año después, Snook et al. (2008) atribuyeron la confianza en los perfiles a las anécdotas, al prestigio del experto y a la tendencia a recordar los aciertos y olvidar los errores. El estudio de Kocsis et al. (2000), que comparó a perfiladores, policías, psicólogos, estudiantes y videntes ante un mismo asesinato resuelto, mostró indicios de mayor destreza en los perfiladores, aunque con una muestra muy pequeña, y algo mejor rendimiento de los psicólogos que de los policías en algunos aspectos.

La revisión más amplia, la de Fox y Farrington (2018), analizó 426 publicaciones de cuarenta años y concluyó que pocos estudios han construido perfiles con una base empírica sólida y aún menos han evaluado su eficacia. Hay, sin embargo, una técnica que sale bien parada: el análisis de vinculación de casos, que determina si varios delitos son obra del mismo autor, alcanza una precisión de moderada a alta. Para el aula este matiz es valioso, porque lo mejor que hace Helen en Copycat es precisamente eso, reconocer que crímenes muy distintos pertenecen a una misma serie. Es la parte más defendible de su trabajo. En España, un experimento universitario comparó las predicciones humanas sobre el domicilio de delincuentes en serie con las de una técnica actuarial y no encontró diferencias significativas entre ambas (Salafranca Barreda, 2023).

El imitador y su público

El título de la película nombra un fenómeno que la criminología estudia en serio. En una muestra de menores infractores graves y violentos, alrededor de una cuarta parte dijo haber intentado alguna vez un delito copiado de los medios, y lo que se asociaba con ello eran las actitudes hacia los medios y hacia los iguales, no las variables académicas ni demográficas (Surette, 2002). El mismo autor propuso más tarde una escala de siete factores para valorar si un delito es realmente una imitación y la aplicó a 51 casos relacionados con películas comerciales (Surette, 2016). En los asesinatos masivos con armas de fuego en Estados Unidos, cada caso eleva durante unos trece días la probabilidad de otro (Towers et al., 2015), y Lankford y Madfis (2018) han propuesto que los medios informen de todo salvo el nombre y la imagen del autor para negarle la notoriedad que busca.

Copycat lleva esa idea a un terreno incómodo para los propios expertos. Peter Foley (William McNamara) es un admirador que se carteaba con Cullum, y el epílogo revela que este le guiaba desde la cárcel. Los libros y las conferencias de Helen, que convierten a los asesinos en materia de estudio y de espectáculo, forman parte del mismo circuito de fama. Jarvis (2007) contó más de mil películas con asesinos en serie en las bases de datos, la mayoría posteriores a 1990, y relacionó esa fascinación con la cultura de consumo. La pregunta para la clase es directa: ¿qué responsabilidad tiene quien divulga la vida de los criminales, incluido el profesor que pone la película?

La víctima que investiga

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
Helen Hudson, copa en mano, en su apartamento: la experta en asesinos en serie es también la víctima de uno de ellos. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

La agorafobia de Helen no es un simple adorno del guion. En un estudio con 1.084 pacientes que habían sufrido lesiones traumáticas, el 22 % presentaba al año un trastorno psiquiátrico nuevo, y la agorafobia aparecía en el 6 %, la misma proporción que el estrés postraumático (Bryant et al., 2010). En las víctimas de violación seguidas desde las dos semanas posteriores a la agresión, el 94 % cumplía los criterios sintomáticos de estrés postraumático al principio y el 47 % seguía haciéndolo unos tres meses después (Rothbaum et al., 1992). La película retrata con bastante seriedad las crisis de pánico y la evitación, aunque el desenlace le exige a Helen una recuperación tan rápida que resulta difícil de creer.

El personaje permite además hablar de la doble condición de víctima y experta. Helen investiga a quien imita a su propio agresor, y su conocimiento del caso está atravesado por el miedo y por su historia personal. En la realidad esa situación aconsejaría apartarla del caso y protegerla como testigo, con las medidas que prevé el Estatuto de la víctima. En la ficción, lo que la ayuda a recuperar el control es precisamente investigar. Esa tensión entre lo que funciona en el drama y lo que exige la protección de la víctima da para una buena discusión en Victimología.

Propuesta para el aula: ¿hasta dónde puede llegar un experto externo?

La escena de partida es la primera visita de Monahan y Goetz al apartamento de Helen. Al principio se resiste a colaborar, pero el caso acaba atrapándola y pronto está analizando por su cuenta el material de los inspectores. Más adelante Goetz se disculpa por no poder pagarle lo que suele cobrar. En pocos minutos aparecen todos los problemas que este artículo ha recorrido: quién es esa experta, quién la ha nombrado, qué información puede recibir y qué valor tendrá lo que diga.

La pregunta de debate es esta: ¿qué papel debe tener un experto ajeno a la policía, criminólogo o psicólogo, en una investigación de homicidio abierta? Admite varias respuestas razonables y obliga a combinar conocimientos de criminología, psicología, derecho procesal y ética.

Los alumnos pueden apoyarse en fuentes para cada postura. A favor de abrir la puerta al experto externo están la propia historia del análisis de conducta, que nació de la colaboración entre agentes e investigadores (Douglas et al., 1986), y la buena precisión del análisis de vinculación de casos (Fox y Farrington, 2018). En contra, o al menos a favor de limitarlo mucho, están los metaanálisis sobre la eficacia de los perfiles (Snook et al., 2007, 2008), la advertencia de Alison et al. (2002) sobre su uso como prueba, el carácter reservado del sumario y el modelo español, en el que la especialidad se ejerce desde dentro de los cuerpos policiales (González, 2015).

Una posible organización en dos sesiones, adaptable al tiempo disponible:

  • Antes del visionado (15 minutos). Lectura breve de los artículos 301 y 456 a 458 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal y de un resumen del trabajo de González (2015). Cada alumno anota su respuesta inicial a la pregunta de debate.
  • Visionado. La película completa como tarea previa o, en clase, cuatro fragmentos: la conferencia y el ataque en los aseos, la primera visita de los inspectores, el momento en que Helen reconoce el patrón de los asesinos imitados y el epílogo con la carta de Cullum.
  • Simulación (50 minutos). Se reproduce una reunión de coordinación de la investigación con seis papeles: jueza de instrucción, inspectora de Homicidios, psicóloga de una unidad policial de análisis de conducta, criminóloga académica externa, abogado de la defensa del futuro acusado y representante de las víctimas. La jueza escucha a todos y dicta una resolución motivada sobre si se incorpora a la experta, con qué encargo y con acceso a qué información.
  • Puesta en común (20 minutos). Qué cambiaría si el caso se investigara en México, con el Ministerio Público al frente, o en Costa Rica, donde la criminología es una profesión colegiada, y si la respuesta del grupo ha cambiado respecto a la anotada al principio.

Algunas preguntas guía: ¿es Helen Hudson criminóloga, psicóloga o las dos cosas?; ¿qué diferencia hay entre asesorar a la policía y dirigir de hecho una investigación?; ¿debería una víctima de un agresor relacionado con la serie participar en el caso?; ¿qué parte del trabajo de Helen tiene respaldo científico y cuál no?; ¿podría su perfil presentarse como prueba en un juicio español?; ¿qué debería exigirse a un criminólogo para actuar como perito?

Según la materia, el material admite otros enfoques. En Criminología, la regulación de la profesión y la comparación entre países; en Psicología forense, la ética del doble papel de víctima y experta y los límites de la evaluación a distancia; en Derecho Procesal Penal, la reserva del sumario y el régimen de los peritos; en Victimología, la recuperación tras la agresión y la protección de la víctima testigo; en Criminología de los medios, el crimen por imitación y la responsabilidad de quien divulga. También puede servir para hablar de expectativas profesionales: en una universidad británica, el 71,5 % de los estudiantes de Ciencias Forenses y de Criminología encuestados dijo que la televisión había influido en su decisión de estudiar la carrera (Ness y Preece, 2025).

Antes de darle al play

Copycat tiene treinta años y se nota. La tecnología, con sus módems y sus pantallas de tubo, provoca alguna sonrisa en el aula, y algunas licencias del guion, como la facilidad con que todo el mundo entra en el apartamento de una mujer aterrorizada, conviene señalarlas. La violencia contra las mujeres está muy presente y exige un aviso previo y cierto cuidado al elegir los fragmentos. El mayor riesgo docente, de todos modos, está en el mito que la película alimenta: la experta brillante que, desde fuera del sistema, ve lo que la policía no ve.

Precisamente por eso funciona tan bien en clase. Permite separar lo que hay de verdad en el personaje, que es su conocimiento de la conducta criminal y su capacidad para reconocer una serie, de lo que pertenece al género, y obliga a los alumnos a preguntarse qué profesión quieren ejercer y en qué sistema. Para quienes estudian Criminología en España o en Latinoamérica, Helen Hudson es un buen punto de partida para descubrir que el oficio real es más colectivo, más reglado y menos espectacular que el de Hollywood, y que tiene todavía mucho camino por hacer. La película está disponible en edición doméstica y, según el momento, en plataformas de vídeo bajo demanda, en versión doblada y en versión original con subtítulos.

«Copycat»: Helen Hudson and the criminologist’s trade

Jon Amiel’s 1995 film as a classroom resource: what its protagonist’s profession really is, who draws up serial-killer profiles in the United States, Spain and Latin America, and how much a profile is worth in the light of scientific research.

Could Helen Hudson exist outside Hollywood?

Author: Manuel Castelló González

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An expert who cannot leave home

Helen Hudson has just given a university lecture on the serial killers she has been studying for twenty years. A few minutes later, in the building’s toilets, one of them is waiting for her: Daryll Lee Cullum (Harry Connick Jr.), who kills a police officer and tries to finish her off before another officer overpowers him. More than a year later, Helen has still not left her San Francisco apartment. She suffers from agoraphobia, lives glued to her computers, with her assistant Andy and a drink almost always within reach, and the mere thought of crossing the threshold brings on panic attacks.

When women start turning up murdered by methods that bear no resemblance to one another, Inspector M.J. Monahan (Holly Hunter) and her partner Ruben Goetz (Dermot Mulroney), from the homicide squad, knock on her door. Helen realises that the killer is copying, one after another, the crimes of notorious murderers: the Boston Strangler, the Hillside Stranglers, the Son of Sam, Jeffrey Dahmer. What is more, he copies them in the same order in which she listed them in her lecture. That is how Copycat (Jon Amiel, 1995) begins, written by Ann Biderman and David Madsen, produced by Regency Enterprises and distributed by Warner Bros. It reached US cinemas in October 1995, a few weeks after Se7en and four years after The Silence of the Lambs, at the height of cinema’s fascination with the serial killer. It was released in Spain under its original title and is known across much of Latin America as El imitador.

For a criminology journal, the most interesting thing about the film is its protagonist. Many viewers associate Helen Hudson with the figure of the criminologist, and that association is the thread of this instalment of the Cinema with rigour series, which offers each title as a teaching resource for lecturers, trainers and specialists: what exactly Helen Hudson is, whether her work resembles that of real professionals, and what the same character would look like in Spain or Latin America. The film’s other two major themes, copycat crime and the victim turned investigator, complete the analysis and the debate proposal.

Classroom sheet

  • Original title: Copycat (United States, 1995), colour, 123 minutes. In Latin America, El imitador.
  • Direction and screenplay: Jon Amiel; screenplay by Ann Biderman and David Madsen.
  • Main cast: Sigourney Weaver (Helen Hudson), Holly Hunter (M.J. Monahan), Dermot Mulroney (Ruben Goetz), William McNamara (Peter Foley) and Harry Connick Jr. (Daryll Lee Cullum).
  • Subjects: Criminology, Criminal and Forensic Psychology, Criminal Investigation and Profiling, Victimology, Criminal Procedure and Media Criminology.
  • Recommended level: undergraduate and postgraduate; with selected excerpts, also police and security training.
  • Debate question: What role should an expert from outside the police, whether criminologist or psychologist, play in an open homicide investigation?
  • Warning: contains scenes of violence against women, strangulation and sustained tension; the group should be warned in advance, especially if anyone has experienced violence.

Psychologist or criminologist?

The film is clear about its protagonist’s profession, even if audiences remember her differently. In the original version, a presenter introduces her as a noted criminal psychologist, everyone calls her Dr Hudson and she herself boasts of twenty years of clinical experience with serial killers. She has written best-selling books about them, gives the same lecture all over the country and charges for her advice, to the point that Goetz apologises because the police cannot afford her usual fee. Spanish-language synopses describe her as a psychologist, a criminal psychologist or a «psicóloga criminalista»; none of those we consulted calls her a criminologist. To prepare for the role, Sigourney Weaver sought advice from Park Dietz, one of the best-known forensic psychiatrists in the United States.

In the United States the difference matters, because criminology and psychology are separate disciplines, with different traditions and career paths. American academic criminology was born linked to the police and to sociology. At Berkeley, police chief August Vollmer launched the first university courses for officers in 1916; the university had a criminology programme from 1931 and a School of Criminology from 1950, which drifted towards sociology until it closed in 1976 (Online Archive of California, n.d.). Anyone who studies criminology or criminal justice in that country today is trained in the analysis of crime, security policy and the workings of the penal system, and only very rarely in the clinical assessment of individuals.

Helen belongs to the other world. She is a clinical psychologist who has made violent offenders her specialty, and to practise she needs a state licence: the 66 jurisdictions that make up the Association of State and Provincial Psychology Boards require candidates to pass the EPPP examination and, in most cases, to hold a doctorate for independent practice (ASPPB, n.d.). If she wished to accredit herself as a forensic specialist, she could seek certification from the American Board of Forensic Psychology, through a postdoctoral process that includes a review of real cases and an oral examination before three specialists (ABPP, n.d.). Strictly speaking, Helen Hudson is a forensic psychologist. In Spain and much of Latin America the label of criminologist fits her better, because there criminology is understood as an interdisciplinary science of which criminal psychology is one branch, and many forensic psychologists also have criminological training. That difference in concept is the first lesson the character offers.

Who draws up profiles in the United States

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
Helen Hudson, Inspector Ruben Goetz and Inspector Monahan in front of the computer screen: a homicide investigation moves into the living room of a civilian expert. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

What Helen does in the film is what the general public calls a criminal profile: from the way the crimes are committed, she infers traits of the offender and anticipates his next move. In the United States that task has been associated with the FBI since the 1970s. The Behavioral Science Unit at its academy was set up in 1972, and its agents interviewed imprisoned murderers in order to systematise what came to be called crime scene analysis. Douglas, Ressler, Burgess and Hartman (1986) published the method in Behavioral Sciences & the Law, and the Crime Classification Manual, first published in 1992, set out typologies of murder, arson and sexual assault (Douglas et al., 2013). Those who draw up such profiles are special agents with years of police experience, many with postgraduate qualifications. The film hands that role to a civilian.

The script is aware of this and turns it into the engine of the drama. Helen works without any appointment, from her home, with photographs and files brought to her by the inspectors, sometimes with more information than their own superiors have, and at times it is she who sets the line of inquiry. This is the least realistic feature of the character. An outside consultant can contribute a great deal, but a homicide investigation requires control over who has access to the evidence and a record of every step, and an expert who receives the material by telephone, via her computer or on her living-room table compromises the chain of custody and the confidentiality of the case. There is also an obvious conflict: Helen is the victim of an offender linked to the series, which in any system would make her a witness before an adviser.

If Helen Hudson worked in Spain

Transferring the character to Spain means answering several questions at once: what degree she would hold, whether she could practise as a criminologist, who would call her in and what value her work would have before a judge. The answers sketch a young profession that is still looking for its place.

A young degree

Spain has a long criminological tradition in the classroom and a very short one as an official degree. Among the first university centres were the School of Criminology in Barcelona (1955), which became an institute in 1963; the Institute of Criminology at the Madrid Faculty of Law (1964); the Valencia institute (1968); and the Basque Institute of Criminology (1978). For decades criminology was studied through universities’ own non-official diplomas. Royal Decree 858/2003 created a second-cycle Licentiate in Criminology, and the official bachelor’s degree did not arrive until the 2009-2010 academic year, with seven programmes and 473 students; five years later there were 46 programmes and 10,762 enrolled students (Lacruz López et al., 2018). A Spanish Helen Hudson of her generation would hardly have taken a bachelor’s degree in Criminology, because it did not exist when she trained. Most probably she would have a degree in Psychology and would have completed her training at one of those institutes.

An unregulated profession

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
Helen Hudson’s home office, with its filing cabinets, its computers and the telephone as her only link to the outside world: this is how a woman who cannot cross her own threshold advises the police. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

In Spain the criminology degree does not give access to any reserved profession. The Basque law creating the professional association itself acknowledges, in its preamble, that the national legislature has not regulated the profession, so the degree is not a requirement for practising it. Regional professional associations have been created, among others in the Valencian Community (Law 2/2013), the Region of Murcia (Law 5/2018), Andalusia (Law 1/2025) and the Basque Country (Law 2/2025), but membership is voluntary. Nor has the public administration reserved a place of its own for criminologists: Article 274 of the Prison Regulations lists the professionals who may form the technical teams in prisons (lawyers, psychologists, educationalists, sociologists, doctors, educators and social workers, among others) without mentioning them, and the creation of specific posts remains one of the profession’s demands.

If Helen practised as a psychologist, her position would be clearer. For healthcare practice she would need the General Health Psychologist qualification, created by the seventh additional provision of Law 33/2011 on Public Health, or the Clinical Psychology specialty via the PIR residency. Forensic psychology, by contrast, is not an official specialty. Since June 2020 the Spanish General Council of Psychology has granted an accreditation as Expert Psychologist in Legal and/or Forensic Psychology, which requires professional registration, at least 500 hours of postgraduate training and four years of experience with a minimum of twelve reports in real court proceedings (Muñoz et al., 2024). Public-sector forensic psychologists work mainly in the Institutes of Legal Medicine and Forensic Sciences and in the courts’ psychosocial teams, and their job is to assess victims, defendants and minors far more than to hunt killers.

Spanish profilers carry a badge

Criminal behaviour analysis does exist in Spain, but it is carried out from within the police. In 1995 the Guardia Civil brought a group of psychologists into its Judicial Police Headquarters, the origin of today’s Criminal Behaviour Analysis Section within the Judicial Police Technical Unit. In 2011 the National Police created its Behaviour Analysis Section, attached to the General Commissariat of Judicial Police and staffed and led by psychologists. José Luis González (2015), who reviewed the state of the specialty, describes the work of police officers trained in psychology and notes that collaborations with outside academics have been scarce, unselfish and unpaid. This is exactly the opposite of what the film shows: a private consultant who charges fees.

That work relies increasingly on data rather than intuition. A study of 687 homicide offenders in Spain between 2010 and 2012 found that the median distance between the offender’s home and the crime scene was half a kilometre, and that in 37.1% of cases there was no journey at all (Santos-Hermoso et al., 2021). Statistical regularities of that kind, more than an almost clairvoyant reading of a crime scene, are what guide an investigation today.

The judge, confidentiality and the expert witness

Procedure adds further differences. In Spain a homicide investigation is directed by an investigating judge, and the police act as Judicial Police under the judge’s authority, as Article 126 of the Constitution provides. The pre-trial proceedings are confidential until the trial opens (Article 301 of the Criminal Procedure Act), and an official who reveals information that should not be disclosed may commit the offence in Article 417 of the Criminal Code. Inspectors who took photographs of the victims to a civilian’s home, without instructions from the court, would expose themselves to serious disciplinary and criminal trouble. The ordinary route would be for the judge or the prosecutor to commission an expert report from her formally.

As an expert witness, Helen would come up against the Criminal Procedure Act of 1882. Article 456 allows expert evidence when scientific or artistic knowledge is needed, Article 457 distinguishes between titled experts, holding an official qualification in a science or art whose practice is regulated, and untitled ones, and Article 458 gives preference to the former. A psychologist would unquestionably be a titled expert. The criminologist falls into a grey area, because he or she holds an official degree, but in a profession whose practice the administration has not regulated, while the definition of the untitled expert was designed for those who lack a qualification; this is our reading of the law, since we have found no Supreme Court case law that settles the point or specifically assesses a criminal profile as evidence. In any event, the scientific literature counsels caution: Alison et al. (2002) concluded that profiles based on personality traits should be used with caution in investigations and not at all as evidence in court.

And in Latin America

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
Inspector Monahan in the San Francisco homicide squad, where it is decided, without any formal appointment, how much the expert will be told. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

The Latin American picture is diverse and the data are more scattered, so what follows should be taken as examples rather than a complete map. Mexico has its own tradition, the pairing of criminology and criminalistics. The Autonomous University of Nuevo León has offered a degree in Criminology since 1974; it began as a three-year technician qualification in criminalistics to which a fourth year was added, and that blend of the science of crime and laboratory technique still shapes training in the country. Investigations are directed by the Public Prosecutor’s Office, and the 2014 National Code of Criminal Procedure requires an expert to hold an official qualification when the field is regulated and, where it is not, to be a person of «manifest suitability» (Article 369). A Mexican Helen would probably work as an expert in a prosecutor’s office, with a profile closer to criminalistics than to the couch.

Costa Rica offers the sharpest contrast with Spain, because there criminology is a regulated profession with its own Association of Criminology Professionals, created by Law 8831 of 2010. Its Judicial Investigation Agency has had a Criminal Analysis Unit since 2005, devoted to the study of crime patterns rather than to profiling individual offenders. Argentina has degrees in Criminology and Security, but no national profiling unit; a bill has proposed creating a Behavioural Sciences Unit within the Ministry of Security. In Chile, the Investigations Police has criminal analysis units, and profiling training is offered mainly through university diploma courses. Across the region the criminologist is a more visible figure than in Spain, a registered professional in some countries and an official expert in others, whereas the lone Hollywood profiler has hardly any equivalent.

How much is a profile worth?

In the film, Helen is almost always right. Scientific research is far more sober. The meta-analysis by Snook et al. (2007) found that professional profilers did not outperform comparison groups in most prediction categories, and that the literature on profiling relied mainly on common-sense arguments. A year later, Snook et al. (2008) attributed confidence in profiling to anecdotes, to the prestige of the expert and to the tendency to remember hits and forget misses. The study by Kocsis et al. (2000), which compared profilers, police officers, psychologists, students and psychics faced with the same solved murder, showed signs of greater skill among the profilers, albeit with a very small sample, and somewhat better performance by psychologists than by police officers in some respects.

The broadest review, by Fox and Farrington (2018), analysed 426 publications spanning forty years and concluded that few studies have built profiles on a sound empirical basis and even fewer have evaluated their effectiveness. One technique, however, comes out well: case linkage analysis, which determines whether several crimes are the work of the same offender, achieves moderate to high accuracy. For the classroom this nuance is valuable, because the best thing Helen does in Copycat is precisely that, recognising that very different crimes belong to a single series. It is the most defensible part of her work. In Spain, a university experiment compared human predictions of the home location of serial offenders with those of an actuarial technique and found no significant differences between them (Salafranca Barreda, 2023).

The copycat and his audience

The film’s title names a phenomenon that criminology studies seriously. In a sample of serious and violent juvenile offenders, around a quarter said they had at some point attempted a crime copied from the media, and what was associated with this were attitudes towards the media and towards peers, not academic or demographic variables (Surette, 2002). The same author later proposed a seven-factor scale to assess whether a crime really is an imitation and applied it to 51 cases linked to commercial films (Surette, 2016). In mass shootings in the United States, each incident raises the probability of another for about thirteen days (Towers et al., 2015), and Lankford and Madfis (2018) have proposed that the media report everything except the perpetrator’s name and image, to deny him the notoriety he seeks.

Copycat takes that idea into territory that is uncomfortable for the experts themselves. Peter Foley (William McNamara) is an admirer who corresponded with Cullum, and the epilogue reveals that Cullum was guiding him from prison. Helen’s books and lectures, which turn killers into a subject of study and of spectacle, are part of the same circuit of fame. Jarvis (2007) counted more than a thousand films featuring serial killers in film databases, most of them made after 1990, and linked this fascination to consumer culture. The question for the class is a direct one: what responsibility does anyone who popularises the lives of criminals bear, including the teacher who screens the film?

The victim who investigates

Fotograma de la película «Copycat» (1995), de Jon Amiel.
Helen Hudson, glass in hand, in her apartment: the expert on serial killers is also the victim of one of them. Copycat (1995), dir. Jon Amiel. © Regency Enterprises / Warner Bros.

Helen’s agoraphobia is far from a mere ornament of the script. In a study of 1,084 patients who had suffered traumatic injuries, 22% had a new psychiatric disorder one year later, and agoraphobia appeared in 6%, the same proportion as post-traumatic stress disorder (Bryant et al., 2010). Among rape victims followed from two weeks after the assault, 94% met the symptomatic criteria for post-traumatic stress at the outset and 47% still did so about three months later (Rothbaum et al., 1992). The film portrays panic attacks and avoidance quite seriously, although the ending demands from Helen a recovery so swift that it is hard to believe.

The character also allows a discussion of the dual status of victim and expert. Helen is investigating someone who imitates her own attacker, and her knowledge of the case is shot through with fear and with her personal history. In real life that situation would call for removing her from the case and protecting her as a witness, with the measures provided for in the Spanish Victims’ Statute. In the fiction, what helps her regain control is precisely investigating. That tension between what works dramatically and what the protection of the victim demands makes for a good discussion in Victimology.

Classroom proposal: how far can an outside expert go?

The starting scene is Monahan and Goetz’s first visit to Helen’s apartment. At first she is reluctant to cooperate, but the case draws her in and soon she is analysing the inspectors’ material on her own. Later on, Goetz apologises for not being able to pay her what she usually charges. In a few minutes, every problem this article has covered appears: who this expert is, who appointed her, what information she may receive and what value her words will have.

The debate question is this: what role should an expert from outside the police, whether criminologist or psychologist, play in an open homicide investigation? It admits several reasonable answers and forces students to combine knowledge of criminology, psychology, procedural law and ethics.

Students can draw on sources for each position. In favour of opening the door to the outside expert are the very history of behavioural analysis, which grew out of collaboration between agents and researchers (Douglas et al., 1986), and the good accuracy of case linkage analysis (Fox & Farrington, 2018). Against it, or at least in favour of strictly limiting it, are the meta-analyses on the effectiveness of profiling (Snook et al., 2007, 2008), the warning by Alison et al. (2002) about its use as evidence, the confidentiality of pre-trial proceedings and the Spanish model, in which the specialty is practised from within the police forces (González, 2015).

A possible two-session plan, adaptable to the time available:

  • Before viewing (15 minutes). A short reading of Articles 301 and 456 to 458 of the Spanish Criminal Procedure Act and a summary of González (2015). Each student writes down an initial answer to the debate question.
  • Viewing. The whole film as homework or, in class, four excerpts: the lecture and the attack in the toilets, the inspectors’ first visit, the moment Helen recognises the pattern of imitated killers, and the epilogue with Cullum’s letter.
  • Simulation (50 minutes). A coordination meeting of the investigation is staged with six roles: investigating judge, homicide inspector, psychologist from a police behavioural analysis unit, outside academic criminologist, defence lawyer for the future accused and victims’ representative. The judge hears everyone and issues a reasoned decision on whether the expert is brought in, with what remit and with access to what information.
  • Plenary (20 minutes). What would change if the case were investigated in Mexico, with the Public Prosecutor in charge, or in Costa Rica, where criminology is a regulated profession, and whether the group’s answer has changed from the one noted at the start.

Some guiding questions: is Helen Hudson a criminologist, a psychologist or both?; what is the difference between advising the police and de facto directing an investigation?; should the victim of an offender connected with the series take part in the case?; which part of Helen’s work has scientific support and which does not?; could her profile be presented as evidence in a Spanish trial?; what should be required of a criminologist to act as an expert witness?

Depending on the subject, the material lends itself to other approaches. In Criminology, the regulation of the profession and comparisons between countries; in Forensic Psychology, the ethics of the dual role of victim and expert and the limits of assessment at a distance; in Criminal Procedure, the confidentiality of the pre-trial phase and the rules on expert witnesses; in Victimology, recovery after an assault and the protection of the victim as witness; in Media Criminology, copycat crime and the responsibility of those who popularise it. It can also be used to talk about career expectations: at a British university, 71.5% of the Forensic Science and Criminology students surveyed said television had influenced their decision to study the subject (Ness & Preece, 2025).

Before pressing play

Copycat is thirty years old and it shows. The technology, with its modems and cathode-ray screens, will raise a smile or two in class, and some of the script’s liberties, such as the ease with which everyone gets into the apartment of a terrified woman, are worth pointing out. Violence against women is very present and calls for a prior warning and some care in choosing excerpts. The greatest teaching risk, however, lies in the myth the film feeds: the brilliant expert who, from outside the system, sees what the police cannot.

That is precisely why it works so well in class. It allows students to separate what is true in the character, namely her knowledge of criminal behaviour and her ability to recognise a series, from what belongs to the genre, and it makes them ask what profession they want to practise and in which system. For those studying Criminology in Spain or Latin America, Helen Hudson is a good starting point for discovering that the real trade is more collective, more regulated and less spectacular than Hollywood’s, and that it still has a long way to go. The film is available on home video and, depending on the moment, on video-on-demand platforms, dubbed and in the original version with subtitles.

Bibliografía / References

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