Una invitación para leer en verano
Llega el verano y, con él, el tiempo que durante el año no aparece nunca: el de las lecturas largas. La tumbona, el tren, la noche sin despertador. Es la temporada del libro que se devora de un tirón, y pocos enganchan tanto como el true crime y la psicología del crimen. Y más allá del pódcast de turno, hay toda una biblioteca —la que de verdad fundó la perfilación criminal— que pide justamente eso: un rato de calma.
¿Solo caben dos o tres títulos en la maleta? Vamos al grano. Para entrar por la narrativa, Mindhunter (John Douglas) y Whoever Fights Monsters (Robert Ressler) se leen como novelas y atrapan desde la primera página. Si quiere que el verano le deje algo más que escalofríos, Criminal Shadows (David Canter) es la versión rigurosa del oficio. Y si lo suyo es una buena lección de humildad —la cara B del relato heroico—, The Jigsaw Man (Paul Britton) cuenta cómo un perfil puede hundir una investigación entera. Tres puertas distintas a la misma habitación oscura.
Abajo está el mapa completo: los libros que cimentaron la disciplina, comentados uno a uno, con el contrapunto de lo que la ciencia ha confirmado —y desmentido— de cada uno. Y al final, un itinerario para recorrerlos con cabeza.
La perfilación criminal (criminal profiling) habita hoy en un limbo extraño entre el imaginario pop y la ciencia forense. Para el gran público, el perfilador es una suerte de chamán moderno, un Sherlock Holmes con conocimientos de psicología que, tras mirar tres fotos de una escena del crimen, descifra los traumas infantiles del asesino. Sin embargo, la realidad de esta disciplina es mucho más compleja, fragmentada y, paradójicamente, fascinante: por cada acierto memorable hay un fracaso silenciado, y por cada intuición brillante, una advertencia de los estadísticos.
Para entender cómo pasamos de la frenología decimonónica al análisis de datos geográficos y la psicología investigativa, no hay mejor camino que revisar la literatura que construyó sus cimientos. Los siguientes libros no solo son crónicas de crímenes; son los mapas evolutivos de una disciplina que intentó —y sigue intentando— responder a la pregunta más difícil de la criminología: ¿por qué?
1. Las raíces de la sombra: el nacimiento del análisis criminal
Antes de que existiera el término «perfilador», la criminología obsesionada con el orden buscaba el origen del mal en la biología o en la rigurosidad del método policial. Eran los años del positivismo: la fe ciega en que todo —incluida la maldad— podía medirse, clasificarse y, por tanto, predecirse.
L’uomo delinquente (1876) – Cesare Lombroso
Es imposible hablar de la evolución de la perfilación sin entender su primer gran error. Cesare Lombroso, médico militar italiano y padre de la llamada Escuela Positiva de criminología, postuló que el criminal no se hace, sino que nace. A partir de la medición sistemática de cráneos y cuerpos de presos y soldados, formuló la teoría del «delincuente nato»: el criminal sería un caso de atavismo, un eslabón evolutivo regresivo identificable por estigmas físicos —mandíbulas prominentes, asimetrías craneales, orejas grandes, brazos largos— que delatarían su naturaleza primitiva.
Aunque su teoría atávica era pseudociencia, Lombroso cambió el paradigma: dejó de mirar solo el delito para empezar a mirar al delincuente. Fue el primer intento sistemático de categorización del criminal orientado a su identificación. Su obra, además, no fue un panfleto menor: a lo largo de cinco ediciones (1876–1897) creció hasta convertirse en un tratado monumental que fundó la antropología criminal.
Prácticamente todo en Lombroso ha sido refutado. Ya en 1913, el médico británico Charles Goring, en The English Convict, comparó a miles de presos con población no delincuente y no halló los rasgos físicos distintivos que Lombroso daba por seguros. Hoy su biologicismo se lee como una advertencia: la idea de «leer» la criminalidad en el cuerpo desembocó en la eugenesia y en justificaciones racistas. Conviene leerlo, por tanto, como lo que es —el error fundacional del que la disciplina tuvo que aprender a despegarse—, no como un manual.
Criminal Investigation / Handbuch für Untersuchungsrichter (1893) – Hans Gross
Considerado el padre de la criminalística, el juez de instrucción austriaco Hans Gross sistematizó por primera vez el análisis científico de la escena del crimen en su Handbuch für Untersuchungsrichter («Manual del juez de instrucción»), traducido al inglés como Criminal Investigation. Frente a la fantasía biológica de Lombroso, Gross proponía un método: observar, documentar, deducir.
Gross introdujo el concepto de que el comportamiento refleja la personalidad. Entendió que la forma en que un criminal ata un nudo, fuerza una ventana o desordena una habitación ofrece pistas sobre su oficio, su nivel de inteligencia y sus motivaciones. Esa intuición —que la conducta deja una firma legible en el entorno— es, literalmente, la semilla conceptual de todo lo que vendría después en Quantico un siglo más tarde.
Evolución del enfoque:
| Lombroso (biológico) Gross (criminalístico) Brussel (clínico) FBI (conductual) Canter / Rossmo (científico-estadístico) Turvey (forense-deductivo) |
2. El diván en la escena del crimen: la era psiquiátrica
A mediados del siglo XX, la disciplina dio un vuelco hacia el psicoanálisis. Ya no importaba tanto la forma del cráneo, sino los laberintos de la mente inconsciente. El perfil dejó de ser una medida antropométrica para convertirse en un diagnóstico a distancia.
Casebook of a Crime Psychiatrist (1968) – Dr. James A. Brussel
El doctor James Brussel, psiquiatra clínico de Nueva York, es el puente directo hacia la perfilación moderna. Su momento cumbre llegó con el caso del Mad Bomber (George Metesky), que aterrorizó a la ciudad durante 16 años con bombas caseras. Brussel analizó las cartas y los atentados y predijo que el sospechoso sería un hombre de mediana edad, de origen eslavo, católico, que vivía con dos hermanas solteras y que, al ser detenido, llevaría un traje cruzado abrochado. La leyenda dice que acertó en todo.
Este libro demostró —o al menos convenció a la policía— de que la psiquiatría clínica podía aplicarse a sospechosos desconocidos. Brussel utilizaba el razonamiento deductivo: a partir de la conducta observable, deducía la patología mental del perpetrador. El propio FBI reconocería más tarde su deuda con él.
El caso Metesky es también el primer gran ejemplo del problema de fondo de la perfilación. En su célebre artículo Dangerous Minds (The New Yorker, 2007), Malcolm Gladwell mostró que el «perfil» de Brussel, tal como él mismo lo narró años después, mezclaba aciertos espectaculares con un buen número de predicciones erróneas que su memoria recompuso a posteriori. Muchos de sus aciertos eran afirmaciones genéricas —el llamado efecto Barnum o Forer— que parecen específicas pero encajarían en casi cualquiera. Leído hoy, Casebook es fascinante como pieza histórica y como aviso: la frontera entre el perfilador y el adivino de feria es más fina de lo que la leyenda admite.
3. La edad de oro de Quantico: el método del FBI
En la década de 1970, el FBI decidió que la intuición psiquiátrica no bastaba. Se necesitaba un método empírico, replicable, enseñable. Nació la Unidad de Ciencias del Comportamiento (BSU) en Quantico, y con ella la era dorada —y mitificada— de la perfilación.
Sexual Homicide: Patterns and Motives (1988) – Robert Ressler, Ann Burgess y John Douglas
Este es el texto que transformó la perfilación en una disciplina con pretensión académica. Sus autores cruzaron las entrevistas en prisión a 36 asesinos sexuales —entre ellos Ed Kemper, Charles Manson o (según la leyenda divulgada después) figuras del calibre de Ted Bundy— con un análisis de patrones de sus crímenes. De ese trabajo de campo nació el aparato conceptual del FBI.
Aquí se acuñó y sistematizó la famosa dicotomía entre asesinos organizados y desorganizados. El libro sostiene que la escena del crimen refleja el estilo de vida del agresor: el organizado planifica, lleva sus propias armas y selecciona a sus víctimas; el desorganizado actúa por impulso, usa lo que encuentra y deja un caos tras de sí. Durante dos décadas, esta tipología fue el abecé de la perfilación mundial.
Y es, también, su punto más atacado. Dos objeciones de peso. Primera, la muestra: 36 sujetos, escogidos por conveniencia (los que accedieron a hablar), no son una base estadística sólida para generalizar. Segunda, y más demoledora, la propia dicotomía. En un estudio ya clásico, Canter, Alison, Alison y Wentink (2004) analizaron 100 homicidios seriales y no encontraron dos tipos diferenciados: los rasgos «organizados» aparecían en casi todos los crímenes y los «desorganizados» eran raros y no formaban un patrón coherente. Su veredicto —«¿mito o modelo?»— se inclinó claramente hacia el mito. El libro sigue siendo lectura obligada, pero hoy se estudia tanto por lo que fundó como por lo que la evidencia posterior desmontó.
Crime Classification Manual (1992) – John Douglas, Ann Burgess, Allen Burgess y Robert Ressler
Si Sexual Homicide fue el manifiesto, el Crime Classification Manual (CCM) fue la institucionalización. Concebido como una suerte de «DSM del crimen violento» —en analogía con el manual diagnóstico de la psiquiatría—, ofrecía un sistema estandarizado para clasificar homicidios, incendios provocados y delitos sexuales según motivación y comportamiento.
El CCM convirtió el saber artesanal de los agentes de Quantico en un lenguaje común y codificado, que pasó a manuales policiales de todo el mundo. Es la pieza que explica cómo una intuición de pasillo se transformó en categoría oficial. Por eso mismo, es también el documento donde cristalizan las tipologías que después la psicología académica pondría en cuarentena: leerlo junto a las críticas de Canter o Alison es ver, en directo, el choque entre la tradición del FBI y el método científico.
Mindhunter: Inside the FBI’s Elite Serial Crime Unit (1995) – John Douglas y Mark Olshaker
Si Sexual Homicide es el cerebro de la era de Quantico, Mindhunter es el corazón y el músculo. Escrito en tono de memoria periodística —y popularizado mundialmente por la serie de Netflix de David Fincher—, Douglas narra cómo se sumergió en la mente de los peores asesinos de Estados Unidos para desarrollar el Análisis de la Escena del Crimen.
Más allá de su éxito editorial, el libro fijó en el imaginario popular conceptos clave: el modus operandi (lo que el criminal hace para cometer el delito y escapar, y que evoluciona con la experiencia) y la firma (el ritual innecesario para el crimen pero imprescindible para satisfacer la fantasía psicológica del agresor). Esa distinción sigue siendo operativamente útil.
El reverso de su brillo narrativo es su método. La perfilación al estilo Douglas es inductiva e intuitiva: se apoya en la experiencia acumulada del agente más que en la estadística. Es justamente el blanco de las revisiones académicas que llegarían después (Snook y colaboradores, Fox y Farrington). Conviene leer Mindhunter por lo que es —un relato apasionante y formativo— sin confundir el carisma del narrador con prueba de eficacia.
Whoever Fights Monsters (1992) – Robert Ressler y Tom Shachtman
Ressler, a quien se atribuye la popularización del término «asesino en serie», ofrece una perspectiva complementaria —y a menudo más reflexiva— que la de su colega Douglas. Ressler profundiza en lo que podríamos llamar empatía táctica: la necesidad de comprender la lógica interna del asesino, por retorcida que sea, para poder anticipar su próximo movimiento. El título, tomado de Nietzsche, contiene ya una advertencia sobre el precio personal del oficio.
«Para atrapar a un depredador, debes aprender a ver el mundo a través de sus ojos. No para justificarlo, sino para cartografiar su territorio mental.» — Robert Ressler
Es el contrapeso humano y autocrítico al heroísmo de Mindhunter. Ressler reconoce los límites del método y el desgaste de mirar tanto tiempo el abismo. Junto a Mindhunter, compone el retrato más completo —y más honesto— de la primera generación de perfiladores.
4. La revolución científica: psicología investigativa y geografía
Hacia finales de los noventa, el método del FBI empezó a recibir duras críticas desde la academia: falta de rigor estadístico, muestras minúsculas, dependencia excesiva de la «intuición» del agente. La perfilación necesitaba madurar y, al otro lado del Atlántico, encontró quien la empujara a hacerlo.
Criminal Shadows: Inside the Mind of the Serial Killer (1994) – David Canter
El psicólogo británico David Canter dinamitó el monopolio del FBI introduciendo la Psicología Investigativa. Su entrada en escena fue real, no teórica: en 1986 ayudó a la policía británica a detener a John Duffy, el «violador del ferrocarril», con un perfil que acertó en trece de sus diecisiete predicciones. Canter argumentaba que los criminales no operan en un vacío psicopatológico, sino que sus delitos son extensiones de su vida cotidiana.
Canter introdujo el rigor de la psicología social y la estadística. Su mayor aporte fue el concepto de coherencia conductual: la forma en que un criminal interactúa con su víctima en la escena del crimen reflejaría cómo se relaciona con las personas en su día a día (su nivel de asertividad, agresividad o control). En lugar de tipologías cerradas, propuso buscar correlaciones medibles entre conducta delictiva y características del autor.
El propio Canter encarna el giro autocrítico de la disciplina. Junto a Alison, Bennell y Ormerod (2002) formuló la «paradoja de la personalidad»: la perfilación clásica presupone que las acciones en la escena predicen rasgos estables del autor, pero la psicología de la personalidad lleva décadas mostrando que la conducta es mucho menos consistente entre situaciones de lo que ese supuesto exige. Criminal Shadows es, así, el libro que abre la era en que la perfilación empieza a auditar sus propios cimientos.
Investigative Psychology: Offender Profiling and the Analysis of Criminal Action (2009) – David Canter y Donna Youngs
Quince años después de Criminal Shadows, Canter y Donna Youngs firmaron el manual que da nombre y cuerpo académico a toda una escuela. Si los libros del FBI son memorias, este es un tratado universitario: define el campo, fija sus métodos y reemplaza la anécdota por el dato.
Es la obra de referencia de la tradición europea de la perfilación, basada en el análisis empírico y estadístico de grandes conjuntos de casos (con técnicas como el Smallest Space Analysis) en lugar de en la introspección del experto. Marca el momento en que el profiling aspira a convertirse en una ciencia normal, con hipótesis falsables y revisión por pares. Para el lector que quiera ir más allá del relato y entender el aparato científico, este es el siguiente peldaño después de Canter (1994).
The Jigsaw Man (1997) – Paul Britton
Ninguna biblioteca honesta sobre perfilación debería contar solo los éxitos. El psicólogo británico Paul Britton, apodado «el cazador de mentes» por la prensa, relata en estas memorias una carrera de colaboraciones con la policía. Pero su valor para el lector actual reside, paradójicamente, en el caso que terminó en desastre.
En la investigación del asesinato de Rachel Nickell (1992), un perfil orientó una operación encubierta —la célebre «trampa de miel» contra el sospechoso Colin Stagg— que un juez acabó rechazando de plano por considerarla una manipulación inadmisible. Stagg fue absuelto y, años después, exonerado y compensado; el verdadero autor, Robert Napper, fue identificado por pruebas forenses. The Jigsaw Man se convirtió así en el caso de estudio canónico sobre los peligros de la perfilación: la visión de túnel, el exceso de confianza y el modo en que un perfil persuasivo puede contaminar toda una investigación. Es, junto a los manuales del FBI, la lectura que mantiene los pies en el suelo.
Geographic Profiling (2000) – D. Kim Rossmo
Rossmo, un policía canadiense convertido en académico, abrió un frente completamente distinto al cruzar la criminología ambiental con las matemáticas. El perfilado geográfico no se pregunta quién es el asesino, sino dónde vive o trabaja.
A través del algoritmo de Rossmo —basado en la hipótesis del decaimiento de la distancia— se analiza la ubicación de los crímenes para estimar el «punto de anclaje» del sospechoso. La idea es elegante: los delincuentes, como cualquiera, operan en zonas que les resultan familiares, pero mantienen una «zona de amortiguación» alrededor de su propia casa para no ser reconocidos. El método se materializó en software (Rigel) usado por policías de todo el mundo.
Aquí la crítica es más matizada y, en cierto modo, más interesante. Snook, Taylor y Bennell (2004, 2005) demostraron que personas entrenadas en apenas dos reglas heurísticas sencillas predicen la residencia del autor con una precisión equivalente a la de los algoritmos complejos. El debate Rossmo–Snook no niega que el perfilado geográfico funcione; cuestiona si el software sofisticado aporta una ventaja real frente al sentido común estructurado. Es, probablemente, el rincón de la perfilación con bases empíricas más firmes.
5. El pragmatismo moderno: análisis de la evidencia conductual
En el siglo XXI, la perfilación abandonó los grandes sistemas teóricos para enfocarse en el análisis estricto de la prueba física combinada con la conducta. Menos perfil del «tipo» de asesino; más reconstrucción del comportamiento de este asesino en concreto.
Criminal Profiling: An Introduction to Behavioral Evidence Analysis (1999) – Brent E. Turvey
Turvey se convirtió en el principal azote de los métodos tradicionales —inductivos— del FBI. Su propuesta es el Análisis de Evidencia Conductual (Behavioral Evidence Analysis, BEA), un método declaradamente deductivo y forense.
Turvey argumenta que rellenar un perfil basándose en estadísticas de otros asesinos del pasado (enfoque inductivo) es peligroso y conduce a errores judiciales por visión de túnel —exactamente el error del caso Stagg—. En su lugar, el perfilador debe estudiar la escena del crimen concreta, la victimología forense (quién era realmente la víctima) y la evidencia física para reconstruir el comportamiento exacto de ese agresor. Es el intento más serio de anclar la perfilación a la prueba material y de blindarla frente a la acusación de pseudociencia en los tribunales.
El BEA es metodológicamente más cauto que sus predecesores, pero comparte con todo el campo un problema de fondo: la escasez de estudios independientes que midan su eficacia real. Es una corrección del rumbo, no una validación definitiva.
El arco de una disciplina (y el veredicto de la ciencia)
Revisar esta biblioteca es asistir a la humanización y posterior cientifización del misterio del crimen. Comenzamos midiendo rostros con Lombroso, pasamos por los divanes de Manhattan con Brussel, nos encerramos en los sótanos de Quantico recopilando testimonios de monstruos con Ressler y Douglas, viajamos a la Gran Bretaña de Canter y Britton, y terminamos con algoritmos geográficos y análisis forense milimétrico con Rossmo y Turvey.
¿Y qué dice el balance científico de todo el recorrido? Es aleccionador. La revisión y metaanálisis de Snook y colaboradores (2007) no encontró que los perfiladores experimentados superasen de forma clara a otros grupos al predecir características del autor; un año después, los mismos autores hablaban directamente de una «ilusión» de la perfilación (2008), sostenida más por sesgos cognitivos —el efecto Barnum, el sesgo de confirmación— que por evidencia sólida. El gran metaanálisis de Fox y Farrington (2018), que revisó cuarenta años y más de cuatrocientos trabajos, constató una mejora real del rigor con el tiempo, pero también que muy pocos perfiles se construyen aún sobre una base empírica robusta. Incluso los estudios más favorables, como los de Kocsis, fueron cuestionados metodológicamente (Bennell y colaboradores, 2006).
Nada de esto convierte la perfilación en un fraude, pero sí obliga a leer esta biblioteca con dos ojos: uno para el placer del relato y otro para la prudencia del método. El viaje de la perfilación criminal demuestra que la mente del agresor deja una huella tan real como una impresión dactilar; el reto —de la literatura y de la ciencia— ha sido, y sigue siendo, aprender a leerla sin dejarse cegar por el horror ni seducir por la propia narración.
Así que este verano, junto a la tumbona, el consejo doble: déjese atrapar por estas historias, pero recuerde que las mejores fueron escritas tanto por quienes las protagonizaron como por quienes, después, se atrevieron a comprobar si eran ciertas.
Itinerario de lectura para el verano
¿Quiere convertir esta lista en un plan? Aquí va una ruta en cuatro etapas, de lo más adictivo a lo más exigente. No hace falta seguirla entera: elija su punto de entrada y avance hasta donde le apetezca.
Etapa 1 — Para engancharse. Mindhunter (Douglas y Olshaker) y Whoever Fights Monsters (Ressler y Shachtman). Las memorias trepidantes de la primera generación de perfiladores del FBI. Es el hechizo: enganchan en una tarde y dejan con ganas de más.
Etapa 2 — Para no creérselo todo. The Jigsaw Man (Britton) y el artículo Dangerous Minds de Malcolm Gladwell. El antídoto contra el hechizo anterior: el caso Rachel Nickell y el efecto Barnum recuerdan que un perfil convincente también puede equivocarse —y arruinar vidas—.
Etapa 3 — Para entender la ciencia. Criminal Shadows (Canter), la entrada amable a la psicología investigativa; y, para quien quiera el aparato completo, Investigative Psychology (Canter y Youngs). Aquí la perfilación deja la anécdota y se mide con datos.
Etapa 4 — Para los curiosos de los orígenes y la especialización. Casebook of a Crime Psychiatrist (Brussel), por su valor histórico; Geographic Profiling (Rossmo), si le atrae el ángulo matemático; y Criminal Profiling (Turvey), para el método forense más actual. La propina para quien se quede con hambre.
El orden ideal es justo ese: primero el hechizo, después el antídoto y, por último, la ciencia que separa una cosa de la otra. Feliz —e inquietante— verano.
Bibliografía
Libros fundamentales
Britton, P. (1997). The jigsaw man: The remarkable career of Britain’s foremost criminal psychologist. Bantam Press.
Brussel, J. A. (1968). Casebook of a crime psychiatrist. Bernard Geis Associates.
Canter, D. (1994). Criminal shadows: Inside the mind of the serial killer. HarperCollins.
Canter, D., & Youngs, D. (2009). Investigative psychology: Offender profiling and the analysis of criminal action. John Wiley & Sons.
Douglas, J. E., Burgess, A. W., Burgess, A. G., & Ressler, R. K. (1992). Crime classification manual: A standard system for investigating and classifying violent crimes. Lexington Books.
Douglas, J. E., & Olshaker, M. (1995). Mindhunter: Inside the FBI’s elite serial crime unit. Scribner.
Douglas, J. E., & Olshaker, M. (1999). The anatomy of motive: The FBI’s legendary mindhunter explores the key to understanding and catching violent criminals. Scribner.
Gross, H. (1893). Handbuch für Untersuchungsrichter als System der Kriminalistik. Leuschner & Lubensky.
Gross, H. (1906). Criminal investigation: A practical handbook for magistrates, police officers, and lawyers (J. Adam & J. C. Adam, Trans.). A. Krishnamachari. (Obra original publicada en 1893)
Holmes, R. M., & Holmes, S. T. (1996). Profiling violent crimes: An investigative tool (2.ª ed.). SAGE.
Lombroso, C. (1876). L’uomo delinquente studiato in rapporto alla antropologia, alla medicina legale ed alle discipline carcerarie. Hoepli.
Lombroso, C. (2006). Criminal man (M. Gibson & N. H. Rafter, Trans.). Duke University Press. (Obra original publicada en 1876–1897)
Ressler, R. K., Burgess, A. W., & Douglas, J. E. (1988). Sexual homicide: Patterns and motives. Lexington Books.
Ressler, R. K., & Shachtman, T. (1992). Whoever fights monsters: My twenty years tracking serial killers for the FBI. St. Martin’s Press.
Rossmo, D. K. (2000). Geographic profiling. CRC Press.
Turvey, B. E. (1999). Criminal profiling: An introduction to behavioral evidence analysis. Academic Press.
Estudios científicos y literatura crítica
Alison, L., Bennell, C., Mokros, A., & Ormerod, D. (2002). The personality paradox in offender profiling: A theoretical review of the processes involved in deriving background characteristics from crime scene actions. Psychology, Public Policy, and Law, 8(1), 115–135. https://doi.org/10.1037/1076-8971.8.1.115
Bennell, C., Jones, N. J., Taylor, P. J., & Snook, B. (2006). Validities and abilities in criminal profiling: A critique of the studies conducted by Richard Kocsis and his colleagues. International Journal of Offender Therapy and Comparative Criminology, 50(3), 344–360. https://doi.org/10.1177/0306624X05278850
Canter, D. V., Alison, L. J., Alison, E., & Wentink, N. (2004). The organized/disorganized typology of serial murder: Myth or model? Psychology, Public Policy, and Law, 10(3), 293–320. https://doi.org/10.1037/1076-8971.10.3.293
Dowden, C., Bennell, C., & Bloomfield, S. (2007). Advances in offender profiling: A systematic review of the profiling literature published over the past three decades. Journal of Police and Criminal Psychology, 22(1), 44–56. https://doi.org/10.1007/s11896-007-9000-9
Fox, B. H., & Farrington, D. P. (2018). What have we learned from offender profiling? A systematic review and meta-analysis of 40 years of research. Psychological Bulletin, 144(12), 1247–1274. https://doi.org/10.1037/bul0000170
Gladwell, M. (2007, 12 de noviembre). Dangerous minds: Criminal profiling made easy. The New Yorker, 83(36), 36–45.
Goring, C. (1913). The English convict: A statistical study. His Majesty’s Stationery Office.
Kocsis, R. N., Hayes, A. F., & Irwin, H. J. (2002). Investigative experience and accuracy in psychological profiling of a violent crime. Journal of Interpersonal Violence, 17(8), 811–823. https://doi.org/10.1177/0886260502017008001
Snook, B., Eastwood, J., Gendreau, P., Goggin, C., & Cullen, R. M. (2007). Taking stock of criminal profiling: A narrative review and meta-analysis. Criminal Justice and Behavior, 34(4), 437–453. https://doi.org/10.1177/0093854806296925
Snook, B., Cullen, R. M., Bennell, C., Taylor, P. J., & Gendreau, P. (2008). The criminal profiling illusion: What’s behind the smoke and mirrors? Criminal Justice and Behavior, 35(10), 1257–1276. https://doi.org/10.1177/0093854808321528
Snook, B., Taylor, P. J., & Bennell, C. (2004). Geographic profiling: The fast, frugal, and accurate way. Applied Cognitive Psychology, 18(1), 105–121. https://doi.org/10.1002/acp.956

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