Dos series de jeringas de pentobarbital, casi una hora de respiración agónica tras una cortina y una ambulancia: el intento fallido de ejecutar a la única mujer del corredor de la muerte de Tennessee obliga a preguntarse si una condena a muerte puede darse por cumplida cuando el condenado sobrevive
A las siete y veintiséis de la tarde del miércoles 30 de septiembre se abrió la cortina de la sala de ejecuciones de la prisión de máxima seguridad de Riverbend, en Nashville. Christa Gail Pike, de cincuenta años, estaba atada a la camilla con los brazos extendidos. Llevaba treinta en el corredor de la muerte de Tennessee, era la única mujer que lo habitaba y estaba a punto de convertirse en la primera ejecutada por ese Estado desde 1820. Dijo que dejaba el mundo como había pasado la mayor parte de su vida, con amor, y cantó con su consejero espiritual. Poco después, con el pentobarbital ya en la vía, levantó la cabeza y preguntó a los funcionarios si el brazo tenía que dolerle así. Le parecía que iba a reventar.
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