Recordando a Rosalind Franklin: la mente que descifró la vida

El 25 de julio de 1920 nació en una casa de Notting Hill una niña que habría de mirar la materia como nadie la había mirado antes. Se llamaba Rosalind Elsie Franklin, y treinta y siete años más tarde, mientras el cáncer la apagaba en una cama de Chelsea, dejaba tras de sí la imagen más importante que se haya tomado jamás de lo vivo: una cruz de manchas borrosas sobre una placa, paciencia de cien horas de exposición, que guardaba escrito en el idioma terco de los rayos X el secreto de cómo se hereda lo que somos. La catalogaron como Fotografía 51.

De ella, sin que la autora lo supiera ni lo consintiera, salió la doble hélice. Y de la doble hélice, andando el tiempo, salió todo lo demás: el laboratorio forense, la prueba que puede sentar al culpable en el banquillo y la que puede arrancar al inocente del corredor de la muerte, el hisopo que cierra un crimen treinta años después de cometido. Media justicia penal contemporánea descansa sobre el trabajo de una mujer a la que sus contemporáneos no quisieron poner en la foto. Conviene, por una vez, ponerla.

La historia de la ciencia suele escribirse a través de los grandes nombres grabados en las placas doradas de los manuales, pero los cimientos más sólidos de esos triunfos se levantaron muchas veces en silencio, a cargo de mentes extraordinarias que el tiempo dejó en la penumbra. Franklin es el rostro más conmovedor de esa lista de olvidadas: una injusticia que no se cometió solo en los laboratorios, sino allí donde el brillo del trabajo ajeno eclipsa al propio. Por eso esta efeméride no quiere ser una fría cronología, sino un homenaje. Y conviene decirlo desde el principio, para no equivocar el tono: no recordamos a una víctima, sino a una investigadora de dedicación inquebrantable, cuya pasión por la verdad cambió para siempre nuestra comprensión de lo vivo.

Porque esta no es una historia de laboratorio. Es una historia de prueba, de autoría y de verdad -las tres palabras sobre las que se levanta cualquier sala de justicia-, Y como toda buena historia de justicia, tiene su delito, su despojo y su tardía, siempre tardía, reparación.

Una niña que hacía cuentas por placer

Nació, decíamos, en el distrito londinense de Notting Hill, segunda de los cinco hijos de Ellis Arthur Franklin, banquero de inversión de talante conservador, y de Muriel Frances Waley, en una influyente y acomodada familia judía británica. La rodeaban sus hermanos

-David, el mayor, y por detrás Colin, Roland y Jenifer-, y desde muy pronto dio muestras de ser una de esas criaturas que asustan un poco. Una tía suya, Mamie, escribió en 1926, durante unas vacaciones familiares en la costa de Cornualles, una frase que ya contenía a la mujer entera:

Rosalind es alarmantemente lista: se pasa el día haciendo cuentas por puro placer, y siempre le salen bien.

Helen «Mamie» Bentwich, carta familiar, 1926

Conviene desmontar aquí un mito muy repetido. Suele contarse que su padre se opuso a que estudiara ciencias; las cartas de la época dicen otra cosa. Ellis Franklin financió los estudios de su hija, aunque por mentalidad de su tiempo habría preferido verla dedicada a la beneficencia social. La diferencia importa, porque rebajar la historia a la del padre tirano es tan injusto como cómodo: a Rosalind no la frenó su familia, la frenó una época entera. Se educó en algunas de las mejores escuelas privadas de Inglaterra, y muy señaladamente en la St Paul’s Girls’ School, una de las poquísimas que entonces se atrevían a enseñar física y química a las niñas.

Ya de muy joven había dejado por escrito su credo. Tenía veinte años y discutía por carta con ese padre piadoso que recelaba de una hija demasiado entregada a la razón. La respuesta de la muchacha merece figurar en cualquier antología del pensamiento laico, y explica por sí sola todo lo que vino después:

La ciencia y la vida cotidiana ni pueden ni deben separarse. La ciencia, para mí, da una explicación parcial de la vida […]. A mi juicio, lo único que la fe necesita es la convicción de que, haciendo cuanto esté en nuestra mano, nos acercaremos al éxito, y de que la consecución de nuestros fines -a mejora de la suerte de la humanidad, presente y futura- merece la pena. […] Sostengo que la fe en este mundo es perfectamente posible sin fe en otro mundo.

Rosalind Franklin, carta a su padre, verano de 1940

Veinte años, y ni una concesión a la superstición ni una gota de autocompasión. Agnóstica desde la adolescencia, humanista por convicción, Franklin hizo del trabajo bien hecho su única religión. Quien entienda esa carta entenderá por qué, años más tarde, se negó a publicar la doble hélice antes de tiempo: no pensaba traicionar el rigor por la prisa de figurar.

Cambridge, o el último bastión

Su brillantez la llevó en 1938 al Newnham College de Cambridge, a estudiar Ciencias Naturales con especialización en Química. Se graduó con honores en 1941, pero la universidad no le concedió un título pleno. No por sus notas, que eran excelentes, sino por su sexo.

Conviene detenerse en esto, porque retrata el muro contra el que iba a estrellarse su carrera. Cambridge se había construido desde el siglo XIII como un mundo de hombres, ligado a la formación de élites y de clérigos, y veía la presencia femenina como una grieta en su orden inmemorial. Los colegios de mujeres -Girton y Newnham- se habían fundado a finales del siglo XIX, pero a ellas solo se les permitía asistir a las clases y examinarse: a cambio recibían un certificado de asistencia, no la licenciatura. El verdadero miedo de los sectores más conservadores era darles voz y voto en el gobierno de la universidad. Y la cosa llegó a las manos: en las votaciones de 1897 y de 1921, turbas de estudiantes varones destrozaron instalaciones de los colegios femeninos. Hubo que esperar a diciembre de 1947 -comprobado ya el papel decisivo de las mujeres en la Segunda Guerra Mundial, y con el ejemplo de Oxford, que había dado el paso en 1920- para que se aprobaran los cambios que en 1948 convirtieron a Cambridge en la última universidad del Reino Unido en admitir a las mujeres como miembros de pleno derecho. Léase de nuevo la fecha: 1948. Franklin tenía para entonces su doctorado y media obra hecha.

El carbón, París y la mirada que atraviesa la materia

A pesar de aquel entorno, avanzó con paso firme. Se doctoró en Cambridge en 1945 con una tesis sobre la estructura porosa del carbón, un trabajo nada menor: servía para predecir el comportamiento del material como combustible y tuvo aplicación directa en la defensa civil durante la guerra. Entre 1947 y 1951 trabajó en París, en el Laboratoire central des services chimiques de l’État, y siempre recordaría aquellos años como los más felices de su vida.

Allí, de la mano de Jacques Mering, perfeccionó hasta la maestría la difracción de rayos X -esa disciplina que consiste en bombardear la materia con radiación y leer, en el abanico de sombras que devuelve, la arquitectura invisible de los átomos- y aprendió a aplicar cálculos matemáticos complejísimos para descifrar la estructura de las sustancias desordenadas. Sus hallazgos fueron tan sólidos que aún hoy se citan: el artículo A note on the true density, chemical composition and structure of coals and carbonized coals, publicado en Fuel en 1948, y sobre todo The structure of graphitic carbons, aparecido en Acta Crystallographica en 1951, un estudio de una perfección tal que los investigadores del grafeno siguen volviendo a él.

Quien la trató en aquella etapa no dudó del calibre de lo que tenía delante. John Desmond Bernal, uno de los grandes cristalógrafos del siglo y hombre poco dado a la lisonja, escribiría de aquel trabajo:

Descubrió, en una serie de investigaciones bellamente ejecutadas, la distinción fundamental entre los carbones que al calentarse se convertían en grafito y los que no. Era ya una autoridad reconocida en fisicoquímica industrial cuando eligió abandonar este campo en favor del territorio mucho más difícil y más apasionante de la biofísica.

J. D. Bernal, The Times, 1958

Reténgase el detalle, porque la retrata entera: cuando dominaba un terreno, lo dejaba por otro más arduo. No buscaba la comodidad de lo sabido, sino la incomodidad de lo que aún no se sabe. Esa es, exactamente, la diferencia entre un técnico y un investigador.

King’s College, 1951: la imagen que gritaba

Con ese bagaje regresó a Londres en enero de 1951, al King’s College, con una beca de investigación de tres años. El director del departamento, John Randall, le encomendó el estudio del ADN por su dominio absoluto de los rayos X. Pero cometió un error que envenenaría el laboratorio entero: no se lo advirtió a Maurice Wilkins, el físico que ya trabajaba en lo mismo y que estaba de vacaciones. Wilkins volvió y dio por hecho que Rosalind era una simple ayudante técnica, no una investigadora independiente. El malentendido -tan revelador de cómo se miraba entonces a una mujer en una mesa de laboratorio- arruinó la relación entre ambos desde el primer día.

Pese al ambiente hostil, trabajó de manera brillante junto a su estudiante de doctorado, Raymond Gosling. Controló la humedad de las fibras -ese fue el golpe maestro- y descubrió que el ADN se presentaba en dos formas: la A, deshidratada y cristalina, y la B, hidratada. Mientras se concentraba en resolver matemáticamente la endiablada forma A, en mayo de 1952 capturó la célebre Fotografía 51: una imagen por difracción de la forma B que mostraba con nitidez absoluta la cruz de aspas característica de una hélice.

Para un ojo entrenado en cristalografía, aquella equis dibujada por la mano de la propia naturaleza no era un jeroglífico: era una confesión. El historiador de la ciencia Horace Freeland Judson lo resumió en tres palabras que valen por un tratado:

El patrón gritaba hélice.

Horace Freeland Judson, The Eighth Day of Creation, 1979

Gritaba hélice, sí, pero Franklin era demasiado rigurosa para gritar con él. Se negaba a publicar un modelo antes de tener los datos que lo obligaran. Había visto el ridículo de los que corren -el propio Linus Pauling acababa de proponer para el ADN una triple hélice imposible- y prefería la lentitud honrada a la velocidad lucida. Medía, calculaba la función de Patterson, acumulaba certezas. Esa prudencia, que era una virtud científica de primer orden, iba a costarle la gloria: la historia, injusta por oficio, suele premiar al que dispara primero, no al que apunta mejor.

Tenía, además, un humor seco y muy británico que se ha usado injustamente en su contra. En julio de 1952, convencida por sus propios datos de que la forma A no mostraba con claridad una estructura helicoidal, repartió entre sus colegas una esquela de luto, escrita de su puño y letra, anunciando un fallecimiento:

Lamentamos profundamente comunicar el fallecimiento, el viernes 18 de julio de 1952, de la hélice de A.D.N. (cristalina). La muerte sobrevino tras una larga enfermedad que ni un intenso tratamiento de inyecciones besselizadas logró aliviar. […] Se espera que el Dr. M. H. F. Wilkins pronuncie unas palabras en memoria de la difunta hélice.

Rosalind Franklin y Raymond Gosling, esquela satírica, 18 de julio de 1952

Durante décadas se esgrimió esa broma como prueba de que «enterró la hélice» y no supo ver lo que tenía delante. Es una lectura tramposa, y conviene desmontarla con el rigor que ella habría exigido. La esquela se refería solo a la forma A, la más enrevesada de interpretar; de la forma B -la de la Fotografía 51– Franklin no dudó jamás que fuese helicoidal. Lo que el chiste revela no es ceguera, sino lo contrario: la negativa de una científica seria a dar por probado lo que todavía no lo estaba. Pinchaba con sorna la prisa de Wilkins por afirmar de más.

De la calidad de aquel trabajo no quedó duda en quienes sabían mirar. Bernal, de nuevo, en el obituario que le dedicó la revista Nature:

Como científica, la señorita Franklin se distinguió por la extrema claridad y perfección de todo cuanto emprendió. Sus fotografías se cuentan entre las más bellas radiografías de cualquier sustancia jamás tomadas.

J. D. Bernal, Nature, 1958

El despojo

Mientras tanto, en el Laboratorio Cavendish de Cambridge, James Watson y Francis Crick trataban de construir un modelo físico del ADN, pero les faltaban los datos precisos para que las piezas encajaran. El vuelco llegó entre finales de 1952 y principios de 1953, y conviene contarlo sin medias tintas. Maurice Wilkins, frustrado por sus disputas con Rosalind, tomó la Fotografía 51 sin permiso ni conocimiento de ella y se la mostró a Watson. Este contaría después el instante con una franqueza que hiela: al ver la foto, «se me abrió la boca y el pulso se me aceleró». No es para menos. Estaba viendo el resultado de la paciencia ajena.

Poco después, Max Perutz, miembro de un comité del Medical Research Council, facilitó a Crick un informe interno donde Franklin detallaba con precisión matemática las mediciones y las simetrías de la molécula. Al leer aquellos números exactos, Crick comprendió algo decisivo que solo los datos de ella permitían afirmar: que las dos cadenas del ADN corrían en direcciones opuestas. Con eso, el modelo quedó completo.

En abril de 1953, Nature publicó tres artículos seguidos. El de Watson y Crick iba primero y pasaría a la historia; admitía, con una frase de cortesía, haberse «estimulado» con un conocimiento «general» del trabajo no publicado del King’s. General. Una palabra que ha hecho correr ríos de tinta. El de Franklin y Gosling –Molecular Configuration in Sodium Thymonucleate-, que contenía la evidencia experimental sobre la que se sostenía todo el edificio, iba el tercero, en el lugar del que parece aportar una mera ilustración a la teoría de otros.

Hay un detalle que esta efeméride no puede dejar pasar. Aquel mismo año, el 25 de julio de 1953 -el día en que cumplía treinta y tres—, Franklin publicó en Nature un segundo artículo, Evidence for 2-Chain Helix in Crystalline Structure of Sodium Deoxyribonucleate, demostrando matemáticamente que la doble hélice valía para todas las formas del ADN. Cerró ella misma, el día de su cumpleaños, la prueba de aquello que otros ya se estaban llevando.

El tono con que se hablaba de ella en aquel círculo lo dice todo de la época. En una carta a Crick, Wilkins se refería a Franklin con un desdén de club masculino:

Nuestra dama oscura se marcha la semana que viene.

Maurice Wilkins, carta a Francis Crick, 1953

La dama oscura. Como si fuera una intrusa a la que se tolera hasta que tiene la decencia de marcharse. Y Franklin se marchó, en efecto: al Birkbeck College, harta de un King’s que prohibía a las mujeres incluso comer en la sala común de los profesores. Cuando en 1962 Watson, Crick y Wilkins recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina, su nombre no figuró. Pesó la burocracia tanto como la tragedia: los estatutos de la Fundación Nobel prohíben los galardones póstumos y los limitan a tres personas vivas, y Rosalind había muerto en 1958. La pregunta de si la habrían incluido de seguir con vida es de las que no tienen respuesta y por eso mismo no dejan dormir.

Durante medio siglo, además, el relato popular la convirtió en víctima pura: la mujer a la que robaron, la que no entendió del todo lo que tenía entre manos. Conviene corregir también ese cuento, porque es otra forma de rebajarla. La revisión histórica más reciente -la de Matthew Cobb y Nathaniel Comfort en Nature, en 2023, a partir de documentos antes ignorados- sostiene algo más exacto y más justo: Franklin no custodiaba un tesoro sin comprenderlo, sino que trabajaba como una colaboradora en pie de igualdad cuya aportación fue después invisibilizada. No le robaron un dato que no entendía; le escamotearon el crédito de una obra que dominaba. Para quien valore la justicia, la diferencia no es menor.

De la doble hélice al banquillo

Y aquí entra en juego la razón por la que esta mujer ocupa un lugar de honor en una revista de ciencias forenses. Porque la línea que une la Fotografía 51 con la sala de un tribunal es recta y es corta.

Toda la genética forense -absolutamente toda- parte de saber que el ADN es una doble hélice de secuencia variable de un individuo a otro. Sin esa estructura no hay nada que comparar, nada que amplificar, nada que cotejar. En 1984, en la Universidad de Leicester, el genetista Alec Jeffreys descubrió por azar que ciertas regiones repetitivas del ADN variaban tanto entre personas que servían como una firma biológica: la huella genética. Aquel hallazgo -que se aplicó por primera vez en un caso criminal, el doble asesinato de Narborough, donde a la vez exculpó a un inocente que se había autoinculpado y atrapó al verdadero culpable- es el cimiento de la prueba de ADN tal como hoy la conocemos. Pero la huella genética de Jeffreys solo es posible porque alguien, treinta años antes, había fijado en una placa la forma exacta de la molécula sobre la que se trabaja.

Tírese del hilo y se verá hasta dónde llega la fotografía de Franklin. Llega a cada perfil genético que un laboratorio criminalístico sube hoy a una base de datos. Llega a los más de doscientos condenados a muerte y a las decenas de miles de presos exonerados gracias a las pruebas de ADN promovidas por organizaciones como el Innocence Project, hombres que habían perdido veinte y treinta años de su vida por un error judicial que solo la molécula pudo deshacer. Llega a los casos sin resolver que se reabren cuando una genealogía genética identifica, por fin, a un asesino en serie que llevaba décadas riéndose de la ley. Llega a la identificación de las víctimas de un atentado, de un accidente aéreo, de una fosa común. Cada vez que un perito sube al estrado y dice «la probabilidad de coincidencia al azar es de uno entre varios miles de millones», está hablando, sin saberlo, el idioma que Rosalind Franklin fue la primera en leer.

Conviene además un apunte de rigor, que es lo que distingue al divulgador honrado del entusiasta: la prueba de ADN no es magia ni es infalible. Su fuerza está en el laboratorio limpio y en la cadena de custodia intachable; su debilidad, en la contaminación, en la transferencia secundaria -ADN que llega a un objeto sin que su dueño lo tocara nunca- y en la sobreinterpretación de mezclas complejas o de cantidades ínfimas de material. La molécula no miente, pero los humanos que la manipulan e interpretan sí pueden equivocarse. Esa prudencia ante el dato, esa desconfianza del resultado fácil, es precisamente la lección moral que Franklin dejó sobre su mesa de trabajo. Quien la honra de verdad no es quien venera la prueba de ADN como un oráculo, sino quien la trata con el escrúpulo con que ella trataba cada exposición.

Los virus, los amigos y la mujer entera

El despojo no la hundió; la empujó hacia delante. En el Birkbeck College dirigió por fin su propio equipo y fundó una escuela de virología estructural. En 1955 publicó en Nature un artículo revolucionario, Structure of Tobacco Mosaic Virus, en el que demostró que aquel virus era un cilindro hueco con su material genético resguardado en el interior de la pared de proteínas: un hallazgo que cambió el rumbo del estudio de los virus y cuya estela conduciría, años más tarde, a que su colaborador Aaron Klug obtuviese su propio Nobel.

Y trabajó hasta el final, en el sentido literal de la expresión. Diagnosticada de cáncer de ovario en 1956 -un mal que algunos han atribuido a su prolongada exposición a los rayos X sin la protección debida-, siguió investigando entre operación y operación, viajando y publicando casi sin pausa. En sus últimos meses construyó con sus propias manos, con pelotas de ping-pong y puños de goma de manillar de bicicleta, una maqueta del virus del mosaico de más de metro y medio destinada a representar a Gran Bretaña en la Exposición Universal de Bruselas de 1958. Murió el 16 de abril de aquel año, a los treinta y siete, justo cuando su modelo se exhibía en Bruselas ante el mundo entero. Hay quien mide la talla de una persona por cómo se comporta cuando ya nadie podría reprocharle que aflojara. Por esa medida, pocas la igualan.

De su vida privada queda el retrato de una mujer entregada por completo a su oficio. No se casó ni tuvo hijos, y no hay registro de relaciones sentimentales; sí de amistades hondas, como las que la unieron a Jacques Mering o a Donald Caspar. No escribió libros: canalizó toda su inteligencia en unos cuarenta y cinco artículos de altísimo nivel. Y frente a la imagen de mujer hosca con que Watson la caricaturizó en sus memorias, quienes compartieron con ella el día a día en París y en Birkbeck la recuerdan entusiasta, brillante, de un humor fino y de una devoción inquebrantable por la verdad. Conviene quedarse con ese retrato, el de quienes la conocieron de cerca, y no con el de quien la trató de lejos y mal.

La reparación, siempre tardía

La justicia histórica, como la penal, llega con retraso y rara vez completa. Pero llega. El propio Watson, que la había retratado con una displicencia que aún sonroja, se vio obligado a rectificar en el epílogo de La doble hélice. Lo que escribió allí, viniendo de quien venía, equivale casi a una confesión:

Llegamos a apreciar enormemente su honestidad personal y su generosidad, comprendiendo años demasiado tarde las luchas que afronta una mujer inteligente para ser aceptada por un mundo científico que a menudo considera a las mujeres meras distracciones del pensamiento serio. El valor y la integridad ejemplares de Rosalind se hicieron evidentes para todos cuando, sabiéndose mortalmente enferma, no se quejó y siguió trabajando a un nivel altísimo hasta pocas semanas antes de su muerte.

James D. Watson, epílogo de The Double Helix, 1968

Francis Crick, con los años, fue igual de explícito sobre la deuda contraída. En 1999 reconocía en la BBC que el modelo no habría existido sin el trabajo del King’s:

No habríamos llegado siquiera a tener un modelo molecular de no haber sido por su trabajo.

Francis Crick, BBC, 1999

Y Aaron Klug, su colaborador en Birkbeck, que custodió su memoria con el celo de quien sabe lo que vio, ofreció el retrato quizá más certero de su carácter, uno que desarma por igual a quienes la quieren convertir en estandarte y a quienes la quieren reducir a anécdota:

Rosalind no era feminista en el sentido corriente, pero estaba decidida a que se la tratara en pie de igualdad, como a cualquier otro.

Sir Aaron Klug

Esa frase encierra el feminismo más limpio que existe: no el de la proclama, sino el del hecho. Franklin no pedía un trato especial por ser mujer; exigía el mismo trato que cualquiera por ser una científica de primer orden. Que tuviera que exigirlo -que se le negara la sala común, y el crédito, y el sitio en la fotografía- es la medida exacta de la injusticia de su tiempo. La biógrafa Anne Sayre, que la rescató del olvido en 1975, y Brenda Maddox, que la fijó para siempre en una biografía mayor titulada, con ironía amarga, La dama oscura del ADN, hicieron por ella lo que la justicia tarda en hacer: devolverle el nombre.

Hoy ese nombre está en todas partes, como suele ocurrir con quienes en vida tuvieron que pelear por un asiento. Una universidad de medicina y ciencia lo lleva en Chicago; la Sociedad Real británica concede una medalla Rosalind Franklin a la excelencia científica; y el róver que la Agencia Espacial Europea enviará a buscar vida en Marte se llama, precisamente, Rosalind Franklin. La mujer que buscó la vida en una placa de rayos X irá a buscarla bajo el suelo de otro planeta. No está mal, para una dama oscura, acabar dando nombre a la luz que se manda al espacio.

Coda: la mirada y la prueba

Queda, al cabo, una imagen para cerrar, porque las efemérides sirven justamente para eso, para fijar una imagen. Una mujer joven, sola en un sótano del King’s, inclinada sobre una cámara de rayos X, ajustando la humedad de una fibra invisible, esperando cien horas a que la naturaleza confiese. No sabe -no puede saberlo- que en esa placa que revela está el cimiento de medio derecho probatorio del siglo que viene: la condena justa, la absolución merecida, el nombre devuelto al cadáver anónimo, el inocente sacado de la celda. Lo hizo bien, lo hizo limpio, lo hizo con la honradez del que mide dos veces antes de afirmar una. Le robaron la foto del triunfo; no le pudieron robar el triunfo.

El 25 de julio se cumple un año más de su nacimiento. Es buena fecha para recordar que, cada vez que un tribunal pronuncia un veredicto sostenido en una prueba de ADN, hay una deuda silenciosa con la mano que primero supo mirar la molécula a los ojos. La justicia, que tan mal la trató en vida, le debe más de lo que jamás le pagará. Lo justo es, al menos, decirlo en voz alta.

Referencias

Bernal, J. D. (1958). Dr. Rosalind E. Franklin. Nature, 182(4629), 154. https://doi.org/10.1038/182154a0

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Franklin, R. E. (1948). A note on the true density, chemical composition and structure of coals and carbonized coals. Fuel, 27, 46-49.

Franklin, R. E. (1951). The structure of graphitic carbons. Acta Crystallographica, 4(3), 253-261. https://doi.org/10.1107/S0365110X51000842

Franklin, R. E. (1955). Structure of tobacco mosaic virus. Nature, 175(4452), 379-381. https://doi.org/10.1038/175379a0

Franklin, R. E., & Gosling, R. G. (1953a). Evidence for 2-chain helix in crystalline structure of sodium deoxyribonucleate. Nature, 172(4369), 156-157. https://doi.org/10.1038/172156a0

Franklin, R. E., & Gosling, R. G. (1953b). Molecular configuration in sodium thymonucleate. Nature, 171(4356), 740-741. https://doi.org/10.1038/171740a0

Glynn, J. (2012). My sister Rosalind Franklin. Oxford University Press.

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Klug, A. (1968). Rosalind Franklin and the discovery of the structure of DNA. Nature, 219(5156), 808-810, 843-844. https://doi.org/10.1038/219808a0

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Watson, J. D., & Crick, F. H. C. (1953). Molecular structure of nucleic acids: A structure for deoxyribose nucleic acid. Nature, 171(4356), 737-738. https://doi.org/10.1038/171737a0

Por Mercedes Álvarez Segui y Manuela González

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