El abuso de poder y el machismo siguen vivos en pleno S. XXI.


El tema del acoso sexual ha vuelto a la primera línea del debate público, sobre todo por las denuncias que han salpicado a gente con poder en la política. No es algo nuevo ni un caso aislado, pero cada vez que sale a la luz, nos pone delante una verdad incómoda: el abuso de poder y el machismo siguen vivos, se cuelan en nuestras instituciones y se repiten en todos los rincones de nuestra vida social. Si de verdad queremos mejorar como sociedad, tenemos la obligación colectiva de mirar estos hechos con total honestidad.

Para empezar, es fundamental dejar algo muy claro: las denuncias por acoso sexual no deben usarse como arma arrojadiza ni como simple munición para la pelea política. El problema no es un partido o una ideología concreta. El problema es de fondo, es estructural. Hablamos de acoso cuando una persona, casi siempre un hombre, se aprovecha de su posición de poder, influencia o autoridad para atacar la libertad y la dignidad de una mujer. Y esto puede pasar en cualquier sitio: en un ministerio, en la universidad, en una empresa, en una asociación cultural, en una verbena o en un momento de ocio que parece inofensivo.

El acoso sexual no es un malentendido, ni una metedura de pata, ni un comportamiento «poco acertado». Y tampoco es un asunto privado que deba resolverse en silencio y a puerta cerrada. Al contrario, es un ataque directo a los derechos más básicos de una persona, y tiene consecuencias muy reales: provoca miedo, culpa, inseguridad, hace que las víctimas dejen sus estudios o trabajos, frena carreras profesionales y causa un daño emocional enorme. Por lo tanto, normalizarlo o quitarle importancia solo sirve para proteger al agresor y dejar completamente sola a la víctima.

Uno de los mayores obstáculos es, aún hoy, el coste que pagan las mujeres que se atreven a denunciar. A pesar de que hemos avanzado en leyes y en conciencia social, muchas saben que, al dar el paso, se exponen a que las desacrediten, a que tomen represalias contra ellas, a que pongan en duda su palabra o a que su vida personal se analice con lupa. De hecho, en demasiados casos, la atención se desvía de la conducta que se está denunciando a la conducta de quien denuncia. Esta inversión de responsabilidades es, en sí misma, otra forma de violencia.

Por todo esto, es importantísimo que las denuncias que salen a la luz no se queden en un titular de periódico o en un comunicado rápido para salir del paso. Necesitan una investigación seria, transparencia total y, sobre todo, consecuencias. Las organizaciones, tanto públicas como privadas, no pueden conformarse con tener protocolos que solo existen en un cajón. Tienen que garantizar entornos seguros, crear cauces de denuncia que funcionen de verdad y ofrecer una protección real a quienes se atreven a hablar. La famosa «tolerancia cero» no puede ser solo un eslogan vacío.

En este contexto, el feminismo, lejos de ser una etiqueta molesta o una simple consigna, es una herramienta esencial para entender por qué estos comportamientos se repiten una y otra vez. Nos enseña que no se trata de «casos aislados», sino de una cultura que, durante años, ha permitido que ciertos hombres se sientan impunes y que ciertas mujeres aprendan que callar es la manera de sobrevivir. En resumen, cuestionar esa cultura no va contra nadie en particular; va a favor de una sociedad más justa y más libre para todos.

Animar a las mujeres a denunciar no significa obligarlas ni juzgar a las que no pueden hacerlo. Cada situación es un mundo y cada proceso personal merece respeto. Significa, ante todo, crear las condiciones para que denunciar no sea una hazaña heroica, sino un derecho que se ejerce sin miedo. Es decir: que cuando una mujer hable, se la escuche; que cuando pida ayuda, se la crea; y que cuando se demuestre un abuso, haya castigos claros.

El acoso sexual no entiende de edades, clases sociales ni lugares. Está presente en las aulas, en los trabajos, en las fiestas y en relaciones de supuesta confianza. Por lo tanto, la respuesta también debe ser general. Necesitamos educación en igualdad desde pequeños, formación específica en todas las instituciones, un compromiso real de quienes tienen el poder y, además, una ciudadanía que no se haga la ciega.

Hacer visible el problema no debilita a la democracia; al contrario, la hace más fuerte. Exigir responsabilidades no quita credibilidad a las instituciones; las hace más fiables. Y apoyar a las mujeres que denuncian no rompe la convivencia; la mejora. Lo que sí tiene un precio muy alto es el silencio, y casi siempre lo pagan las mismas.

Avanzar hacia una igualdad real requiere ser coherente entre lo que se dice y lo que se hace. No sirven solo las declaraciones solemnes o los gestos simbólicos. La igualdad se defiende cada día, con decisiones valientes, con justicia y con una clara voluntad de cambio. Solo así podremos construir una sociedad en la que ninguna mujer tenga que elegir entre mantener su dignidad y asegurarse su futuro.

13 de diciembre de 2025

Mercedes Álvarez Segui

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