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En los pasillos de los colegios españoles se libra una batalla silenciosa que, durante años, ha pasado inadvertida e ignorada por las instituciones políticas y educativas. El acoso escolar no siempre deja marcas visibles. A veces se esconde en un comentario burlón, en un grupo de mensajería que excluye, o en un silencio que pesa más que un golpe. Para muchos adultos, esos gestos parecen inofensivos. Pero para quien los sufre, cada palabra duele, se acumula y termina por dejar una herida profunda. En los casos más extremos, esa herida puede conducir al suicidio.




