Idioma / Language: Español · English
La ópera prima de Julia Ducournau (2016), vista desde la psicopatología, la criminología y las ciencias forenses: qué sabemos de las novatadas y de su castigo, por qué el canibalismo no es un diagnóstico y cómo la prueba de las marcas de mordedura se cayó del laboratorio.
Autora: Manuela González
Una vegetariana en una facultad de veterinaria
Justine tiene dieciséis años, un expediente impecable y una familia en la que todos son veterinarios y vegetarianos. Entra en la misma facultad en la que ya estudia su hermana mayor y se encuentra con un mundo cerrado, jerárquico y bastante más sucio de lo que imaginaba. Durante la semana de novatadas, empeñada en que la acepten, obedece la orden de tragar un riñón crudo de conejo. A partir de ahí, la joven empieza a descubrir en sí misma algo que su educación jamás contempló. Ese es el punto de partida de Crudo (Grave, Julia Ducournau, 2016), una película francesa y belga que se ganó fama de insoportable y que merece verse por razones bastante más serias.
Conviene aclarar desde el principio que aquí no se destripa nada, entre otras cosas porque el interés de la cinta está en el recorrido mucho más que en el desenlace. La película se ha vendido como terror corporal, y como tal funciona. Su valor para quien viene de la criminología, del derecho o de las ciencias forenses está en otro sitio, porque cada tramo de la historia abre un expediente distinto, el de los rituales de iniciación y su castigo, el de los apetitos que el sujeto vive como ajenos a su voluntad y el de una prueba pericial que durante décadas mandó gente a la cárcel sin tener detrás una ciencia sólida.
Una ópera prima que se estrenó con ambulancia en la puerta
Julia Ducournau firmó con Crudo su primer largometraje y lo presentó en la Semana de la Crítica del Festival de Cannes en mayo de 2016, donde se llevó el premio FIPRESCI de la crítica internacional. Después vinieron el premio a la mejor película en el Festival de Sitges, el Sutherland de Londres a la mejor ópera prima y el Méliès d’Or europeo. Rodada en la Universidad de Lieja, con fotografía de Ruben Impens y música de Jim Williams, la película dura noventa y nueve minutos y descansa sobre Garance Marillier (Justine), Ella Rumpf (Alexia) y Rabah Naït Oufella (Adrien).

La leyenda negra le llegó en septiembre de ese mismo año. En una proyección del Festival de Toronto varios espectadores necesitaron asistencia sanitaria y hubo que llamar a una ambulancia; la directora, preguntada por ello en el coloquio posterior, declaró estar sorprendida. El episodio corrió por la prensa y la película quedó etiquetada como la cinta que hacía desmayarse al público. Vista con calma, la etiqueta le hace flaco favor: hay sangre y hay disecciones de animales, cosa esperable en una escuela de veterinaria, pero el malestar viene sobre todo de la sugestión y del sonido, y las escenas explícitas se cuentan con los dedos de una mano.
El tiempo ha colocado a Ducournau en otro lugar. Cinco años después ganó la Palma de Oro con Titane, y su primera película se lee ahora como el ensayo general de una obra que insiste en el cuerpo como lugar donde se libran los conflictos de identidad. Para el espectador de hoy, Crudo funciona como una fábula de iniciación con forma de relato de terror y con un fondo bastante más incómodo que sus vísceras.
La semana de novatadas, vista desde la psicología social
Lo más verosímil de la película es lo que menos se comenta. La facultad recibe a los nuevos con un ritual sostenido durante días: se les hace arrastrarse por el suelo, se les riega con sangre animal, se les obliga a beber, se les prohíbe dormir en su habitación y se les impone la ingestión de una víscera cruda. Los veteranos organizan, filman y celebran. Nadie de la institución aparece por allí. Cualquiera que haya estudiado el fenómeno reconocerá el guión.

El estudio de referencia sigue siendo el de Elizabeth Allan y Mary Madden, que en 2008 encuestaron a cerca de 11.500 estudiantes de 53 universidades estadounidenses. Más de la mitad de quienes participaban en clubes, equipos u organizaciones habían pasado por conductas que encajan en la definición de novatada, con cifras que rozaban las tres cuartas partes en los equipos deportivos y en las fraternidades. El dato más revelador es otro: solo uno de cada diez identificaba lo vivido como una novatada. La práctica se normaliza desde dentro, y ese es justamente el mecanismo que la película retrata con más finura.
La psicología social lleva décadas explicando por qué funciona. En 1959, Elliot Aronson y Judson Mills demostraron en un experimento clásico que quienes pasaban por una iniciación severa para entrar en un grupo valoraban después ese grupo más que quienes entraban sin coste alguno. La explicación, derivada de la teoría de la disonancia cognitiva de Festinger, es que resulta insoportable haber pagado un precio alto por algo que no vale nada, y la mente ajusta el valor del premio al precio pagado. Justine encaja en ese molde con precisión: cuanto más humillante es la prueba, más necesita creer que merece la pena pertenecer.

A eso se suman ingredientes conocidos. Las batas manchadas y las máscaras uniforman a los novatos y los diluyen en la masa, un efecto que la literatura clásica atribuyó a la desindividuación, aunque conviene ser honestos con la evidencia: el metaanálisis de Tom Postmes y Russell Spears encontró poco apoyo para la idea de que el anonimato libera sin más la conducta antinormativa, y bastante más para la hipótesis de que el grupo impone sus propias normas locales. Dicho de otro modo, quienes participan conservan intacto el juicio y se acogen a una norma distinta, la de la facultad, que aquella semana manda por encima de la ley. La difusión de responsabilidad descrita por Darley y Latané completa el cuadro y explica lo demás, que es lo más grave: nadie para aquello.
Lo que dicen las leyes cuando la novatada se va de las manos
Aquí es donde la película, que transcurre en Francia, resulta especialmente instructiva. El ordenamiento francés castiga el bizutage como delito autónomo desde la Ley 98-468, de 17 de junio de 1998, que introdujo el artículo 225-16-1 del Código Penal. La conducta consiste en llevar a otra persona, con o sin su consentimiento, a sufrir o a cometer actos humillantes o degradantes, o a consumir alcohol de forma excesiva, en el marco de actividades educativas, deportivas o socioeducativas; la pena es de seis meses de prisión y 7.500 euros de multa, que suben a un año y 15.000 euros cuando la víctima es especialmente vulnerable por su edad, enfermedad o discapacidad. El detalle jurídicamente interesante está en esa cláusula sobre el consentimiento, porque desactiva de raíz el argumento que se oye siempre, aquello de que los novatos participan voluntariamente.
En España no existe un tipo penal específico. Lo que hay, desde 2022, es un reproche disciplinario expreso: la Ley 3/2022, de 24 de febrero, de convivencia universitaria, incluye en su artículo 11 la realización de novatadas y de cualquier otra conducta o actuación vejatoria, física o psicológica, que suponga un menoscabo grave de la dignidad, entre las faltas muy graves del régimen disciplinario de las universidades. La respuesta penal llega por las figuras generales: el artículo 173.1 del Código Penal castiga con seis meses a dos años de prisión el trato degradante que menoscabe gravemente la integridad moral, y según lo ocurrido pueden concurrir lesiones, coacciones, detención ilegal si se retiene a alguien contra su voluntad, delitos contra la intimidad cuando se graba y difunde la escena, o un homicidio imprudente si el desenlace es el peor.
Para el perito y para el forense, el problema práctico de estos asuntos suele estar en probar el daño cuando no hay lesión que fotografiar. La integridad moral se acredita reconstruyendo el contexto, la asimetría de poder, la duración del sometimiento y el efecto psicológico posterior, un trabajo pericial que se parece bastante al que exigen los casos de acoso. La película, sin proponérselo, ofrece un manual de indicadores: aislamiento del entorno familiar, imposibilidad de negarse sin quedar fuera del grupo, escalada progresiva de las pruebas y participación forzada de la víctima en actos que después la avergüenzan.
Un apetito que ningún manual sabe dónde clasificar
Pasada la novatada, la película se adentra en su territorio propio. Justine desarrolla un ansia que la desborda, la esconde, se avergüenza de ella y trata de resistirla con los medios que tiene. Quien busque el nombre clínico de eso en los manuales no lo va a encontrar. Ni el DSM-5-TR ni la CIE-11 recogen el canibalismo como diagnóstico; la pica, que sí figura, describe la ingestión persistente de sustancias sin valor nutritivo y no cubre este cuadro; y el llamado síndrome de Renfield, propuesto en los años noventa para agrupar los casos de vampirismo clínico, nunca llegó a entrar en la nosología y se cita hoy más como curiosidad histórica que como categoría útil.
Lo que sí existe es literatura forense sobre casos reales, y dibuja un panorama muy distinto al de la ficción. Sophie Raymond, Anne-Sophie Léger e Ivan Gasman revisaron en 2019 cinco pacientes ingresados en la unidad de seguridad Henri Colin de Villejuif y encontraron dos subgrupos: personas con esquizofrenia grave, en las que el acto se inscribe en un delirio, y personas con un trastorno mixto de la personalidad con rasgos sádicos y psicopáticos asociado a una parafilia. Victor Petreca y sus colaboradores, en un trabajo publicado en Aggression and Violent Behavior en 2021, compararon los patrones del canibalismo criminal con los de quienes desmembran o mutilan sin consumir, y describieron estilos distintos según la finalidad del acto, desde el que busca ocultar el cadáver hasta el que expresa una rabia desorganizada.
Justine no encaja en ninguno de esos perfiles, y esa distancia es la clave para verla con provecho. La película elige retratar un impulso egodistónico, uno que el sujeto padece y rechaza, con una fenomenología mucho más cercana a la del deseo compulsivo que describieron Terry Robinson y Kent Berridge en su teoría de la sensibilización por incentivo, donde el querer se despega del gustar y acaba imponiéndose aunque el placer haya desaparecido. Hay incluso un detalle clínico bien observado que suele pasar inadvertido: Justine se rasca hasta hacerse sangre y se muerde las uñas y los labios. Esas conductas repetitivas centradas en el cuerpo, el trastorno de excoriación y la onicofagia, sí están descritas en el DSM-5-TR y aparecen con frecuencia asociadas a la ansiedad.
El delito que casi ningún código nombra
Una curiosidad jurídica que sorprende a quien la descubre: el canibalismo, por sí solo, apenas está tipificado en los ordenamientos europeos. Lo que se castiga es todo lo que suele acompañarlo, el homicidio o el asesinato, las lesiones, el delito contra la integridad moral y la profanación de cadáveres, que en España recoge el artículo 526 del Código Penal para quien falte al respeto debido a la memoria de los muertos.

El caso que puso a prueba ese vacío legal fue el de Armin Meiwes, en Rotenburgo. En 2001 publicó un anuncio en internet buscando a un hombre dispuesto a ser sacrificado y encontró respuesta en Bernd Brandes, que acudió por voluntad propia y participó en su propia muerte. Un tribunal alemán lo condenó en 2004 por homicidio a ocho años y seis meses, con el peso del consentimiento de la víctima en la balanza y sin ninguna figura penal que nombrara lo ocurrido después. La fiscalía recurrió, se celebró un segundo juicio y en 2006 fue condenado por asesinato a cadena perpetua, condena que resistió los recursos posteriores.
El caso ilustra un principio que también rige en el derecho español: la vida no está a disposición de terceros. El artículo 143 del Código Penal castiga a quien coopera en la muerte de otro o la causa a petición expresa, seria e inequívoca del interesado, con penas atenuadas respecto del homicidio pero penas al fin. Traducido a la película, ninguno de los pactos, silencios o complicidades familiares que la trama sugiere tendría el menor valor ante un juzgado.
La marca del diente, una prueba que se cayó del laboratorio
En Crudo los mordiscos funcionan como firma: quien los ve sabe quién ha estado ahí. Ese razonamiento, llevado a los tribunales, ha causado un daño considerable. Durante décadas, la comparación de marcas de mordedura en la piel de la víctima con la dentadura de un sospechoso se admitió como prueba de cargo en juicios por asesinato, y hoy es el ejemplo de manual de lo que ocurre cuando una técnica pericial se generaliza sin haber sido validada.
El informe del National Research Council estadounidense de 2009, Strengthening Forensic Science in the United States, ya fue severo: no había estudios que respaldaran la identificación positiva a partir de una marca de mordedura, y peritos igual de cualificados llegaban a conclusiones opuestas ante el mismo indicio. En 2016, el Consejo de Asesores del Presidente en Ciencia y Tecnología examinó seis métodos de comparación forense y concluyó que el análisis de marcas de mordedura carecía de validez fundamental, sin encontrar investigación empírica que la sostuviera. Ese mismo año, la Comisión de Ciencia Forense de Texas recomendó una moratoria sobre su uso, la primera de un estado norteamericano.
Detrás de esa discusión técnica hay personas concretas. Ray Krone fue condenado en Arizona en 1992, con el testimonio de un odontólogo que vinculaba su dentadura a las marcas del cadáver, y pasó más de diez años en prisión, parte de ellos en el corredor de la muerte, hasta que en 2002 el ADN identificó a otro hombre. Keith Allen Harward estuvo treinta y tres años preso en Virginia por unas mordeduras que dos peritos diplomados le atribuyeron sin dudar; el ADN lo excluyó en 2016. El Innocence Project mantiene un registro de estas exoneraciones que conviene tener a mano cada vez que alguien invoca la infalibilidad de una pericia.
El matiz honesto es importante, porque la odontología forense sigue siendo una disciplina seria en aquello para lo que sirve. La comparación de la dentadura de un cadáver con sus registros dentales antemortem es un método de identificación acreditado y resulta decisivo en catástrofes con múltiples víctimas o en restos muy alterados. Y de una mordedura reciente se puede recuperar ADN salival, que sí tiene validez probatoria. Lo que falla es pretender individualizar a una persona por el dibujo que un diente deja sobre la piel, un tejido elástico que se deforma, se inflama y cambia con las horas.
Carne cruda, priones y marcas de corte
Hay otra conversación que la película invita a tener, la del canibalismo como objeto de estudio científico. El caso mejor documentado es el del kuru, la enfermedad priónica que diezmó al pueblo fore de Papúa Nueva Guinea a mediados del siglo XX y que se transmitía en los ritos funerarios en los que se consumía el cuerpo de los difuntos. El trabajo que identificó ese mecanismo le valió a Carleton Gajdusek el Nobel de Medicina en 1976. La historia tuvo además un desenlace fascinante: en 2015, el equipo de Emmanuel Asante y John Collinge describió en Nature la variante G127V del gen que codifica la proteína priónica, seleccionada durante la epidemia y capaz de conferir resistencia completa a la enfermedad en ratones transgénicos. La epidemia dejó su huella en el genoma de los supervivientes.
La antropología forense aporta la otra pieza, la de cómo se demuestra que hubo canibalismo cuando solo quedan huesos. El procedimiento se apoya en la tafonomía: marcas de corte compatibles con el descarnado y la desarticulación, fracturas de percusión para acceder al tuétano, mordeduras humanas y, sobre todo, un tratamiento del cuerpo idéntico al que recibieron los animales cazados, con los restos descartados en el mismo suelo de ocupación. Con ese método se documentó el caso más antiguo conocido, el nivel TD6 de la Gran Dolina de Atapuerca, donde Homo antecessor consumió a miembros de su propia especie hace más de 800.000 años, en episodios repetidos y con predominio de víctimas infantiles y juveniles. En la misma sierra, la cueva de El Mirador ofrece un episodio muy posterior, ya de la Edad del Bronce.
Ese instrumental no se quedó en la prehistoria. La distinción entre una marca de herramienta, una mordedura de carnívoro y una fractura postdeposicional es trabajo cotidiano en los laboratorios de antropología forense cuando llega un cadáver esqueletizado, y de esa lectura depende a menudo que un caso se abra como homicidio o se cierre como muerte natural. Añadamos, por si alguien sale de la película con curiosidad gastronómica, que ingerir carne cruda tiene riesgos sanitarios perfectamente documentados y ajenos a toda ficción, desde la toxoplasmosis hasta la triquinosis.
La familia, la herencia y el espejismo del gen del mal
Crudo sugiere que lo que le ocurre a Justine viene de casa, y coquetea con la idea de una transmisión familiar inevitable. Es la tentación determinista de siempre, y la investigación seria dice algo bastante más matizado. El trabajo de referencia sigue siendo el de Avshalom Caspi y sus colaboradores, publicado en Science en 2002, que siguió a una cohorte de varones desde el nacimiento hasta la edad adulta y mostró que un polimorfismo funcional del gen de la monoaminooxidasa A modulaba el efecto del maltrato infantil: los niños maltratados con un genotipo de alta actividad enzimática desarrollaban menos conducta antisocial que los demás. El resultado se cita como el ejemplo canónico de interacción entre genes y ambiente, y su lectura correcta exige los dos factores, porque sin maltrato el efecto del genotipo se desvanece.
La deriva llegó después, cuando el hallazgo saltó a los tribunales bautizado por la prensa como el gen guerrero. En 2009, un tribunal de apelación italiano rebajó en un año la pena de Abdelmalek Bayout atendiendo a pruebas de neuroimagen y a un análisis genético que incluía esa variante, en la primera resolución europea conocida que tomaba en cuenta la genética conductual para graduar una condena. Varios investigadores consultados entonces cuestionaron el fundamento científico de la decisión, y con razón: estos efectos son pequeños, probabilísticos y poblacionales, de manera que no permiten afirmar nada sobre lo que un individuo concreto pudo o no pudo evitar la noche de autos.
¿Qué haría un tribunal con Justine?
La pregunta es inevitable para quien ve la película con ojos de jurista. El artículo 20.1 del Código Penal español exime de responsabilidad a quien, al tiempo de cometer la infracción, a causa de cualquier anomalía o alteración psíquica, no pueda comprender la ilicitud del hecho o actuar conforme a esa comprensión. La fórmula tiene dos brazos, uno cognitivo y otro volitivo, y basta con que falle uno; cuando la capacidad está mermada sin desaparecer, entra en juego la eximente incompleta del artículo 21.1, con la rebaja de pena que corresponda.
La discusión viene de antiguo. Las reglas M’Naghten, formuladas en Inglaterra en 1843, se apoyaban solo en el conocimiento de la naturaleza y la ilicitud del acto. La doctrina del impulso irresistible, desarrollada después en los tribunales estadounidenses, incorporó la voluntad al examen, y el Código Penal Modelo del American Law Institute la recogió con la fórmula de la capacidad sustancial. El péndulo volvió atrás tras el intento de asesinato del presidente Reagan por John Hinckley: la Insanity Defense Reform Act de 1984 suprimió el brazo volitivo en el sistema federal estadounidense y dejó el examen limitado a lo cognitivo. La psiquiatría forense, mientras tanto, sigue manejando una distinción clásica que resume el problema entero, la que separa el impulso irresistible del impulso simplemente no resistido.
Aplicado al personaje, el resultado sería poco favorable. Justine oculta lo que hace, lo planifica cuando le conviene, siente vergüenza y busca coartadas, y todo eso apunta a que comprende perfectamente la ilicitud de sus actos. La defensa tendría que jugarse el caso en el brazo volitivo, terreno en el que la doctrina y la jurisprudencia son exigentes, precisamente porque cualquier delincuente puede alegar que no pudo contenerse. La película, que se pregunta si somos responsables de nuestra naturaleza, plantea sin saberlo la pregunta central de la imputabilidad.
Lo que acierta y donde carga las tintas
Puestos a hacer balance, Crudo es más fiable en lo social que en lo clínico. Retrata con exactitud incómoda la mecánica de las novatadas, el modo en que la víctima colabora en su propia humillación para pertenecer, el silencio institucional que las permite y la escalada que las hace peligrosas. Retrata también, con mucho oficio, la vergüenza y el secreto de quien descubre en sí mismo algo que no quiere, y la ambivalencia de un vínculo entre hermanas que oscila entre la protección y la depredación.
Donde carga las tintas es en la causa y en el ritmo. La idea de un apetito que se enciende de golpe tras una única ingesta funciona como metáfora del despertar adolescente y como motor dramático, y no se parece a nada de lo que describe la literatura forense, donde los casos reales se asientan sobre psicosis graves o sobre cuadros de personalidad con parafilia y con años de desarrollo detrás. La insinuación de una herencia familiar ineludible pertenece al mismo terreno de la fábula. Vista con ese filtro, la película es un excelente disparador de preguntas y una pésima fuente de respuestas.
Por qué merece la pena verla
La recomendación se sostiene por lo que la película obliga a pensar. Para quien estudia criminología, derecho o ciencias forenses, Crudo tiene la rara virtud de abrir un expediente distinto en cada tramo: el régimen jurídico de las novatadas y su prueba, los límites de la nosología cuando aparece una conducta que ningún manual clasifica, el vacío legal alrededor de la antropofagia, la historia de una pericia desacreditada y el trabajo tafonómico que permite leer un hueso. Pocas ficciones de noventa y nueve minutos dan para tanto seminario.
Conviene avisar de que exige estómago, aunque menos del que sugiere su fama. Y conviene verla sin buscar en ella un diagnóstico, porque Justine es un personaje antes que un caso clínico. Su interés está justamente en la distancia que separa la nitidez de la fábula de la penumbra en la que trabajan la clínica y los tribunales, donde nadie descubre su verdadera naturaleza en una semana y donde la pregunta por lo que somos capaces de hacer se responde despacio, con datos y con matices.
Crudo está disponible en varias plataformas de vídeo bajo demanda en España; conviene comprobar la versión, porque circula tanto doblada como en versión original subtitulada.
A psychopathology film pick: «Raw» and the appetite no manual can classify
Julia Ducournau’s 2016 debut, seen through psychopathology, criminology and forensic science: what we know about hazing and how the law punishes it, why cannibalism is not a diagnosis, and how bite-mark evidence fell out of the laboratory.
Author: Manuela González
A vegetarian in a veterinary school
Justine is sixteen, has a spotless academic record and comes from a family in which everyone is a vet and a vegetarian. She enrols at the same school her older sister attends and walks into a closed, hierarchical world, considerably dirtier than she imagined. During hazing week, desperate to be accepted, she obeys the order to swallow a raw rabbit kidney. From then on, she begins to discover something in herself that her upbringing never contemplated. That is the starting point of Raw (Grave, Julia Ducournau, 2016), a French-Belgian film with a reputation for being unwatchable that deserves attention for far more serious reasons.
It is worth saying up front that nothing here is spoiled: the film’s interest lies in the journey rather than the ending. It was sold as body horror, and as such it works. Its value for anyone coming from criminology, law or forensic science lies elsewhere, because each stretch of the story opens a different file: initiation rituals and how the law punishes them, appetites the subject experiences as alien to their own will, and an expert technique that sent people to prison for decades without solid science behind it.
A debut that premiered with an ambulance at the door
Raw was Julia Ducournau’s first feature and premiered in Critics’ Week at the Cannes Film Festival in May 2016, where it won the FIPRESCI prize awarded by international critics. Then came best film at the Sitges Festival, the Sutherland Award in London for best first feature and the European Méliès d’Or. Shot at the University of Liège, with cinematography by Ruben Impens and music by Jim Williams, the film runs ninety-nine minutes and rests on Garance Marillier (Justine), Ella Rumpf (Alexia) and Rabah Naït Oufella (Adrien).

Its dark legend arrived that September. At a screening during the Toronto Film Festival several viewers required medical assistance and an ambulance had to be called; asked about it in the following Q&A, the director said she was shocked. The episode ran through the press and the film was labelled as the one that made audiences faint. Watched calmly, the label does it a disservice: there is blood and there are animal dissections, hardly surprising in a veterinary school, yet the discomfort comes mainly from suggestion and sound, and the explicit scenes can be counted on one hand.
Time has placed Ducournau elsewhere. Five years later she won the Palme d’Or with Titane, and her first film now reads as the dress rehearsal for a body of work that insists on the body as the ground where identity conflicts are fought. For today’s viewer, Raw works as an initiation fable in the shape of a horror story, with a background far more uncomfortable than its viscera.
Hazing week, seen through social psychology
The most believable thing in the film is the least commented on. The school welcomes newcomers with a ritual sustained over days: they are made to crawl along the floor, doused in animal blood, forced to drink, barred from sleeping in their own rooms and ordered to swallow a raw organ. The senior students organise, film and celebrate. Nobody from the institution shows up. Anyone who has studied the phenomenon will recognise the script.

The reference study remains the one by Elizabeth Allan and Mary Madden, who in 2008 surveyed nearly 11,500 students at 53 American universities. More than half of those taking part in clubs, teams or organisations had gone through behaviour that fits the definition of hazing, with figures approaching three quarters in athletic teams and fraternities. The most telling finding is another one: only one in ten identified what they had experienced as hazing. The practice is normalised from within, and that is precisely the mechanism the film portrays most finely.
Social psychology has been explaining why it works for decades. In 1959, Elliot Aronson and Judson Mills showed in a classic experiment that people who underwent a severe initiation to join a group afterwards valued that group more highly than those who joined at no cost. The explanation, drawn from Festinger’s theory of cognitive dissonance, is that it is unbearable to have paid a high price for something worthless, so the mind adjusts the value of the prize to the price paid. Justine fits that mould precisely: the more humiliating the trial, the more she needs to believe that belonging is worth it.

Familiar ingredients are added to that. The stained coats and the masks make the first-years interchangeable and dissolve them into the crowd, an effect the classic literature attributed to deindividuation, though it pays to be honest with the evidence: the meta-analysis by Tom Postmes and Russell Spears found little support for the idea that anonymity simply releases antinormative behaviour, and considerably more for the hypothesis that the group imposes its own local norms. Put differently, those taking part keep their judgement fully intact and adopt a different norm, the school’s, which that week outranks the law. The diffusion of responsibility described by Darley and Latané completes the picture and explains the rest, which is the worst part: nobody stops it.
What the law says when hazing goes too far
This is where the film, set in France, becomes especially instructive. French law has punished bizutage as an autonomous offence since Law 98-468 of 17 June 1998, which introduced article 225-16-1 of the Penal Code. The conduct consists of leading another person, with or without their consent, to undergo or commit humiliating or degrading acts, or to consume alcohol to excess, in the context of educational, sporting or socio-educational activities; the penalty is six months’ imprisonment and a 7,500-euro fine, rising to one year and 15,000 euros when the victim is particularly vulnerable through age, illness or disability. The legally interesting detail lies in that clause on consent, because it disarms at the root the argument one always hears, that the newcomers take part voluntarily.
Spain has no specific offence. What it does have, since 2022, is an express disciplinary reproach: Law 3/2022 of 24 February on university coexistence lists in its article 11 the carrying out of hazing and of any other degrading conduct, physical or psychological, that seriously damages personal dignity, among the very serious breaches in the disciplinary regime of universities. The criminal response comes through the general provisions: article 173.1 of the Penal Code punishes with six months to two years in prison degrading treatment that seriously undermines moral integrity, and depending on what happened there may also be assault, coercion, unlawful detention if someone is held against their will, offences against privacy where the scene is filmed and shared, or reckless homicide if the outcome is the worst one.
For the expert witness and the forensic practitioner, the practical difficulty in these matters usually lies in proving harm when there is no injury to photograph. Moral integrity is established by reconstructing the context, the power asymmetry, how long the submission lasted and its later psychological effect, expert work that closely resembles what harassment cases demand. The film, without meaning to, offers a checklist of indicators: isolation from the family environment, the impossibility of refusing without being left out of the group, a gradual escalation of the trials, and the victim’s forced participation in acts that later shame her.
An appetite no manual can classify
Once hazing week is over, the film moves into its own territory. Justine develops a craving that overwhelms her, hides it, feels ashamed of it and tries to resist it with the means at hand. Anyone looking for the clinical name of that in the manuals will not find it. Neither DSM-5-TR nor ICD-11 lists cannibalism as a diagnosis; pica, which they do list, describes the persistent ingestion of non-nutritive substances and does not cover this picture; and the so-called Renfield syndrome, proposed in the 1990s to group cases of clinical vampirism, never entered the nosology and is cited today more as a historical curiosity than as a useful category.
What does exist is forensic literature on real cases, and it paints a very different picture from the fiction. Sophie Raymond, Anne-Sophie Léger and Ivan Gasman reviewed five patients admitted to the Henri Colin secure unit in Villejuif in 2019 and found two subgroups: people with severe schizophrenia, in whom the act belongs to a delusion, and people with a mixed personality disorder with sadistic and psychopathic traits associated with paraphilia. Victor Petreca and colleagues, in a paper published in Aggression and Violent Behavior in 2021, compared the patterns of criminal cannibalism with those of offenders who dismember or mutilate without consuming, and described distinct styles according to the purpose of the act, from the one meant to conceal the body to the one expressing disorganised rage.
Justine fits none of those profiles, and that distance is the key to watching the film profitably. It chooses to portray an ego-dystonic urge, one the subject suffers and rejects, with a phenomenology far closer to the compulsive wanting described by Terry Robinson and Kent Berridge in their incentive-sensitisation theory, where wanting comes apart from liking and prevails even after the pleasure is gone. There is even a well-observed clinical detail that usually goes unnoticed: Justine scratches herself until she bleeds and bites her nails and lips. Those body-focused repetitive behaviours, excoriation disorder and nail biting, are described in DSM-5-TR and often appear alongside anxiety.
The offence almost no criminal code names
A legal curiosity that surprises those who come across it: cannibalism on its own is barely codified in European legal systems. What gets punished is everything that tends to accompany it, homicide or murder, assault, offences against moral integrity and the desecration of corpses, covered in Spain by article 526 of the Penal Code for anyone failing in the respect owed to the memory of the dead.

The case that tested that legal gap was Armin Meiwes’s, in Rotenburg. In 2001 he posted an online advertisement seeking a man willing to be slaughtered and got an answer from Bernd Brandes, who came of his own accord and took part in his own death. A German court convicted him of manslaughter in 2004 and sentenced him to eight years and six months, with the victim’s consent weighing in the balance and no criminal provision naming what came afterwards. The prosecution appealed, a second trial was held, and in 2006 he was convicted of murder and sentenced to life imprisonment, a conviction that withstood the later appeals.
The case illustrates a principle that also governs Spanish law: life is not at the disposal of third parties. Article 143 of the Penal Code punishes anyone who cooperates in another’s death or causes it at the express, serious and unequivocal request of the person concerned, with penalties reduced from those for homicide yet penalties nonetheless. Translated to the film, none of the pacts, silences or family complicities the plot suggests would carry the slightest weight before a court.
The mark of the tooth, evidence that fell out of the laboratory
In Raw, bites work as a signature: whoever sees them knows who has been there. That reasoning, taken into the courtroom, has done considerable damage. For decades, comparing bite marks on a victim’s skin with a suspect’s dentition was admitted as evidence in murder trials, and today it is the textbook example of what happens when an expert technique spreads without ever having been validated.
The 2009 report by the American National Research Council, Strengthening Forensic Science in the United States, was already severe: no studies supported positive identification from a bite mark, and equally qualified experts reached opposite conclusions on the same trace. In 2016, the President’s Council of Advisors on Science and Technology examined six forensic comparison methods and concluded that bite-mark analysis lacked foundational validity, finding no empirical research to sustain it. That same year, the Texas Forensic Science Commission recommended a moratorium on its use, the first by an American state.
Behind that technical discussion there are real people. Ray Krone was convicted in Arizona in 1992 on the testimony of an odontologist linking his teeth to marks on the body, and spent more than ten years in prison, some of them on death row, until DNA identified another man in 2002. Keith Allen Harward spent thirty-three years in prison in Virginia over bite marks two board-certified experts attributed to him without hesitation; DNA excluded him in 2016. The Innocence Project keeps a record of these exonerations that is worth having to hand whenever someone invokes the infallibility of an expert opinion.
The honest nuance matters, because forensic odontology remains a serious discipline in what it is actually good for. Comparing a body’s dentition with antemortem dental records is an accredited identification method and proves decisive in mass-casualty events or with badly altered remains. And salivary DNA can be recovered from a recent bite, which does hold evidentiary value. What fails is the attempt to individualise a person from the pattern a tooth leaves on skin, an elastic tissue that distorts, swells and changes within hours.
Raw meat, prions and cut marks
There is another conversation the film invites, that of cannibalism as an object of scientific study. The best-documented case is kuru, the prion disease that decimated the Fore people of Papua New Guinea in the mid-twentieth century and was transmitted through funerary rites in which the bodies of the dead were consumed. The work identifying that mechanism earned Carleton Gajdusek the Nobel Prize in Medicine in 1976. The story also had a fascinating sequel: in 2015, the team of Emmanuel Asante and John Collinge described in Nature the G127V variant of the prion protein gene, selected during the epidemic and able to confer complete resistance to the disease in transgenic mice. The epidemic left its mark on the survivors’ genome.
Forensic anthropology supplies the other piece, how cannibalism is demonstrated when only bones remain. The procedure rests on taphonomy: cut marks consistent with defleshing and disarticulation, percussion fractures to reach the marrow, human bite marks and, above all, treatment of the body identical to that given to hunted animals, with the remains discarded on the same occupation floor. That method documented the oldest known case, level TD6 of Gran Dolina at Atapuerca, where Homo antecessor consumed members of its own species more than 800,000 years ago, in repeated episodes and with a predominance of infant and juvenile victims. In the same hills, El Mirador cave offers a far later episode, already from the Bronze Age.
That toolkit did not stay in prehistory. Telling a tool mark from a carnivore bite or a post-depositional fracture is everyday work in forensic anthropology laboratories when skeletonised remains arrive, and that reading often decides whether a case opens as a homicide or closes as a natural death. Let us add, in case anyone leaves the film with culinary curiosity, that eating raw meat carries thoroughly documented health risks with nothing fictional about them, from toxoplasmosis to trichinosis.
Family, heredity and the mirage of an evil gene
Raw suggests that what happens to Justine comes from home, and flirts with the idea of an inescapable family inheritance. It is the usual deterministic temptation, and serious research says something considerably more nuanced. The reference work remains that of Avshalom Caspi and colleagues, published in Science in 2002, which followed a male birth cohort into adulthood and showed that a functional polymorphism in the monoamine oxidase A gene moderated the effect of childhood maltreatment: maltreated children with a high-activity genotype developed less antisocial behaviour than the rest. The finding is cited as the canonical example of gene-environment interaction, and reading it correctly requires both factors, because without maltreatment the genotype effect fades away.
The drift came later, when the finding reached the courts under the press nickname of the warrior gene. In 2009, an Italian appeal court reduced Abdelmalek Bayout’s sentence by one year on the strength of neuroimaging and a genetic analysis including that variant, in the first known European ruling to take behavioural genetics into account in grading a sentence. Several researchers consulted at the time questioned the scientific basis of the decision, and rightly so: these effects are small, probabilistic and population-level, so they license no claim about what a particular individual could or could not have avoided on the night in question.
What would a court do with Justine?
The question is unavoidable for anyone watching the film with a lawyer’s eye. Article 20.1 of the Spanish Penal Code exempts from liability anyone who, at the time of the offence and because of any psychic anomaly or disturbance, cannot understand the unlawfulness of the act or act in accordance with that understanding. The formula has two prongs, one cognitive and one volitional, and failing either is enough; where capacity is diminished without disappearing, the partial defence of article 21.1 comes into play, with the corresponding reduction in sentence.
The discussion is an old one. The M’Naghten rules, formulated in England in 1843, rested solely on knowledge of the nature and wrongfulness of the act. The irresistible impulse doctrine, developed later in American courts, brought the will into the examination, and the American Law Institute’s Model Penal Code adopted it through the substantial capacity formula. The pendulum swung back after John Hinckley’s attempt on President Reagan’s life: the Insanity Defense Reform Act of 1984 removed the volitional prong from the American federal system and confined the test to the cognitive one. Forensic psychiatry, meanwhile, still works with a classic distinction that sums up the whole problem, the one separating an irresistible impulse from an impulse simply not resisted.
Applied to the character, the outcome would be unfavourable. Justine hides what she does, plans it when it suits her, feels ashamed and looks for alibis, all of which points to a full understanding of the unlawfulness of her acts. The defence would have to stake the case on the volitional prong, ground on which doctrine and case law are demanding, precisely because any offender can claim they could not hold back. The film, which asks whether we are responsible for our own nature, unwittingly poses the central question of criminal capacity.
What it gets right and where it overplays
On balance, Raw is more reliable on the social than on the clinical. It portrays with uncomfortable accuracy the mechanics of hazing, the way the victim collaborates in her own humiliation in order to belong, the institutional silence that allows it and the escalation that makes it dangerous. It also portrays, with real craft, the shame and secrecy of someone discovering something unwanted in themselves, and the ambivalence of a bond between sisters that swings between protection and predation.
Where it overplays is in cause and tempo. The idea of an appetite switched on all at once by a single mouthful works as a metaphor for adolescent awakening and as a dramatic engine, and it resembles nothing in the forensic literature, where real cases rest on severe psychosis or on personality disorders with paraphilia and years of development behind them. The hint of an inescapable family inheritance belongs to the same realm of fable. Watched through that filter, the film is an excellent trigger of questions and a poor source of answers.
Why it is worth watching
The recommendation stands on what the film forces one to think about. For anyone studying criminology, law or forensic science, Raw has the rare virtue of opening a different file at every turn: the legal regime of hazing and how it is proved, the limits of nosology when behaviour appears that no manual classifies, the legal vacuum around anthropophagy, the history of a discredited expert technique and the taphonomic work that allows a bone to be read. Few ninety-nine-minute fictions supply that many seminars.
A warning is fair: it demands a strong stomach, though less than its reputation suggests. And it is best watched without looking for a diagnosis, because Justine is a character rather than a clinical case. Her interest lies precisely in the distance between the sharpness of the fable and the dimness in which clinicians and courts work, where nobody discovers their true nature in a week and where the question of what we are capable of doing is answered slowly, with data and with nuance.
Raw is available on several video-on-demand platforms; it is worth checking the version, as it circulates both dubbed and in the original French with subtitles.
Bibliografía / References
Allan, E. J., & Madden, M. (2008). Hazing in view: College students at risk. Initial findings from the National Study of Student Hazing. University of Maine. https://stophazing.org/wp-content/uploads/2014/06/hazing_in_view_web1.pdf
American Psychiatric Association. (2022). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (5.ª ed., texto rev.; DSM-5-TR). https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787
Aronson, E., & Mills, J. (1959). The effect of severity of initiation on liking for a group. The Journal of Abnormal and Social Psychology, 59(2), 177–181. https://doi.org/10.1037/h0047195
Asante, E. A., Smidak, M., Grimshaw, A., Houghton, R., Tomlinson, A., Jeelani, A., Jakubcova, T., Hamdan, S., Richard-Londt, A., Linehan, J. M., Brandner, S., Alpers, M., Whitfield, J., Mead, S., Wadsworth, J. D. F., & Collinge, J. (2015). A naturally occurring variant of the human prion protein completely prevents prion disease. Nature, 522(7557), 478–481. https://doi.org/10.1038/nature14510
Cáceres, I., Lozano, M., & Saladié, P. (2007). Evidence for Bronze Age cannibalism in El Mirador Cave (Sierra de Atapuerca, Burgos, Spain). American Journal of Physical Anthropology, 133(3), 899–917. https://doi.org/10.1002/ajpa.20610
Carbonell, E., Cáceres, I., Lozano, M., Saladié, P., Rosell, J., Lorenzo, C., Vallverdú, J., Huguet, R., Canals, A., & Bermúdez de Castro, J. M. (2010). Cultural cannibalism as a paleoeconomic system in the European Lower Pleistocene: The case of level TD6 of Gran Dolina (Sierra de Atapuerca, Burgos, Spain). Current Anthropology, 51(4), 539–549. https://doi.org/10.1086/653807
Caspi, A., McClay, J., Moffitt, T. E., Mill, J., Martin, J., Craig, I. W., Taylor, A., & Poulton, R. (2002). Role of genotype in the cycle of violence in maltreated children. Science, 297(5582), 851–854. https://doi.org/10.1126/science.1072290
Darley, J. M., & Latané, B. (1968). Bystander intervention in emergencies: Diffusion of responsibility. Journal of Personality and Social Psychology, 8(4, Pt. 1), 377–383. https://doi.org/10.1037/h0025589
Ducournau, J. (Directora). (2016). Grave [Película]. Petit Film; Rouge International; Frakas Productions.
Fernández-Jalvo, Y., Díez, J. C., Cáceres, I., & Rosell, J. (1999). Human cannibalism in the Early Pleistocene of Europe (Gran Dolina, Sierra de Atapuerca, Burgos, Spain). Journal of Human Evolution, 37(3–4), 591–622. https://doi.org/10.1006/jhev.1999.0324
Innocence Project. (2023). Description of bite mark exonerations. https://innocenceproject.org/wp-content/uploads/2023/06/DESCRIPTION-OF-BITE-MARK-EXONERATIONS-Updated-1.4.2023-1.pdf
Ley 3/2022, de 24 de febrero, de convivencia universitaria. Boletín Oficial del Estado, 48, de 25 de febrero de 2022. https://www.boe.es/eli/es/l/2022/02/24/3
Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código Penal. Boletín Oficial del Estado, 281, de 24 de noviembre de 1995. https://www.boe.es/eli/es/lo/1995/11/23/10/con
Loi n.º 98-468 du 17 juin 1998 relative à la prévention et à la répression des infractions sexuelles ainsi qu’à la protection des mineurs [artículos 225-16-1 a 225-16-3 del Código Penal francés]. Journal Officiel de la République Française, 18 de junio de 1998. https://www.legifrance.gouv.fr/codes/section_lc/LEGITEXT000006070719/LEGISCTA000006165305/
National Research Council. (2009). Strengthening forensic science in the United States: A path forward. The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/12589
Petreca, V. G., Brucato, G., Burgess, A. W., & Dixon, E. (2021). Criminal cannibalism: An examination of patterns and styles. Aggression and Violent Behavior, 56, 101531. https://doi.org/10.1016/j.avb.2020.101531
Postmes, T., & Spears, R. (1998). Deindividuation and antinormative behavior: A meta-analysis. Psychological Bulletin, 123(3), 238–259. https://doi.org/10.1037/0033-2909.123.3.238
President’s Council of Advisors on Science and Technology. (2016). Forensic science in criminal courts: Ensuring scientific validity of feature-comparison methods. Executive Office of the President. https://obamawhitehouse.archives.gov/sites/default/files/microsites/ostp/PCAST/pcast_forensic_science_report_final.pdf
Raymond, S., Léger, A.-S., & Gasman, I. (2019). The psychopathological profile of cannibalism: A review of five cases. Journal of Forensic Sciences, 64(5), 1568–1573. https://doi.org/10.1111/1556-4029.14099
Robinson, T. E., & Berridge, K. C. (1993). The neural basis of drug craving: An incentive-sensitization theory of addiction. Brain Research Reviews, 18(3), 247–291. https://doi.org/10.1016/0165-0173(93)90013-P
Saladié, P., Huguet, R., Rodríguez-Hidalgo, A., Cáceres, I., Esteban-Nadal, M., Arsuaga, J. L., Bermúdez de Castro, J. M., & Carbonell, E. (2012). Intergroup cannibalism in the European Early Pleistocene: The range expansion and imbalance of power hypotheses. Journal of Human Evolution, 63(5), 682–695. https://doi.org/10.1016/j.jhevol.2012.07.004
Créditos de las imágenes / Image credits
Todas las imágenes de este artículo, incluida la portada, son fotogramas o fotografías promocionales de Crudo (Grave, Julia Ducournau, 2016), © Petit Film / Rouge International / Frakas Productions / Wild Bunch, reproducidos en baja resolución (ancho máximo 850 px) y en número limitado al amparo del derecho de cita y del uso legítimo con fines de crítica, reseña y comentario. Fuente de las imágenes: The Movie Database. Todos los derechos sobre la obra pertenecen a sus titulares.
All images in this article, including the cover, are stills or promotional photographs from Raw (Grave, Julia Ducournau, 2016), © Petit Film / Rouge International / Frakas Productions / Wild Bunch, reproduced at low resolution (maximum width 850 px) and in limited number under the right of quotation and fair use for the purposes of criticism, review and comment. Image source: The Movie Database. All rights in the work belong to their owners.

Deja una respuesta