Cine con rigor: «Alienado» y la falsa disyuntiva entre el chico malo y el chico enfermo

Portada de la resena de «Alienado» (Twisted, 1985).

Idioma / Language: Español · English

La película que Adam Holender rodó en 1985 con un Christian Slater de quince años, vista desde la psicopatología del desarrollo, la criminología y el derecho penal de menores: qué dicen hoy los manuales sobre un adolescente así, por qué nadie firma la palabra «psicópata» en un informe sobre un menor y qué haría con Mark un juzgado español.

Read in English ▶

Autora: Manuela González

Quince años y una casa entera bajo control

Mark Collins tiene quince años, saca buenas notas, monta circuitos electrónicos en su habitación y lleva la vida de su familia y la de sus compañeros de clase por donde le apetece. La sirvienta de la casa acaba de morir en lo que todos dan por un accidente doméstico. Sus padres, ocupados y ausentes, contratan a Helen para que cuide de él y de su hermana pequeña, Susan. A partir de ahí, la película se convierte en un asedio silencioso a esa mujer, hecho de voces grabadas, luces que se encienden solas, animales que aparecen donde no deben y una hermana pequeña a la que se utiliza como pieza. La pregunta que planteaba el propio material promocional era si Mark es un chico «malo» o tiene un problema mental de verdad. Esa disyuntiva es el motivo por el que la cinta merece un rato de atención.

Alienado (Twisted, Adam Holender, 1985) es una película pequeña, oscura y bastante desconocida, rescatada de vez en cuando por los aficionados al terror doméstico de los ochenta. Aquí interesa por otra razón. Casi cuatro décadas después de su rodaje, el retrato que hace de un adolescente con problemas graves de conducta permite repasar, uno por uno, los tópicos que la ficción ha fijado sobre este perfil y contrastarlos con lo que la investigación ha ido estableciendo desde entonces.

Una película pequeña con un adolescente que llegaría lejos

La dirigió Adam Holender, un nombre respetado en otro oficio: fue el director de fotografía de Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969), la única película clasificada para adultos que ha ganado el Óscar a la mejor película. El guion de Bruce Graham y Glenn Kershaw adapta Children! Children!, una obra de Jack Horrigan que llegó a Broadway en 1972 y aguantó una sola función, uno de esos fracasos teatrales que después encuentran una segunda vida en el cine. Se rodó en Danbury, Connecticut, en 1985, y su distribución fue accidentada: circulan como fecha de estreno tanto agosto de 1985 como el otoño de 1986, y en España se conoció como Alienado. Dura ochenta y siete minutos.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
Quince años, buen expediente, auriculares y una media sonrisa: la película construye la amenaza con gestos mínimos. · Fotograma de Alienado (Twisted, 1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; uso legítimo con fines de crítica y comentario (derecho de cita).

El reparto explica buena parte de su interés actual. Mark lo interpreta Christian Slater, que había nacido en agosto de 1969 y tenía exactamente la edad del personaje durante el rodaje, en una de sus primeras apariciones en cine, antes de El nombre de la rosa (1986) o Escuela de jóvenes asesinos (Heathers, 1988). Frente a él, Lois Smith compone a Helen, la cuidadora; hablamos de una actriz que había debutado en Al este del Edén (1955) y que seguiría trabajando durante más de sesenta años. Completan el cuadro Tandy Cronyn y Dan Ziskie como los padres, Brooke Tracy como Susan y Dina Merrill en un papel breve. La película descansa entera en el pulso entre un chico de quince años y una mujer mayor a la que nadie cree.

«Malo» o «enfermo», una disyuntiva que no existe

La pregunta que vertebra la promoción de la cinta pertenece a una tradición muy larga y muy poco útil. Reparte a los menores conflictivos en dos cajones, el de los chicos malos que merecen castigo y el de los chicos enfermos que merecen tratamiento, y obliga a elegir. La psicopatología del desarrollo lleva décadas trabajando fuera de ese esquema, porque los problemas graves de conducta en la adolescencia se describen mejor como el resultado de una interacción entre temperamento, aprendizaje, contexto familiar y oportunidad.

Terrie Moffitt propuso en 1993 una distinción que sigue siendo el marco de referencia en criminología del desarrollo. La mayor parte de los adolescentes que delinquen lo hacen de forma limitada a esa etapa: empiezan tarde, delinquen en grupo, cometen infracciones relacionadas con el estatus y abandonan solos al llegar a la vida adulta. Un grupo mucho más reducido presenta una conducta antisocial persistente a lo largo del curso vital, con problemas neuropsicológicos tempranos, dificultades de conducta desde la infancia y una trayectoria que se agrava con los años. Mark encaja, en la ficción, en ese segundo grupo minoritario, y el propio guion se encarga de recordarlo con antecedentes que la familia prefiere no mirar.

Lo que hoy escribiría un clínico en el informe

Un adolescente con la conducta de Mark recibiría con toda probabilidad el diagnóstico de trastorno de conducta de inicio infantil, con agresión a personas y animales, destrucción de la propiedad y engaño reiterado. Lo relevante llegó en 2013, cuando la quinta edición del manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría añadió un especificador para ese trastorno, «con emociones prosociales limitadas», mantenido en la revisión de 2022. Se aplica cuando el menor muestra de forma persistente falta de remordimiento, ausencia de empatía, despreocupación por su rendimiento y afecto superficial. La Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud incorporó un calificador equivalente en su undécima edición.

Ese especificador recoge lo que la literatura científica llama rasgos de insensibilidad emocional. La revisión más completa disponible, firmada por Paul Frick y su equipo en Psychological Bulletin en 2014, sostiene que los menores con problemas graves de conducta y rasgos de insensibilidad emocional presentan un patrón distinto del resto: mayor gravedad y estabilidad de la conducta antisocial, más agresión instrumental y planificada frente a la agresión reactiva, menor sensibilidad al castigo y una respuesta atenuada ante las señales de miedo y malestar de los demás. La investigación en neurociencia ha descrito en este subgrupo diferencias en la respuesta de la amígdala ante rostros temerosos, aunque conviene tomar esos hallazgos como asociaciones de grupo y nunca como una prueba aplicable a un caso concreto.

La película acierta justamente ahí, y lo hace sin manual en la mano. La violencia de Mark llega fría, calculada y al servicio de un objetivo, mientras el chico mantiene una fachada impecable ante los adultos que importan. Ese contraste entre el registro social y el registro privado es uno de los rasgos mejor documentados del subgrupo.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
El cartel de la distribución en vídeo, con el reclamo «un paso más allá de la locura», resume el marco con el que se vendió la película. · Cartel promocional de Alienado (Twisted, 1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; uso legítimo con fines de crítica y comentario (derecho de cita).

Por qué nadie firma la palabra «psicópata» en un informe sobre un menor

Existe un instrumento diseñado para valorar rasgos psicopáticos en adolescentes, la versión juvenil de la escala de Hare, y se usa en contextos forenses de varios países. Su empleo arrastra desde el principio una discusión seria. Seagrave y Grisso advirtieron en 2002 de que varios de los rasgos que la escala puntúa —impulsividad, búsqueda de sensaciones, afecto poco modulado, dificultad para sostener planes a largo plazo— forman parte del desarrollo normal en la adolescencia, lo que multiplica el riesgo de falsos positivos. Edens y sus colaboradores habían señalado un año antes que la capacidad de estas medidas para predecir violencia futura en menores era considerablemente más modesta de lo que se les atribuía.

A eso se suma un efecto que preocupa en la práctica judicial: la etiqueta pesa. Los estudios sobre percepción de jurados y profesionales muestran que la palabra «psicópata» en un expediente de un menor endurece las decisiones y arrastra la idea de que el caso está perdido de antemano. Por esa razón la mayoría de los clínicos prefieren describir conductas, rasgos y trayectorias, y dejar el sustantivo fuera del papel. Cuando en la ficción un personaje adulto sentencia sobre un chaval de quince años, conviene recordar que esa frase, en un juzgado real, tendría que sostenerse con mucho más que una intuición.

El gato, el mechero y la cama mojada

La película recurre a un recurso que el cine no ha soltado desde entonces: la crueldad con los animales como anuncio de lo que vendrá. Ese atajo procede de la llamada tríada de Macdonald, formulada en 1963, que asociaba maltrato animal, provocación de incendios y enuresis infantil con la violencia grave en la vida adulta. Se ha repetido en guiones, en manuales de divulgación y en no pocos informes.

La revisión crítica de Parfitt y Alleyne, publicada en Trauma, Violence, & Abuse en 2020, dejó el asunto en su sitio. Cada uno de esos tres comportamientos, por separado, puede guardar relación con la violencia posterior, pero encontrar los tres juntos como predictores resulta muy raro, y la evidencia disponible no sostiene la premisa de la tríada. Las autoras proponen leer esas conductas como indicadores de entornos familiares disfuncionales o de estrategias de afrontamiento pobres, que es una lectura bastante más útil y bastante menos espectacular. El maltrato animal merece atención clínica por sí mismo; convertirlo en el sello del futuro homicida es otra cosa.

El mito del genio del mal

Mark es brillante con la electrónica, se adelanta a todos los adultos y decora su cuarto con parafernalia militar alemana. La ficción lleva un siglo asociando inteligencia superior y crueldad, y el público ha aprendido a esperar que el adolescente peligroso sea también el más listo de la clase. El meta-análisis de Sánchez de Ribera y colaboradores, publicado en European Journal of Personality en 2019, revisó esa relación con datos: la correlación entre inteligencia y psicopatía total resultó pequeña y negativa (r = −0,07), y las asociaciones con el trastorno antisocial de la personalidad y con el trastorno de conducta también fueron negativas (r = −0,13 en ambos casos). El genio del mal es una criatura literaria.

La simbología nazi del personaje funciona mejor si se lee como lo que es, una estética de dominio y superioridad al alcance de un adolescente que necesita sentirse por encima de una familia que apenas lo mira. La película la usa con eficacia dramática y con cierta brocha gorda; el fondo interesante está en la fantasía de control, que sí encaja con el perfil, más que en el atrezzo.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
Helen y Susan, la cuidadora contratada y la hermana pequeña: las dos personas de la casa a las que nadie escucha. · Fotografía promocional de Alienado (Twisted, 1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; uso legítimo con fines de crítica y comentario (derecho de cita).

La cuidadora a la que nadie cree

El mejor material de la película está en Helen. Es una mujer mayor, contratada, sin autoridad en la casa y sin nadie que respalde su versión. Cuando denuncia lo que ocurre, los padres oyen a una empleada nerviosa que se lleva mal con un chico de quince años y buenas notas. La cinta describe con precisión una asimetría que aparece a diario en los expedientes reales: quien tiene menos poder en un domicilio es también quien tiene menos credibilidad cuando cuenta lo que pasa dentro.

Ese mecanismo tiene consecuencias forenses concretas. La violencia ejercida por un menor contra sus cuidadores, sus hermanos o sus progenitores llega tarde a los servicios de protección y a los juzgados, entre otras cosas porque la familia la reinterpreta como una etapa, un carácter difícil o un problema de la persona que se queja. La película añade un detalle que suele pasarse por alto: la hermana pequeña, Susan, es a la vez testigo, instrumento y víctima. En la práctica, los hermanos menores de un menor con problemas graves de conducta son el grupo más expuesto y el que menos aparece en las estadísticas.

Qué haría un juzgado de menores español con Mark

Traslademos el caso a España, con la advertencia de que se trata de un ejercicio sobre un personaje de ficción. Un chico de quince años queda dentro del ámbito de la Ley Orgánica 5/2000, reguladora de la responsabilidad penal de los menores, que se aplica a los mayores de catorce y menores de dieciocho. Por debajo de los catorce años no se exige responsabilidad penal y el asunto pasa a las entidades de protección de menores.

Para un homicidio o un asesinato cometido por un menor de quince años, el artículo 10.2 de esa ley obliga a imponer una medida de internamiento en régimen cerrado de uno a cinco años, complementada con libertad vigilada de hasta tres años. En la franja de dieciséis a diecisiete el marco sube hasta ocho años de internamiento y cinco de libertad vigilada. Mark, con quince años recién cumplidos, se movería en el primer tramo. La ley española prevé además la ejecución de la medida en centro específico y la posibilidad de tratamiento terapéutico, algo que en el caso descrito resultaría inevitable.

En el país donde transcurre la historia, el marco ha cambiado bastante desde 1985. El Tribunal Supremo de los Estados Unidos declaró inconstitucional la pena de muerte para quienes delinquieron siendo menores en Roper v. Simmons (2005) y limitó la cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional para menores en Graham v. Florida (2010) y Miller v. Alabama (2012), con el argumento expreso de que la inmadurez, la vulnerabilidad a la presión del entorno y la maleabilidad del carácter del adolescente reducen su culpabilidad. Es exactamente el argumento que la película se niega a considerar.

La frase que más daño ha hecho

El desenlace de Alienado se acoge a la idea de que un chico así no tiene arreglo, y remata con un epílogo inquietante que sugiere que el patrón se repetirá en la hermana. Como recurso narrativo funciona; como afirmación clínica lleva años perdiendo apoyo empírico.

El estudio de referencia lo firmaron Caldwell, Skeem, Salekin y Van Rybroek en 2006 con ciento cuarenta y un menores infractores con puntuaciones altas en la escala juvenil de psicopatía. Los que pasaron por el programa intensivo del Mendota Juvenile Treatment Center reincidieron de forma violenta a la mitad de ritmo que los que recibieron el tratamiento habitual en un centro correccional convencional, durante un seguimiento de dos años. La revisión de Hawes, Price y Dadds, publicada en 2014, confirma que los rasgos de insensibilidad emocional se asocian a peores resultados terapéuticos y añade un matiz decisivo: los programas de entrenamiento a padres basados en el aprendizaje social producen mejoras duraderas en esos mismos rasgos. Dicho de otro modo, el subgrupo responde peor y responde igualmente.

Ahí está la trampa de fondo de la película, y de casi todo el cine que la sigue. La idea del menor irrecuperable resulta cómoda porque cierra la historia y ahorra preguntas incómodas sobre lo que la familia y la escuela hicieron o dejaron de hacer durante los quince años anteriores.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
«Este año, el mal es el chico de al lado»: el anuncio de prensa de 1985 sitúa el miedo en la casa de siempre y en el hijo modélico. · Publicidad de Alienado (Twisted, 1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; uso legítimo con fines de crítica y comentario (derecho de cita).

Lo que acierta y dónde carga las tintas

En la columna de los aciertos hay bastante más de lo que su fama de serie B permite suponer. La película retrata una violencia instrumental y planificada, sin arrebato ni descontrol, que corresponde bien a lo descrito en el subgrupo con rasgos de insensibilidad emocional. Retrata la doble fachada con la que un menor así se maneja ante los adultos. Retrata la ceguera de unos padres que prefieren el conflicto laboral con la cuidadora antes que la sospecha sobre su hijo. Y retrata, sin subrayarlo, que el peligro no viene de un extraño, sino que se cocina en la casa; el anuncio de prensa de la época lo decía sin rodeos al presentar el mal como «el chico de al lado».

En la columna contraria pesan tres cosas. La equivalencia entre inteligencia y maldad, que la investigación desmiente. El uso de la crueldad animal como profecía, que la evidencia deja en indicador de un hogar que funciona mal. Y el determinismo del cierre, que convierte un problema clínico y jurídico abordable en una maldición hereditaria. Añádase que la película nunca se interesa por el origen del cuadro: no hay historia de desarrollo, ni escuela, ni pediatra, ni una conversación entre adultos que dure más de un minuto. Mark aparece configurado de fábrica, que es la salida narrativa fácil.

Por qué merece la pena verla

Alienado funciona como documento y como caso práctico. Como documento, muestra el modelo con el que en 1985 se explicaba al menor violento, un modelo que sobrevive intacto en gran parte de la ficción actual y en no pocas conversaciones de sobremesa. Como caso práctico, permite sentarse con papel y lápiz y separar lo que hoy sostiene la evidencia de lo que solo sostiene el guion: el especificador diagnóstico frente a la etiqueta, la trayectoria persistente frente a la maldad innata, el maltrato animal como señal de alarma familiar frente al presagio de sangre, el tratamiento difícil frente al caso perdido.

Con ochenta y siete minutos y un Christian Slater de quince años que ya sabía sostener un plano, la inversión de tiempo es razonable. Conviene verla con la pregunta del cartel en la cabeza y salir de ella habiéndola desmontado, porque el chico malo y el chico enfermo llevan décadas siendo la misma criatura mal descrita, y las decisiones que se toman sobre menores reales dependen de cuál de las dos etiquetas se imponga en el expediente.

Cinema with rigour: ‘Alienado’ and the false dichotomy between the ‘bad boy’ and the ‘sick boy’

Leer en español ▶

The film Adam Holender shot in 1985 with a fifteen-year-old Christian Slater, seen through developmental psychopathology, criminology and juvenile criminal law: what today’s manuals would say about a teenager like this, why no one writes the word «psychopath» in a report about a minor, and what a Spanish juvenile court would do with Mark.

Author: Manuela González

Fifteen years old, with a whole house under control

Mark Collins is fifteen, gets good grades, builds electronic circuits in his bedroom and steers the lives of his family and his classmates wherever he pleases. The family’s maid has just died in what everyone takes to be a household accident. His busy, absent parents hire Helen to look after him and his little sister, Susan. From that point on, the film becomes a silent siege of that woman, built out of recorded voices, lights that switch themselves on, animals that turn up where they should not and a little sister used as a game piece. The question posed by the promotional material was whether Mark is simply a «bad» boy or has genuine mental health problems. That very dilemma is why the film deserves some attention.

Twisted (Adam Holender, 1985) is a small, dark and fairly obscure picture, rescued now and then by fans of 1980s domestic horror. Its interest here lies elsewhere. Almost four decades after it was shot, its portrait of a teenager with severe conduct problems allows us to run through, one by one, the clichés fiction has fixed about this profile and to test them against what research has established since.

A small film with a teenager who would go far

It was directed by Adam Holender, a respected name in a different trade: he was the cinematographer on Midnight Cowboy (John Schlesinger, 1969), the only X-rated film ever to win the Academy Award for Best Picture. The screenplay by Bruce Graham and Glenn Kershaw adapts Children! Children!, a play by Jack Horrigan that reached Broadway in 1972 and lasted a single performance, one of those theatrical failures that later find a second life on screen. It was shot in Danbury, Connecticut, in 1985, and its distribution was erratic: both August 1985 and the autumn of 1986 circulate as release dates, and in Spain it was known as Alienado. It runs eighty-seven minutes.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
Fifteen years old, a good school record, headphones and a half smile: the film builds its threat out of minimal gestures. · Still from Twisted (1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; fair use for purposes of criticism and comment.

The cast explains much of its current appeal. Mark is played by Christian Slater, born in August 1969 and therefore exactly the age of the character during filming, in one of his first screen appearances, before The Name of the Rose (1986) or Heathers (1988). Opposite him, Lois Smith plays Helen, the carer: an actress who had made her debut in East of Eden (1955) and would go on working for more than sixty years. Tandy Cronyn and Dan Ziskie play the parents, Brooke Tracy is Susan and Dina Merrill appears briefly. The whole film rests on the contest between a fifteen-year-old boy and an older woman nobody believes.

«Bad» or «sick», a choice that does not exist

The question that structures the film’s promotion belongs to a very long and very unhelpful tradition. It sorts troubled minors into two boxes, bad boys who deserve punishment and sick boys who deserve treatment, and forces a choice between them. Developmental psychopathology has been working outside that scheme for decades, because severe conduct problems in adolescence are better described as the outcome of an interaction between temperament, learning, family context and opportunity.

In 1993 Terrie Moffitt proposed a distinction that remains the reference framework in developmental criminology. Most adolescents who offend do so in a way limited to that stage: they start late, offend in groups, commit status offences and desist on their own as adulthood arrives. A much smaller group shows antisocial behaviour that persists across the life course, with early neuropsychological problems, conduct difficulties from childhood and a trajectory that worsens over the years. In fiction, Mark fits that second, minority group, and the script itself keeps reminding us of it through a history the family would rather not examine.

What a clinician would write in the report today

A teenager behaving like Mark would in all likelihood receive a diagnosis of childhood-onset conduct disorder, with aggression towards people and animals, destruction of property and repeated deceitfulness. The relevant change came in 2013, when the fifth edition of the American Psychiatric Association’s diagnostic manual added a specifier to that disorder, «with limited prosocial emotions», retained in the 2022 revision. It applies when the minor persistently shows lack of remorse, absence of empathy, unconcern about performance and shallow affect. The World Health Organization’s International Classification of Diseases introduced an equivalent qualifier in its eleventh edition.

That specifier captures what the scientific literature calls callous-unemotional traits. The most complete review available, by Paul Frick and colleagues in Psychological Bulletin in 2014, holds that minors with severe conduct problems and callous-unemotional traits show a distinct pattern: greater severity and stability of antisocial behaviour, more instrumental and planned aggression as opposed to reactive aggression, lower sensitivity to punishment and a blunted response to other people’s fear and distress cues. Neuroscience research has described differences in amygdala response to fearful faces in this subgroup, although such findings should be read as group-level associations and never as evidence applicable to an individual case.

This is precisely where the film gets things right, and it does so without a manual in hand. Mark’s violence arrives cold, calculated and geared to a goal, while the boy keeps up an impeccable front before the adults who matter. That contrast between the social register and the private one is among the best documented features of the subgroup.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
The video release poster, with its «a step beyond insanity» tagline, sums up the frame through which the film was sold. · Promotional poster for Twisted (1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; fair use for purposes of criticism and comment.

Why nobody writes the word «psychopath» in a report about a minor

There is an instrument designed to assess psychopathic traits in adolescents, the youth version of the Hare checklist, and it is used in forensic settings in several countries. Its use has carried a serious dispute from the outset. Seagrave and Grisso warned in 2002 that several of the traits the scale scores —impulsivity, sensation seeking, poorly modulated affect, difficulty sustaining long-term plans— are part of normal adolescent development, which multiplies the risk of false positives. A year earlier, Edens and colleagues had pointed out that the ability of these measures to predict future violence in minors was considerably more modest than was being claimed for them.

To this we must add an effect that worries practitioners in court: the label weighs. Studies of how jurors and professionals perceive such cases show that the word «psychopath» in a juvenile file hardens decisions and drags along the idea that the case is lost in advance. For that reason most clinicians prefer to describe behaviours, traits and trajectories, and to keep the noun off the page. When an adult character in fiction passes sentence on a fifteen-year-old, it is worth remembering that in a real courtroom such a statement would need far more than intuition behind it.

The cat, the lighter and the wet bed

The film reaches for a device cinema has never let go of since: cruelty to animals as an announcement of what is to come. That shortcut derives from the so-called Macdonald triad, formulated in 1963, which linked animal abuse, fire setting and childhood bedwetting with serious violence in adult life. It has been repeated in scripts, in popular manuals and in more than a few reports.

The critical review by Parfitt and Alleyne, published in Trauma, Violence, & Abuse in 2020, put the matter in its place. Each of those three behaviours, taken separately, may be related to later violence, but finding all three together as predictors is very rare, and the available evidence does not substantiate the triad’s premise. The authors propose reading those behaviours as indicators of dysfunctional home environments or poor coping skills, which is a far more useful and far less spectacular reading. Animal abuse deserves clinical attention in its own right; turning it into the hallmark of the future killer is another matter entirely.

The evil genius myth

Mark is brilliant with electronics, stays ahead of every adult around him and decorates his room with German military paraphernalia. Fiction has spent a century linking superior intelligence with cruelty, and audiences have learned to expect the dangerous teenager to be the brightest pupil in the class. The meta-analysis by Sánchez de Ribera and colleagues, published in European Journal of Personality in 2019, examined that relationship with data: the correlation between intelligence and total psychopathy proved small and negative (r = −.07), and the associations with antisocial personality disorder and conduct disorder were also negative (r = −.13 in both cases). The evil genius is a literary creature.

The character’s Nazi symbolism works better if read for what it is, an aesthetic of dominance and superiority within reach of a teenager who needs to feel above a family that barely looks at him. The film uses it with dramatic efficiency and a certain heavy hand; the interesting substance lies in the fantasy of control, which does fit the profile, rather than in the props.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
Helen and Susan, the hired carer and the little sister: the two people in the house nobody listens to. · Promotional photograph from Twisted (1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; fair use for purposes of criticism and comment.

The carer nobody believes

The film’s best material is in Helen. She is an older woman, hired help, with no authority in the house and nobody to back her account. When she reports what is happening, the parents hear a nervous employee who cannot get along with a fifteen-year-old boy with good grades. The film describes with precision an asymmetry that appears daily in real case files: whoever holds least power in a household is also whoever has least credibility when describing what goes on inside it.

That mechanism has concrete forensic consequences. Violence exerted by a minor against carers, siblings or parents reaches child protection services and the courts late, partly because the family reinterprets it as a phase, a difficult temperament or a problem belonging to whoever is complaining. The film adds a detail usually overlooked: the little sister, Susan, is at once witness, instrument and victim. In practice, the younger siblings of a minor with severe conduct problems are the most exposed group and the one that appears least often in the statistics.

What a Spanish juvenile court would do with Mark

Let us transfer the case to Spain, with the caveat that this is an exercise about a fictional character. A fifteen-year-old falls within the scope of Organic Law 5/2000 on the criminal responsibility of minors, which applies to those aged fourteen to seventeen. Below the age of fourteen no criminal responsibility is required and the matter passes to the child protection authorities.

For a homicide or murder committed by a fifteen-year-old, article 10.2 of that law requires a closed-regime custodial measure of one to five years, complemented by supervised release of up to three years. In the sixteen-to-seventeen bracket the framework rises to eight years of custody and five of supervised release. Mark, having just turned fifteen, would fall into the first band. Spanish law further provides for the measure to be served in a specific facility and for the possibility of therapeutic treatment, which in the case described would be unavoidable.

In the country where the story takes place, the framework has changed considerably since 1985. The United States Supreme Court declared the death penalty unconstitutional for those who offended as minors in Roper v. Simmons (2005) and restricted life without parole for minors in Graham v. Florida (2010) and Miller v. Alabama (2012), expressly reasoning that immaturity, vulnerability to environmental pressure and the malleability of adolescent character reduce culpability. That is exactly the argument the film refuses to entertain.

The sentence that has done the most damage

The ending of Twisted embraces the idea that a boy like this cannot be fixed, and closes with a disturbing epilogue suggesting the pattern will repeat itself in the sister. As a narrative device it works; as a clinical claim it has been losing empirical support for years.

The landmark study was published by Caldwell, Skeem, Salekin and Van Rybroek in 2006 with one hundred and forty-one juvenile offenders scoring high on the youth psychopathy checklist. Those who went through the intensive programme at the Mendota Juvenile Treatment Center violently reoffended at half the rate of those receiving usual treatment in a conventional correctional facility, over a two-year follow-up. The review by Hawes, Price and Dadds, published in 2014, confirms that callous-unemotional traits are associated with poorer treatment outcomes and adds a decisive nuance: social-learning-based parent training programmes produce lasting improvements in those very traits. Put another way, the subgroup responds worse and responds all the same.

There lies the underlying trap of this film, and of almost every film that follows it. The notion of the irredeemable minor is convenient because it closes the story and spares us awkward questions about what the family and the school did or failed to do over the previous fifteen years.

Imagen de la película «Alienado» (Twisted, 1985), de Adam Holender.
«This year, evil is the boy next door»: the 1985 press advertisement places the fear in an ordinary home and in the model son. · Advertisement for Twisted (1985), dir. Adam Holender. © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation; fair use for purposes of criticism and comment.

What it gets right and where it overplays

The credit column holds rather more than its B-movie reputation would suggest. The film depicts instrumental, planned violence, with no outburst or loss of control, which corresponds well to what has been described in the subgroup with callous-unemotional traits. It depicts the double front with which such a minor handles adults. It depicts the blindness of parents who would rather have an employment dispute with the carer than a suspicion about their son. And it depicts, without underlining it, that the danger is cooked up at home rather than arriving from outside; the period press advertisement said as much when it presented evil as «the boy next door».

Three things weigh on the other side. The equivalence between intelligence and wickedness, which research refutes. The use of animal cruelty as prophecy, which the evidence reduces to an indicator of a household that is not working. And the determinism of the ending, which turns a clinical and legal problem that can be addressed into a hereditary curse. Add to that the film’s complete lack of interest in where the picture came from: there is no developmental history, no school, no paediatrician, not a single conversation between adults lasting more than a minute. Mark comes configured at the factory, which is the easy narrative way out.

Why it is worth watching

Twisted works both as a document and as a case exercise. As a document, it shows the model through which the violent minor was explained in 1985, a model that survives intact in much of today’s fiction and in more than a few dinner-table conversations. As a case exercise, it invites you to sit down with pen and paper and separate what the evidence supports today from what only the script supports: the diagnostic specifier against the label, the persistent trajectory against innate wickedness, animal abuse as a family alarm signal against an omen of blood, difficult treatment against the lost cause.

At eighty-seven minutes, with a fifteen-year-old Christian Slater who already knew how to hold a shot, the investment of time is reasonable. It is worth watching with the poster’s question in mind and leaving having dismantled it, because the bad boy and the sick boy have been the same badly described creature for decades, and the decisions taken about real minors depend on which of the two labels prevails in the file.

Bibliografía / References

American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5.ª ed., rev. del texto). American Psychiatric Association Publishing. https://doi.org/10.1176/appi.books.9780890425787

Blair, R. J. R. (2013). The neurobiology of psychopathic traits in youths. Nature Reviews Neuroscience, 14(11), 786–799. https://doi.org/10.1038/nrn3577

Caldwell, M., Skeem, J., Salekin, R., & Van Rybroek, G. (2006). Treatment response of adolescent offenders with psychopathy features: A 2-year follow-up. Criminal Justice and Behavior, 33(5), 571–596. https://doi.org/10.1177/0093854806288176

Edens, J. F., Skeem, J. L., Cruise, K. R., & Cauffman, E. (2001). Assessment of «juvenile psychopathy» and its association with violence: A critical review. Behavioral Sciences & the Law, 19(1), 53–80. https://doi.org/10.1002/bsl.425

Frick, P. J., Ray, J. V., Thornton, L. C., & Kahn, R. E. (2014). Can callous-unemotional traits enhance the understanding, diagnosis, and treatment of serious conduct problems in children and adolescents? A comprehensive review. Psychological Bulletin, 140(1), 1–57. https://doi.org/10.1037/a0033076

Hawes, D. J., Price, M. J., & Dadds, M. R. (2014). Callous-unemotional traits and the treatment of conduct problems in childhood and adolescence: A comprehensive review. Clinical Child and Family Psychology Review, 17(3), 248–267. https://doi.org/10.1007/s10567-014-0167-1

Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores. Boletín Oficial del Estado, núm. 11, de 13 de enero de 2000. https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOE-A-2000-641

Miller v. Alabama, 567 U.S. 460 (2012).

Moffitt, T. E. (1993). Adolescence-limited and life-course-persistent antisocial behavior: A developmental taxonomy. Psychological Review, 100(4), 674–701. https://doi.org/10.1037/0033-295X.100.4.674

Parfitt, C. H., & Alleyne, E. (2020). Not the sum of its parts: A critical review of the MacDonald triad. Trauma, Violence, & Abuse, 21(2), 300–314. https://doi.org/10.1177/1524838018764164

Roper v. Simmons, 543 U.S. 551 (2005).

Sánchez de Ribera, O., Kavish, N., Katz, I. M., & Boutwell, B. B. (2019). Untangling intelligence, psychopathy, antisocial personality disorder, and conduct problems: A meta-analytic review. European Journal of Personality, 33(5), 529–564. https://doi.org/10.1002/per.2207

Seagrave, D., & Grisso, T. (2002). Adolescent development and the measurement of juvenile psychopathy. Law and Human Behavior, 26(2), 219–239. https://doi.org/10.1023/A:1014696110850

Viding, E., Blair, R. J. R., Moffitt, T. E., & Plomin, R. (2005). Evidence for substantial genetic risk for psychopathy in 7-year-olds. Journal of Child Psychology and Psychiatry, 46(6), 592–597. https://doi.org/10.1111/j.1469-7610.2004.00393.x

World Health Organization. (2019). International classification of diseases for mortality and morbidity statistics (11.ª rev.). https://icd.who.int/

Créditos de las imágenes / Image credits

Todas las imágenes de este artículo, incluida la portada, son fotogramas, carteles o materiales promocionales de Alienado (Twisted, Adam Holender, 1985), © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation, reproducidos en baja resolución (ancho máximo 850 px) y en número limitado al amparo del derecho de cita y del uso legítimo con fines de crítica, reseña y comentario. Algunas fotografías promocionales llevan la marca de agua de Metro-Goldwyn-Mayer, correspondiente a la distribución posterior de la película en vídeo doméstico. Fuentes de las imágenes: The Movie Database y materiales promocionales de la época. Todos los derechos sobre la obra pertenecen a sus titulares.

All images in this article, including the cover, are stills, posters or promotional materials from Twisted (Adam Holender, 1985), © Greenroom Features / Hemdale Film Corporation, reproduced at low resolution (maximum width 850 px) and in limited number under the right of quotation and fair use for the purposes of criticism, review and comment. Some promotional photographs bear the Metro-Goldwyn-Mayer watermark, corresponding to the film’s later home video distribution. Image sources: The Movie Database and period promotional materials. All rights in the work belong to their owners.

Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *